El camino a la fe; peregrinaje guadalupano en Autlán | Crónica

(Foto: Esther Armenta)

El fervor por la Virgen de Guadalupe, imagen religiosa más influyente en nuestro país y parte fundamental de la cultura mexicana, se manifiesta con creces durante el 12 de diciembre. A través de los ojos y la pluma de Esther Armenta, la fe de los autlenses se vuelve palpable, pues pone de manifiesto, palabra a palabra, la devoción que se desborda cada año en la Capilla del Cerrito de Autlán.

Por: Esther Armenta

Autlán de Navarro, Jalisco. 16 de diciembre de 2019. (Letra Fría)

El Camino

Cuando la luz se oculta tras la montaña, la fe asciende a ella para llevar las plegarias a la punta que acerca el valle con el cielo y desemboca en la metáfora del camino al paraíso. Los peregrinos suben la gradería formada en las calles transitadas hasta el cerro, en donde su esperanza en la iglesia católica y su amor a la patria reposan en el mismo lugar para presenciar el culto a lo divino.

El destino de los fieles está siempre a la vista. No importa en que extensión de Autlán de Navarro se posen las piernas de los transeúntes, basta con elevar la mirada para verle. Erigida sobre “El Cerrito”, los ojos encontrarán la capilla de la Virgen de Guadalupe, recinto construido en el siglo XIX y remodelado en 1996 (según el sitio Culturautlán), y que la noche del 11 de diciembre da la bienvenida a los más de 200 habitantes que hasta las 21:19 horas descansan frente a la imagen religiosa más importante de México.

Antes de llegar al altar, quienes entregan su destino a “La Morenita” caminan de forma simultánea con los peregrinos de otras partes de México para interpretar la andanza hecha hace 487 años por Juan Diego, el indígena que en su ascenso  al cerro del Tepeyac, en la capital del país, fue elegido por la Virgen para demostrar su existencia. Hoy, esa manifestación es profesada y venerada por los seguidores de la fe cristiana cada 12 de diciembre, como aquel de 1531.

Las piernas duelen y los rostros sudan durante la subida a la montaña con peldaños de cemento, que acercados a la cima se desvanecen y dan lugar a una ruta silvestre más antigua que aquel símbolo de devoción. La  tierra que de día es marrón, ahora es oscurecida por la noche y se desmorona cuesta abajo cuando se da mal un paso; guijarros de tierra ruedan hasta el pie del cerro, en donde callejones estrechos construidos por casas de colores, son habitados por los vecinos que vigilan la travesía de los caminantes trasnochados.

(Foto: Esther Armenta)

Los callejones, por su parte, almacenan las sombras de los listones tendidos en lo alto de sus techos. Tiras de colores verde, blanco y rojo se agitan con un viento que parece ajeno en esta zona de la Sierra de Amula, en donde los días cálidos abundan. Los colores suspendidos en el aire se repiten en el lugar de la celebración, a veces materializados en luces o telas. Sin importar de qué están hechos, su función es la misma: recordar que los mexicanos son hijos de  la misma madre, la que se llama Guadalupe, Lupita, la reina de México.

El pecho reduce su agitación cuando al fin el piso se convierte en una recta. Quedan pocos pasos para llegar al corazón del homenaje. La ciudad se convierte en una plancha oscura con puntos brillantes que impiden a la noche tomar las calles allá abajo. Arriba, sobre la ciudad, todo parece insignificante; los rezos, el peregrinaje y la música en vivo no dan lugar al silencio. La vida está aquí, el resto se ha tomado un descanso. 

Las velas

Dos mujeres frente al fuego murmuran entre sí antes de encender la vela. Cuando la llama se prende, la mujer de pies descalzos vuelve a intercambiar palabras con su compañera antes de dejar el sitio que simboliza, con cada cirio, la luz interior de los creyentes.

Dentro de la capilla de piedra, bancas de metal que en otro momento estarían vacías, custodian la pausa de los creyentes que velan a su protectora. Hay rostros por todas partes, hombres y mujeres que ocupan un lugar en la celebración; paramédicos, vendedores ambulantes, danzantes, músicos. Entre ellos una mujer, cuyo rostro de niña revela tener menos de 20 años. Tiene el cabello largo y negro atado en una coleta, su cuerpo reposa en una de las bancas metálicas junto a otras cuatro personas que parecen ser su familia; con ella, una nena que se aferra a lograr su independencia con pasos que apenas la sostienen de pie. Debe tener menos de 2 años. Es su hija, lo afirmó cuando se lo preguntaron.

(Foto: Esther Armenta)

Su visita frente a la imagen será corta. Antes de las 23:00 horas el lugar que ocupa quedará vacío. Previo a su partida, toma una veladora apagada y la frota sobre el cuerpo de su hija mientras sus labios hablan sin dejar oír lo que dicen, como mudos. La oración, la súplica, el deseo, es suyo, nadie la ha escuchado. La niña no se resiste a lo que su madre hace; ríe y se balancea mientras su progenitora la toma de la mano para evitar la caída.

Su ausencia es imperceptible. El recinto es ocupado al final de la noche por mil 500 personas según el reporte entregado por Protección Civil la mañana del 12 de diciembre. Pero aún es de noche y los cerros siguen figurando sombras gigantescas que permiten se distinga el negro de su silueta sobre el azul del cielo.

Cuando den las 23:05 horas, La Guadalupana, el himno de esta celebración, habrá sonado por segunda vez y los bailarines, casi todos niños, aparecerán minutos más tarde frente al altar dispuestos a desaparecer el frío y las horas a cada paso. Sus sonajas de metal producen el sonido que los guiará hasta la medianoche, cuando la banda de sonidos sinaloenses comience a tocar la melodía que le da razón al encuentro: Las mañanitas.

(Foto: Esther Armenta)

Nuestra madre

Los rezos dichos en este cerro son un eco de las voces del 80 por ciento de los mexicanos, que representan a los habitantes del país que se nombran creyentes de la Virgen de Guadalupe, de acuerdo con Parametría. De ellos, ocho de cada diez han pedido un favor a la imagen, indica el mismo estudio publicado en diciembre de 2016.

La añoranza de comprender la vida con la Virgen de Guadalupe como medio, tiene antecedentes previos a 1531, pero al igual que ahora, el peregrinaje ha sido siempre al cerro del Tepeyac.

Con el nombre de Tonantzin, la misma imagen socorría a los habitantes de un México precolombino, que la llamaban “nuestra madre” y progenitora de todos los dioses.

Las evidencias del sincretismo son descritas por el historiador Miguel León-Portilla en las páginas de Tonantzin Guadalupe: pensamiento náhuatl y mensaje cristianoNican Mopohua”, en el que escribió:

“Ella, Tonantzin, había sido adorada precisamente en el Tepeyac, adonde desde mediados del siglo XVI muchos seguían yendo en busca de la que comenzó a llamarse Nuestra Señora de Guadalupe”.

Convertida en Guadalupe, Tonantzin continuó en las entrañas del mexicano, acompañándolo en los encuentros determinantes para su historia. Evidencia de ello es que durante la Guerra de Independencia, fue su presencia la que dio vida al estandarte para liberar al país de la esclavitud española. León-Portilla señala en el mismo texto que sin importar el origen de la deidad, es su representación en la vida mexica la que da pulso al andar del país.

(Foto: Esther Armenta)

“Más allá de la demostración o rechazo de sus apariciones, ha sido México tal vez el más poderoso polo de atracción y fuente de inspiración e identidad. Será suficiente recordar en apoyo de esto lo que significó ella en los momentos de pestes, hambrunas y de afán de encontrarse a sí mismo en los tres siglos del México novohispano”.

Terminadas Las Mañanitas en “El Cerrito”, la muchedumbre no desciende, en realidad aumenta. La fiesta a su madre se prolongará 24 horas más, cuando el altar más discreto, al igual que el más ostentoso, continúen alumbrados por la fe de los creyentes, los que danzan en las calles y en sus casas para nombrarse a sí mismos guadalupanos.

LL/LL                                                                                                                         

*Se autoriza su reproducción siempre y cuando se cite claramente al autor y la fuente. Se prohíbe su reproducción si es con fines comerciales.

Periodista egresada de la Licenciatura en Periodismo en el Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara. Tiene afinidad al periodismo narrativo. Colaboradora en Letra Fría desde 2017 y reportera a partir de mayo del 2019.

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