Agenda ciudadana | En busca del antivirus perdido

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El día de hoy, David Chávez Camacho habla de los peligros de la opinión pública, potenciada a un nivel global gracias a las redes sociales, y cómo puede convertirse en un vehículo de desinformación y manipulación.

Por: David Chávez Camacho

Autlán de Navarro, Jalisco. 6 de julio de 2020. (Letra Fría) La pandemia ocasionada por el virus SARS-COV-2, que genera la enfermedad COVID-19, ha sido sin duda uno de los grandes acontecimientos en la historia. Aunque hay antecedentes terribles de enfermedades sociales —entre ellas el contagio de viruela cuando la Conquista—, la coyuntura actual potenció los efectos económicos y culturales globales de las epidemias.

Dos aspectos de la actualidad estaban menos desarrollados antes; los transportes y la tecnología de la comunicación, especialmente las redes sociales. El movimiento de personas y objetos es rapidísimo, pero también el movimiento e intercambio de ideas y emociones.  Por ello, el SARS-COV-2 emergió en un medio ambiente mucho más propicio en muchos sentidos.

Las anteriores son ideas generales, conjeturas, porque este virus y sus efectos habrán de ser analizadas muchos años después por los especialistas y las organizaciones capaces de obtener y sistematizar información global. No parece haber en estos momentos condiciones para tener una idea totalmente certera del virus y de sus efectos.

Esta coyuntura referida no es solamente la científica, sino también la política y cultural. Por ejemplo: suponiendo que fuese cierta la hipótesis de que el virus fue generado en un laboratorio de manera artificial, y que se tuviese certeza absoluta del laboratorio de origen en determinado país, ¿puede alguien imaginar la reacción que sufriría tal país y sus ciudadanos, si tal información se difundiera oficialmente? Habría un linchamiento.

El asunto es que la existencia de un medio de difusión de ideas, creencias y emociones, las redes sociales, posibilita la transmisión de información de manera inmediata, pero también el contagio masivo de estados de ánimo, prejuicios, odios y esto y aquello. De tal situación ha derivado el comportamiento propio de las turbas que se han registrado en años recientes.

En esta condición, aun la verdad puede convertirse y tener el efecto de una fake news. Ocurre así porque todo lo que aparece y es transmitido por la opinión pública y sus medios se vuelve creencia. La grandísima mayoría de los contenidos de la opinión pública son no verificables por quienes los recibimos.

La opinión pública se convirtió en algo parecido a un estado religioso mundano, un contagio de creencias. Y ya se sabe lo poderosos y riesgosos que son los estados de fe seculares. Esos estados de fe sin Dios derivaron en el fascismo, el nazismo y varias experiencias comunistas terribles. Luego derivó en la sacralización del Mercado, una religión que tuvo como sacerdotes exclusivos a los economistas y a los financieros.

Lo notable ahora es que la opinión pública en redes sociales crea una especie de fe basada en la incredulidad, en el no creer en nada, de tal manera que si no se cree en nada entonces todo adquiere valor de verdad de manera subjetiva, como una verdad a la carta, a discreción del punto de vista individual.

La nueva ola de fe incrédula ya anuncia a la transhumanidad, una nueva ideología en la que asoman como sacerdotes los científicos, especialmente los dedicados a la tecnología digital, con una “hostia de contenidos y espionaje”, si se me permite decirlo así: el chip.

El presente anuncia un futuro de extrañezas. La gran pregunta es la de cómo construiremos y aplicaremos el antivirus que nos proteja de la manipulación a través de los medios tecnológicos. La organización social y la autogestión, quizá.

LL/LL

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