Elvira le ha enseñado a su hija Leslie, el hermoso oficio del corte de la pitaya. (Foto: Esther Armenta)

Elvira, cortadora de pitayas | Crónica

en Cultura e Identidad

Elvira comenzó a cortar pitayas cuando tenía nueve años de edad; heredó el oficio de sus padres, quienes a su vez lo aprendieron de los suyos. Ahora ella enseña a su hija a cortar el fruto que da identidad a los autlenses.

Por: Esther Armenta

Autlán, Jalisco; 12 de julio de 2019. (Letra Fría) Ya en el suelo continúan sangrando o llorando, depende quién las mire. Para Leslie las pitayas lloran cuando son arrancadas de los brazos de la cactácea que les da la vida; sus lágrimas son producidas por el gancho de metal que penetra la capa de espinas y su piel verde, hasta llegar al interior carnoso compuesto de pequeñas fibras babosas.

Antes de trepar la tierra árida en donde se erigen los órganos que arropan las pitayas, irrumpe una voz de niña:

– ¿Hasta dónde van? – dijo Leslie desde el fondo de la habitación.

– Aquí nada más- respondió su madre, Elvira.

Leslie aprende de su madre el oficio de cortar pitayas. (Foto: Esther Armenta)

Leslie, con un short de cuadros,  una camisa rosa de resaque, zapatos tipo flat y la voluntad de ascender los cerros, se dispuso a acompañar a su madre y a la reportera al corte de pitayas.

La casa de Elvira está a un costado de las montañas que ha elegido para ir a cortar pitayas esta tarde de junio.

Debajo de la montaña las vacas mugen, las calles se observan vacías y los órganos se ven lejanos, perspectiva que no cambia incluso arriba del monte, al pie del tallo, donde los brazos del órgano se abren a más de un metro de la cabeza humana que se postra bajo su escuálida sombra.

Los órganos viven en las montañas, en zona árida. (Foto: Esther Armenta)

La versión negra y fantasmal de los órganos proyectados en el piso, es una representación plana del cuerpo robusto lleno de pliegues verticales con espinas e interior acuoso que caracteriza a los órganos y que asegura su supervivencia cuando las lluvias no aparecen.

Elvira alza primero la vista y luego toma los carrizos que en este momento son una extensión de sus brazos; lo primero lo hace para detectar el fruto maduro, lo segundo para atrapar la pitaya. Su brazo de carrizo se extiende al suelo, en donde deja la pitaya que hasta entonces permanece dorada y exhibe sus primeras lagrimas rojas que manchan las espinas; una vez alejado el gancho, la pitaya queda inmóvil.

Gracias a Leslie, y al saber heredado de su madre, a sus 16 años de vida  desarropa a la pitaya de espinas, hasta evidenciar la desnudez de su figura redonda llena de semillas negras. Para hacerlo, Leslie se pone en cuclillas, utiliza un cuchillo de hoja plana menor a 15 centímetros para retirar todas las extremidades puntiagudas mientras la fuerza de sus pies se aferran a la tierra en contra de la gravedad. Cuando termina, un balde la recibe y el fruto descansa.

Leslie ayuda a su madre a retirar las espinas de las pitayas. (Foto: Esther Armenta)
Poco a poco Leslie retira todas las espinas del fruto. (Foto: Esther Armenta)
Una vez retiradas todas las espinas, la pitaya es colocada en el recipiente. (Foto: Esther Armenta)

– Comérselas, ya cortaditas, es lo más fácil-, dice la hija y nieta de hombres dedicados a la producción y cosecha de pitayas, cuando trata de recordar cuál es la parte más sencilla de la recolección del fruto emblemático de mayo. 

– ¡Ay Dios mío! Pues yo creo que no hay, porque ir a cortarlas es difícil, subir el cerro es difícil, y como mucha gente la cortamos en la madrugada, más feo”-, confiesa la mujer.

Hoy Elvira hace una excepción, subió a cortar pitayas por la tarde, lo hace para demostrarme el trabajo que realiza de forma habitual cuando a las horas se les llama día, pero el cielo sigue negro.

Elvira, cortadora de pitayas. (Foto: Esther Armenta)

Todos los días ella y sus dos hijas se encaminan cuesta arriba a cortar pitayas de órganos silvestres dispersos en el campo, a las cuatro de la mañana. A esa hora saben que pueden encontrarse con algunos de los integrantes de las 60 familias que conforman a Chiquihuitlán, quienes como ellas, se encuentran rodeados de la oscuridad fragmentada por las lámparas colgadas a su frente para iluminar la cosecha.

La luz artificial  y los cosechadores no son su única compañía, en algún lugar están los animales que habitan los cerros, – la onza -, dice Elvira, mientras señala su teléfono para mostrar la imagen de un yaguarundí, el animal que se le atravesó esa mañana en medio de la oscuridad. Se lo dice a Ana, también cosechadora, cuando se encuentren lejos de los pitayales, con chiquihuites cargados de pitayas en los portales del Mercado Juárez de Autlán de Navarro y el Portal Guerrero.

– Estaba bien bonito, yo no le tengo miedo-, insiste Elvira en respuesta a las caras de asombro de otros comerciantes.

(Foto: Esther Armenta)

Chiquihuitlán se halla a  20 minutos de Autlán de Navarro. Este lugar conserva el clima de costa, aun cuando ésta se encuentra a  107 kilómetros. La brisa de mar está en el cabello crespo y mejillas brillantes de sus habitantes, al menos los que se dejan ver durante la tarde, probablemente así sean las  202  personas que viven aquí y que desde chicos se dedican al mismo oficio que Elvira, porque “todas las personas vamos a las pitayas, desde grandes que puedan ir, hasta los niños de 10 años andan en friega”, dice Elvira, aunque ella llegó a los suelos áridos de la Costa Sur a los nueve.

Treinta y cinco cosechas después de haber llegado a Autlán, sigue ahí, en la colecta.

Para los habitantes de Chiquihuitlán, los meses de mayo y junio son los de mayor ingreso económico a sus familias. A diferencia del resto del año, estos proveen trabajo. Elvira es jefa de familia, sus dos hijas dependen de ella, su hijo mayor no lo hace más, ahora es esposo y proveedor en otro hogar en el que la temporada de pitayas también representa el mantenimiento de su familia.

(Foto: Esther Armenta)

Ya abajo, en la sombra del guamúchil y con las mejillas intactas, como si no hubiera estado una hora bajo el sol, Elvira dice la importancia de esta temporada en la que “uno se ayuda mucho. Es un apoyo que tenemos en la comunidad. Toda le gente nos ponemos a pitayar,  porque en tiempo de lluvias ya no hay trabajo”, dice.

Además de la cosecha, ella y otras mujeres se dedican a la venta de tacos hasta que las lluvias de julio impiden su traslado a los portales del centro de Autlán.

Ana, Elvira y Leslie tal vez lo sepan, quizá no, pero forman parte del impacto cultural y social de las pitayas en la región.

La pitaya es el fruto que da identidad a los autlenses

(Foto: Esther Armenta)

Sin pronunciar sus nombres, sus vidas son aludidas en el último pasillo del edificio de rectoría del CUCSur, de la Universidad de Guadalajara, para explicar el arraigo cultural ocasionado por el cultivo y la venta de la pitaya. Dentro del cubículo está Alfredo Castañeda, doctor en sociología y jefe del Departamento de Producción Agrícola del plantel. Antes de invitar a pasar a la oficina, Castañeda dice que lo de mayor importancia hoy, en la agricultura, es la producción sustentable, luego procede a abrir la puerta y tomar asiento para hablar del Stenocereus. A su lado derecho está Emiliano Zapata, en un póster, jalando a un caballo blanco de la rienda, detrás, un grupo de campesinos vestidos de manta lo siguen. Para cuando esta charla termine, Alfredo Castañeda dirá que no cree merecer estar al lado de Zapata.

Sus palabras cuentan que los rostros que lo acercaron a la pitaya fueron femeninos, en su primer recuerdo ya están las mujeres en los portales.

– Había mujeres grandes, jovencitas y muy eventualmente los hombres de la tercera edad, pero prevalecen las mujeres y las jovencitas que están comercializando en esta área-, cuenta Alfredo sin dejar de deslizar las yemas de sus manos sobre la mesa, como reconstruyendo la escena y el espacio en que vio los chiquihuites pintados de rojo y amarillo por primera vez.

(Foto: Esther Armenta)

Durante años, Alfredo Castañeda ha estudiado el impacto social de la pitaya, en sus conclusiones identifica el rol familiar asignado en la temporada de recolección, que sucede generalmente en pareja.

– Va el hombre y la mujer, y el hombre es el que está bajando la pitaya, cuando toma la pitaya, se pone en el suelo y la mujer la recoge para quitar las espinas, luego se la lleva en la cubeta-, afirma Castañeda y agrega que casi siempre es de esa forma, pero Elvira y sus hijas son la excepción, ellas realizan todo el trabajo de cortar, pelar y llevar a los consumidores las pitayas.

Sus manos ahora dibujan la frontera norte de México. En este cubo de paredes de plástico, el jefe de departamento ubica casi al borde de la mesa de madera, el  sur de Estados Unidos y continúa su recorrido sobre el mapa imaginario, en el que detecta a California, Arizona, Nuevo México, pasa por todo México, hasta llegar a Venezuela y se salta, finalmente, a las Islas Antillas. La trayectoria marcada por sus dedos indica la existencia de suelos áridos y semiáridos, los que son incapaces de dar a luz otros cultivos pero son perfectos para la crianza de cactáceas silvestres que dan pitayas. Cuando el viaje parece concluir, Castañeda regresa a México, a la Subcuenca de Sayula, en la que la tierra es capaz de producir pitayas en los estados de Jalisco, Guanajuato, Michoacán, Aguascalientes y Querétaro. Pero hay otra región en el país del águila y la serpiente, sobre el nopal que también da pitayas, la mixteca baja, definida por el investigador como “otra región importante donde se dan las cactáceas y se recolecta pitaya,  esa región tiene a Puebla, Oaxaca y parte de Guerrero. Esta región lleva pitayas a la Ciudad de México, Morelos, Puebla y Veracruz”.

(Foto: Esther Armenta)

Los colores son propios de la tierra. En todos los estados la tierra es árida, en los estados en que se produce la protagonista de la historia, pero compartir tipo de suelo no garantiza que las pitayas sean iguales, tan sólo en Jalisco, los colores varían de acuerdo a la región en que brotan.

Durante largo rato seguirá diciéndolo.

Alfredo Castañeda repite con frecuencia la frase “y eso”. La emplea cuando las palabras quedan cortas al exponer un fenómeno o simplemente para dar por terminada la explicación. La prepara en este instante en que los colores de las pitayas se deben a la biodiversidad y la relación del órgano con el ambiente en que vive, por “interacción genética con el medio ambiente surgen los colores… y eso”, dice. Parece que ha concluido, pero retorna a la biodiversidad para agregar que gracias a ella prevalecen las especies, al permitir la evolución de las plantas.

-La biodiversidad la  clave para la autosuficiencia, la alimenticia-, culmina.

Con la mirada fija, es puntual en su declaración; – en el momento en el que la humanidad pierda la brújula y se vaya solamente a un cierto número de variedades, está condenada a sufrir hambrunas, tiene que dejar que las plantas evolucionen, que interaccionen con el ambiente y puedan tener resistencias para sobrevivir al cambio climático-.

– La pitaya se adaptará a los cambios en su ambiente natural-, no titubea en decir el hombre de lentes delgados y rostro redondo, pues sabe que la supervivencia de la pitaya no depende del clima, sino del suelo, el que es seco desde su creación, pero modificado por elección de la humanidad para cambiar su utilidad. La supervivencia del fruto de mayo tiene que ver con “dejar que los organitos que nacen a pie de pitayos, luego llevarlos y reforestar donde se están perdiendo esta cactácea por motivo de la deforestación. Hay que dejarlos que se reproduzca por semilla y no por reproducción asexual”, asegura.

Elvira sabe de esta ausencia de órganos. Reconoce las manchas en los cerros provocadas por los incendios y cortes de vegetación. También ha sido testigo de la deforestación de órganos que dice Alfredo Castañeda y de las consecuencias.

(Foto: Esther Armenta)

– (El cambio climático) les está afectando a los órganos, este año hay más poquita pitaya, ya los órganos están solos. Yo creo que cada año va a haber menos. Yo creo que llegará el momento en que ya no haya pitayas, al paso que vamos-, dice.

Antes, ella y su familia cargaban hasta 720 pitayas al día, esa cantidad aún le asombra, no sabe cómo las terminaba; en este momento corta apenas 2 cubetas con 120 pitayas en cada una.

Según sus recuerdos, tienen que pasar 10 años para que crezca un órgano y se cosechen buenas pitayas. Elvira piensa en su padre y en los órganos que plantó en su jardín y que años más tarde, les cosechó.

– Muchos órganos se van cayendo con los años y para que un órgano crezca y de pitayas tienen que pasar muchísimos años”, dice, todavía sentada debajo de la sombra de uno de ellos.

Leslie, hija de Elvira. (Foto: Esther Armenta)

Su muerte no tiene fecha. Elvira dice que en algunos años, (Alfredo Castañeda no tiene certeza de cuántos), pero acepta que la pitaya está en riesgo de morir si no se toman medidas para protegerla. Su deterioro es evidente.

– Según la conciencia y las medidas que se decidan adoptar, pero deben ser consensuadas entre los dueños de las tierras, recolectores, ayuntamiento e instituciones”, dice Alfredo Castañeda.

Para Castañeda, la fruta que llora o sangra, es, – nuestro fruto que da identidad a los autlenses-, y antes de completar la frase señala su pecho izquierdo con los dedos unidos.

Elvira no tiene la certeza que su hija, Leslie, se dedicará al corte y a la venta de las pitayas, ya lo decidirá ella. Por lo pronto, le sigue enseñando de este oficio que aprendió de sus padres.

Periodista egresada de la Licenciatura en Periodismo en el Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara. Tiene afinidad al periodismo narrativo. Colaboradora en Letra Fría desde 2017 y reportera a partir de mayo del 2019.

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