Crónicas al Estremo | Otros tiempos y otros mundos más allá de los Cárpatos

Esta semana, Sebastián nos trae una nueva entrega de sus crónicas de viajes. Esta vez nos relata su experiencia europea, específicamente en los nostálgicos territorios de Rumania.

Ya ves, hijo mío le dijo abrazándolo tristemente, que me inclino ante tu voluntad; pero quizá algún día te arrepientas de lo que hoy haces. Con el corto viaje que vas a emprender nacerá en ti el insaciable deseo de seguir corriendo mundo, y entonces los viajes deberán ser más largos, cada día más largos. Y, si no puedes ofrecerme una garantía sobre la felicidad que semejante porvenir te reserva, tengo la seguridad de que los dos lloraremos un día, lo que Dios no quiera.

“Kyra Kyralina” – Panait Istrati

Recorrido por Rumania (mapa: Sebastián Estremo)

Por: Sebastián Estremo

Autlán de Navarro, Jalisco. 20 de julio de 2020. (Letra Fría) Tras un par de desafortunados días de paso por Bruselas, tomé un vuelo en una aerolínea de bajo costo con dirección a Bucureşti, o Bucarest, la capital de Rumania. Era mi primera vez del otro lado del Atlántico. Poco pude ver durante el recorrido que atravesaba el continente de punta a punta, pues varias capas de densas nubes cubrían todo el cielo. Imprevistamente una de las cumbres nevadas más altas de los Cárpatos irrumpió entre los nubarrones grises, ante el asombro de una vieja gitana que exclamó un par de veces en voz alta “¡Dumnezeule! ¡Dumnezeule!”.

Después de tres horas aterrizamos en el aeropuerto de Otopeni, a las afueras de la capital. La pista estaba cubierta de blanco, hacía unas cinco semanas que no salía el sol en todo el país. Por aquel entonces corría el mes de diciembre del 2014. Amanecía a eso de las 7 u 8 de la mañana y para eso de las 17 horas caía la oscuridad desde el Mar Negro hasta más allá de las puntas nevadas de los Cárpatos. Durante el día soplaba el viento y caía de forma intermitente una gélida llovizna. La gente caminaba por las calles de las plazas principales con abrigos y bufandas. Apenas con un par de horas en la ciudad pude entender por qué no es un destino turístico de masas, al menos no a finales de otoño. Es oscura, fría y algo nostálgica. Pero eso es algo bueno; Bucureşti no tiene barrios cooptados por turistas ni anuncios en inglés que encarecen la vida de sus habitantes. Todo lo contrario, es un lugar algo descuidado, cuya arquitectura y traza urbana narran los últimos episodios de su historia.

Durante la Guerra Fría, Rumania era un estado satélite de la Unión Soviética. Fue gobernada en su último periodo, desde 1974 hasta 1989, por Nicolae Ceaușescu y su esposa Elena. Fueron años caracterizados por un férreo control estatal con una poderosa casta burocrática a la cabeza. En 1984 Ceaușescu mandó construir sobre la colina Spirii un colosal palacio bautizado como la “Casa del Pueblo” (que ahora funge como sede del parlamento) para hacer ver el vigor y la fuerza del Estado. Su construcción significó la destrucción de barrios enteros y por consiguiente el desplazamiento de miles de familias. En resumen, de casa del pueblo no tenía gran cosa. Es un icónico monumento al poder que hasta hoy sigue en su mayoría completamente vacío. Apenas un lustro más tarde de empezada su construcción, la revolución anticomunista ejecutó a los Ceauşescu e impuso un nuevo sistema supuestamente democrático.

Sin embargo, la caída del líder supremo y la posterior desintegración del bloque soviético no mejoraron mucho la situación de una población acostumbrada a largas filas para obtener víveres y frecuentes cortes de electricidad. Los gitanos, desde siempre perseguidos y humillados, quedaron todavía más marginados y en general las desigualdades sociales solo se acrecentaron. Eso sí, algunas cosas no cambiaron y la policía conservó su poder heredado de décadas anteriores. Desde entonces el flujo de rumanos que emigran en busca de mejores oportunidades no se ha detenido. Son ellos parte de esa mano de obra proveniente del oriente de Europa que hace funcionar a los países ricos de occidente.

La estructura de Bucureşti está articulada por anchas avenidas que desembocan en enormes piața (plazas) circulares construidas durante el periodo socialista. En algunas de ellas se ponen mercados callejeros con puestos de ropa y comida. Una de las principales, Piața Unirii, es cortada por el río Dâmbovița que atraviesa la ciudad. Cada piața está rodeada por idénticos complejos habitacionales de unos diez pisos que se extienden hasta el horizonte a lo largo de las principales avenidas. Lucen algo deslavados pues son muy opacos. No carecen de detalles de decoración, aunque por el mismo paso del tiempo producen sombras que los hacen ver más viejos y hasta tenebrosos. Cada uno de estos edificios tiene un patio en el que sus habitantes pueden crecer algunas huertas de autoconsumo. Cuando contrastamos estas unidades con las colosales rotondas o los enormes parques que abundan en la ciudad, uno tiene la impresión de estar en un lugar que en un pasado no muy lejano pretendió ser glorioso pero no lo consiguió, como una especie de espejismo de lo grandioso. No puedo garantizar que esta aura fría y nostálgica sea tan agradable para todos como lo fue para mí, pero sin duda es algo diferente a lo que estamos acostumbrados de este lado del Atlántico.

Unidades habitacionales de Bucureşti desde el parque Tineretului (Foto: Sebastián Estremo, 2014)

Una tarde decidí adentrarme en los solitarios y pequeños callejones aledaños a las anchas avenidas para buscar la estación de tren Gara de Nord, que conecta la capital con todo el país. Detrás de los largos bulevares las construcciones son más humildes, a veces se ven claramente abandonadas y son ocupadas por algunos de los vagabundos que de día recorren la ciudad. Ha de ser sumamente duro vivir en estas calles con temperaturas inferiores a los cero grados. Fue en una de esas callecitas que me encontré con el otrora glorioso cine Dacia. Fue construido hace más de setenta años y su nombre proviene de la provincia romana homónima que corresponde al actual territorio rumano. Fue uno de los sesenta y pico teatros que estuvieron en funcionamiento en la capital hasta el fin del periodo soviético. Ahora su estructura parece haber quedado congelada en el tiempo, víctima de una intensa flama que de un día para el otro se apagó.


El cine Dacia sobre la calle Griviței (Foto: Sebastián Estremo, 2014)

Tras unos cuantos días, mis compañeros de viaje y yo abandonamos la capital y nos internamos en el corazón de los Cárpatos, en la ciudad de Braşov. Los paisajes del camino eran de ensueño, parecían sacados de cuentos de hadas, con frondosos bosques cubiertos por la nieve, ríos congelados, locomotoras y castillos. Braşov y sus alrededores son mucho más turísticos que la capital, pues está rodeada por una estación de esquí y el pueblo de Bran, donde se localiza el famoso castillo del Conde Drácula. En Bran se intercalan casas de campesinos con parcelas listas para cultivar y lujosas residencias para esquiadores. Nuestro presupuesto no nos permitía parar mucho tiempo en la región así que pronto nos encontramos a las afueras de Braşov pidiendo aventón. Después de varias horas en el frío apareció una vieja furgoneta negra colmada de jarras, esferas navideñas, platos y cazuelas de cerámica conducida por Catarin, un artesano de 41 años que hacía el trayecto de Braşov a Cluj-Napoca. Quién sabe cómo, pero en cuestión de minutos reacomodó todas sus piezas y durante las siguientes ocho horas cruzamos la meseta de Alba Iulia con las cimas nevadas de los Cárpatos de fondo. Frecuentemente aparecían dispersos al borde de los acantilados castillos de diferentes formas y colores. Catarin vivía a orillas del bosque, por lo que no era raro para él encontrarse por la mañana con algún oso. Trabajó durante años en Bélgica para sostener a su esposa y dos hijos, tal y como hacen tantos mexicanos en Estados Unidos. Tocaba en una exitosa banda de música tradicional de Transilvania, hasta que un accidente le hizo perder la sensibilidad de uno de sus dedos. Durante el trayecto no perdimos oportunidad de escuchar algunas de las melodías de la agrupación con ritmos agudos y acelerados donde destacaba la enorme destreza del acordeonista. Tras su truncada carrera musical al poco tiempo comenzó a aprender empíricamente el oficio de la cerámica, que lo ha llevado por toda Rumania y otras partes de Europa a vender sus piezas. Así fue como llegó a aprender las bases de varios idiomas, entre ellos el francés y el húngaro.

No es raro que la gente del oeste de Rumania hable húngaro, pues de hecho muchos de ellos son húngaros. La gastronomía de esta zona de Transilvania está muy ligada a la comida picante y los fuertes aguardientes del país vecino. Por esta razón, Ceauşescu añadió en la década de los setenta el nombre “Napoca” a Cluj, para resaltar los orígenes latinos de la ciudad. Cluj-Napoca es una de las tres ciudades más importantes del país e internacionalmente es conocida por sus universidades y su equipo de fútbol, que en más de una ocasión ha dado dolores de cabeza a gigantes europeos como la Roma, el Chelsea o el Bayern München.

Templo católico a las afueras de Cluj-Napoca (Foto: Sebastián Estremo, 2014)

La noche nos tomó por sorpresa a unas cuantas horas de llegar a nuestro destino, así que dormimos en una pensión lejos del centro que era atendida por una adorable ancianita. Estaba localizada sobre la calle Partizanilor, cuyo nombre hace alusión a los partisanos que se opusieron a la ocupación nazi. Es una de las pocas referencias al pasado comunista que los nuevos dirigentes rumanos han olvidado ocultar. La noche siguiente nos hospedaron Erik y Laura, un joven matrimonio que vivía al otro extremo de la urbe. Erik, húngaro originario de Budapest, trabajaba como albañil. Había participado en la construcción de algunos de los más altos rascacielos de Doha, en Qatar. Era un trabajo sumamente peligroso en el que varios de sus colegas perdieron la vida dadas las pésimas condiciones laborales que existen en los países del Golfo. Sin embargo, estaba dispuesto a correr el riesgo ya que se ganaba buen dinero y él estaba acostumbrado a las alturas, pues también era alpinista. El matrimonio vivía en una de las unidades habitacionales de la ciudad. Naturalmente las de Cluj son mucho más pequeñas que las de la capital. Se alzan un máximo de cinco plantas, aunque presumen de mayor color y más cultivos en sus huertos. Laura nos explicaba que pese al autoritarismo que se vivió bajo Ceauşescu en aquellos tiempos, todo el mundo era dueño de una casa o un terreno, todos tenían qué comer y el transporte público era accesible para todos, por obvias razones no había vagabundos. Con la caída del bloque soviético algunos decidieron vender sus casas para obtener beneficios y ahora viven en la miseria. Otros, con el paso de los años fueron excluidos poco a poco por el nuevo sistema y quedaron sin empleo. Para Laura, pese el fuerte autoritarismo del pasado, no cabía duda de que la caída del socialismo no fue positiva para las mayorías ni para los más vulnerables.

Típico conjunto habitacional en Cluj (Foto: Sebastián Estremo, 2014)

Para nosotros resultó sumamente complicado imaginarnos un país donde todos tuvieran un lugar donde vivir. Trasladémonos a la realidad mexicana por un momento. No puedo evitar pensar en todos los jóvenes de esta generación que empeñan su juventud para pagar una renta. Algunos deciden semi-esclavizarse en un trabajo por décadas con tal de pagar sustanciosos intereses de préstamos bancarios para terminar de pagar una vivienda. Muchos ni siquiera lo conseguirán y lo perderán todo. Esto sucede mientras los gigantes inmobiliarios o propietarios de varios departamentos mantienen espacios vacíos para enriquecerse todavía más por medio de la especulación. Es inevitable referirse al sismo del 2017 que devastó parte de la Ciudad de México y en el que muchas personas lo perdieron todo, a veces hasta la vida, a causa de constructoras que maximizan sus ganancias utilizando materiales de dudosa calidad. En México vivimos en una sociedad profundamente desigual, mucho más que la rumana, que no se preocupa por satisfacer una necesidad universal tan básica como el derecho a poseer una vivienda digna, pero que presume de tener a algunos de los hombres más ricos del planeta. ¿Eso de qué nos sirve? Saber que hay un lugar, treinta años después de la caída del bloque soviético, donde la mayor parte de las personas aún tiene una casa, me parece algo digno de presumirse. Imaginemos por un instante todo lo que el mexicano promedio podría hacer si fuera dueño de su propia vivienda. Muchos de los problemas que nos atañen que surgen de la miseria no serían tan graves como lo son hoy en día. Pero bueno… volvamos a Rumania.

Nos reencontramos con Catarin en la Piața Unirii de Cluj. Vendía sus artesanías en un mercado navideño situado a un lado de la iglesia católica de la ciudad. En Rumania la mayor parte de los templos son ortodoxos y tras la caída del socialismo algunos nuevos fueron edificados como símbolo identitario nacionalista frente al catolicismo húngaro. Varios de los colegas comerciantes de Catarin en el mercado hablaban buen español pues habían trabajado durante años en España. Tal era el caso de Mihaela, una joven empleada que a solicitud nuestra nos vendió un palinka (un aguardiente de ciruela u otras frutas típico de la región) destilado en casa con frutos de su huerto. Después de varios días abandonamos la ciudad en tren hacia Iaşi, a unos cuantos kilómetros de la frontera con Moldavia.

Estación de tren a unos cuantos de la frontera con Ucrania (Foto: Sebastián Estremo, 2014)

Conforme nos alejábamos de Transilvania la influencia rusa se hacía más palpable. La propaganda nacionalista que propugna por la unión de Besarabia (la mayor parte de Moldavia) con el resto del país para formar una Gran Rumania también se multiplicó. Pero no permanecimos mucho tiempo ahí; nos trasladamos más al sur, hacia la desembocadura del Danubio en el Mar Negro, a la ciudad de Brăila en la región de Valaquia. Antes de llegar tuvimos una parada inesperada en la localidad de Focşani, donde gracias a la ayuda del encargado de la estación de autobuses pasamos una fría noche acompañados de nuestro palinka. Al día siguiente, por primera vez en todo el recorrido salió el sol.

El origen del topónimo de Brăila es turco, y esto se debe a que durante siglos estuvo bajo la esfera de influencia otomana. Es cuna de Panait Istrati, uno de los escritores comunistas más famosos de Rumania. Durante sus últimos años fue perseguido por el estalinismo y posteriormente fue asesinado por un grupo fascista rumano. En sus mejores años publicó Kyra Kyralina, una trágica novela situada en la ciudad que atestigua la riqueza pluriétnica (turca, griega, rumana, armenia, etcétera), de la región.

El Danubio (Dunărea en rumano), define la mancha urbana de Brăila, pues desde él surgen decenas de calles en forma de medio círculo que dibujan la silueta de la ciudad. En el puerto atracan barcos de diferentes países que hacen la ruta hacia los puertos turcos, rusos o ucranianos del Mar Negro. Otros más se dirigen hacia el Bósforo para integrarse al Mediterráneo, tal y como hizo la barca que raptó a Kyra Kyralina. Pese al puerto y sus mercados Brăila se nos presentó como una ciudad silenciosa con construcciones lúgubres y calles sombrías. Con ese mismo aire nostálgico que se respira en la capital, pero todavía más antiguo. Durante el periodo socialista la ciudad recibió muchos visitantes locales que iban a bañarse al río. Se construyeron varios monumentos y otras construcciones al estilo soviético. Sin embargo, tras la revolución anticomunista de 1989 la ciudad cayó en desgracia y ahora muchas de sus construcciones más emblemáticas del pasado están abandonadas.

Nuestro recorrido concluyó con un espectacular atardecer sobre la extensa cuenca del Danubio, mientras el sol se escondía detrás del horizonte. A la vista de un extranjero, Rumania parece haber quedado congelada y atrapada entre dos mundos completamente opuestos. Tal vez por eso mismo ha dado al mundo personajes como Nadia Comăneci y otros más polémicos que ahora no es la ocasión de rememorar.

El Mures sobre el Danubio en Brăila (Foto: Sebastián Estremo, 2014)

LL/LL

*Se autoriza su reproducción siempre y cuando se cite claramente al autor y la fuente. Se prohíbe su reproducción si es con fines comerciales.

Sebastián Estremo nació en la Ciudad de México en 1991. Es Licenciado en Geografía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Maestro en Estudios de Asia y África con especialidad en Medio Oriente por El Colegio de México, se desempeña como cartógrafo y profesor particular de turco y de francés.

Apasionado por la historia, la geografía y los idiomas ha emprendido diversos viajes por México y el mundo recopilando las historias de vida de las personas que se han cruzado por su camino. Su género preferido es la crónica y su inspiración el periodista polaco Ryszard Kapuściński.

Ha publicado crónicas de sus viajes por el Kurdistán en medios independientes y artículos periodísticos y mapas en medios electrónicos.

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