Había una calcomanía en el azulejo de la cocina. Su diseño me recordaba al de la talavera, se veía bien en el muro cercano al refrigerador. Me la habían regalado en una feria del libro en Tlajomulco como estrategia de promoción de la lectura. El texto era de Alejandra Pizarnik: “Deseos de escriturarme, de hacer letra impresa mi vida”. Fue ahí, mientras cocinaba, que empecé a disfrutar la experiencia de los audiolibros. Ya no vivo en ese sitio, pero sigo gozando el acto de escuchar una voz que “me” lee un libro mientras estoy frente a la estufa integrando sabores.
El más reciente fue La señora Dalloway, de Virginia Woolf. Lo había leído hace unos doce años, cuando tenía a mi cargo una clase de literatura y debía prepararme para hablar de técnicas narrativas. Lo retomé hace una semana, después de ver videos de un diálogo entre Margo Glantz y Paloma Vidal acerca de la autora británica. En mayo pasado, el libro cumplió 101 años de haber sido publicado en Inglaterra, sin embargo, sigue sorprendiendo lo cercano que está a los problemas de esta época y el tremendo trabajo de la autora para hilar las historias de varios personajes en un ir y venir de pensamientos durante un solo día de verano en el que la señora Dalloway se prepara para dar una fiesta.

No recordaba muchas cosas, solo que me había impresionado la obra por su manejo del fluir de conciencia y cómo la decisión de ir ella misma a comprar las flores para decorar su casa le desata recuerdos de muchos años atrás, la hace cruzarse con otros personajes de quienes también conoceremos historias y nos mueve, como lectores, a conectarnos con nuestra cotidianidad.
En esta audición del sitio Sofá y manta aprecié varias cosas. Hay pasajes muy contemplativos en los que se muestra la belleza hasta en el movimiento de las cortinas, es decir, en el espacio íntimo de la casa, pero también en la naturaleza y en las calles: “En los ojos de la gente, en el ir y venir y en el ajetreo; en el griterío y el zumbido; los carruajes, los automóviles, los autobuses, los camiones, los hombres-anuncio que arrastran los pies y se balancean; las bandas de viento; los organillos; en el triunfo, en el campanilleo y en el alto y extraño canto de un avión en lo alto, estaba lo que ella amaba, la vida, Londres en ese instante de junio”.
También advertí algo en lo que no había pensado. La protagonista es una mujer que ha adquirido el apellido de su esposo, no es Clarissa, es la señora Dalloway, pues, como una parte de la narración lo dice: “Todo mundo pierde algo al casarse”, en aquella sociedad y época, hasta el nombre. No solo eso, otro pasaje advierte que para la esposa había sido necesario adoptar incluso los pensamientos de su marido.
En su conversación, Margo Glantz y Paloma Vidal enlazan lo que ocurre en la novela con el famoso ensayo Una habitación propia, en el que Woolf destaca su preocupación por la poca autonomía de las mujeres y su pugna por ganar espacios para escribir. No solo en sus libros, sino en su vida, la autora buscó esa posibilidad y no esperó a que las editoriales se decidieran a publicar su trabajo, seguramente no iban a hacerlo, era una obra atrevida en temas y estilo, además de haber sido escrita por una mujer. La señora Dalloway vio la luz a través de la autopublicación en Hogarth Press, una editorial que crearon ella y su esposo en su propia casa en Londres.

Otro aspecto que destacan Glantz y Vidal en sus comentarios sobre la obra es que Virginia Woolf abordó episodios dolorosos de su vida a través de diferentes personajes de la novela. Si bien, Clarissa tiene algunos rasgos de la autora, también los posee Séptimus Warren Smith, un joven atormentado por los horrores de la guerra que experimentó como soldado. Así, en palabras de Pizarnik, la autora “se escritura” a través de la ficción, con un trabajo técnico muy intenso para sostener las historias pasadas y presentes de los personajes a través del simple acto de salir a comprar unas flores para la fiesta.
Las batallas emocionales están presentes en el libro, pero hay un pasaje luminoso que me gustaría compartir: “Fue espantoso, espantoso. Aun así, el sol seguía calentando. Aun así, uno se recuperaba de las cosas. Aun así, la vida seguía añadiendo un día a otro día”. Al escuchar las palabras, puse en pausa el audiolibro para tomar nota.
Cuando leo un libro físico, uso banderitas para destacar las frases que deseo conservar. Hace un par de años que descubrí las novelas de Olivia Zúñiga gracias a un taller de escritura autobiográfica que impartió la escritora Silvia Quezada en Cadelem. La cita de Pizarnik que tenía en mi cocina me hizo pensar en esta autora nacida en Villa Purificación, ganadora del Premio Jalisco en 1951, quien también hizo letra impresa su vida a través de las novelas Retrato de una niña triste, Entre el infierno y la luz y La muerte es una ciudad distinta. Saqué mi ejemplar del librero, releí el prólogo y las notas marcadas por las banderitas. Tal vez por tener fresca la novela de Woolf, quizás porque Zúñiga pudo haberla leído o, a lo mejor solo porque enfrentaron situaciones similares, encontré detalles que me remitieron a La señora Dalloway.

El médico a quien la protagonista de Retrato de una niña triste (1951) le cuenta su dolorosa historia, en un intento por descubrir el origen de sus males, se apellida Walsh, tal como el pretendiente de Clarissa Dalloway en su juventud. Además, en la novela de Woolf conocemos el sufrimiento del personaje de Séptimus a través de sus citas con el psiquiatra. Asimismo, la novela de Woolf deja entrever que la sociedad exige ciertos comportamientos de las personas para poder aceptarlas y por eso vemos personajes insatisfechos, “prisioneros”, como los adjetiva en algún pasaje. En la novela de Zúñiga, el doctor le dice con claridad a la protagonista la causa de su depresión: “vive y ha vivido siempre en desacuerdo entre lo que es y lo que ha tenido que ser por las circunstancias”.
Por otro lado, en La muerte es una ciudad distinta (1959), un personaje llamado Pedro es clave para el desarrollo de la historia, pues hará escribir a la protagonista y se creará así una dualidad entre el real y el ficticio. No pude evitar pensar en Peter, de quien Clarissa tiene dos visiones, la de la juventud que recuerda vivamente y en la que rechazó su propuesta de matrimonio y la del adulto que se presenta en su casa después de muchos años de no verse y en la que se sugiere la existencia de un fuerte sentimiento amoroso que persiste entre ambos. Así pues, también hay un Peter de la imaginación y uno de la realidad. Creo que ya me estoy saliendo de control con eso de las semejanzas, pero la que sigue es mi predilecta.
En la obra de la británica y de la mexicana, a pesar de la lucha contra las tragedias, el amor por la vida está expresado a través de la contemplación en lo cotidiano. De Entre el infierno y la luz (1953) cito: “Había que vivir. Vivir con todos los sentidos abiertos a la vida, con toda la fuerza de la juventud y el espíritu. Vivir como esa hermosa mañana de sol que inundaba las persianas entrando a raudales hasta la cama de Marirosa”.
Con esta imagen que del exterior entra hacia espacio privado, detengo aquí esta búsqueda de conexión entre Virginia Woolf y Olivia Zúñiga, pasando por mi calcomanía de Alejandra Pizarnik. Se trata de autoras que afrontaron la difícil labor de abrirse paso en la literatura del siglo XX y que llevaron la riqueza de lo íntimo y lo cotidiano al papel. No me voy sin añadir que pueden leer las novelas de la escritora oriunda de Villa Purificación en la colección Letras Inmortales de Jalisco de la Secretaría de Cultura y sin compartirles los enlaces al audiolibro y al diálogo sobre Woolf, por si quieren escucharlos mientras integran sabores ante la estufa.
Audiolibro La señora Dalloway
Diálogo de Margo Glantz y Paloma Vidal sobre la novela





