Escribo esto en domingo. Hace un rato llegué a casa luego de pasar las primeras horas de la mañana en el jardín del barrio de Las Montañas. Fui a la primera carrera en apoyo al Asilo de Ancianos de Autlán. Acepté la invitación porque me gusta el running y porque me invitó Martha Díaz, una atleta autlense que acumula años animando a otras y otros a correr. Esta vez, junto con Vicky, tuvieron la idea de organizar una carrera en apoyo al asilo; para participar había que hacer alguna donación, y ellas consiguieron patrocinadores para que todo lo demás funcionara: las medallas, el apoyo en ruta, la hidratación. Aunque desmañanado y con hambre, regresé a casa muy de buenas.
El buen humor me lo contagiaron los atletas y los habitantes del asilo. Compitieron y convivieron. Se armó buen ambiente entre música, porras y baile. Todo eso ocurrió a un lado del templo, durante un momento convivió sanamente con la misa dominical. No escuché a ningún feligrés quejándose, coincidimos bien.
El buen humor me duró poco tiempo, porque apenas llegué a casa encontré en redes sociales quejas y condenas. Algunas personas se burlaron de quienes pagan por salir a correr a la calle “para que les den un plátano”, tratándolos como tarados. Me agrió un rato la mañana, porque reducir a correr por un plátano la experiencia de triunfo al cruzar una meta y la satisfacción de la solidaridad con una causa noble es una ruda forma de dinamitar una de las condiciones que nos permiten vivir como humanos en comunidad.
En el fondo, a quienes critican no les molesta que la gente coma plátanos, sino que use el espacio público practicando alguna actividad que no solo no les gusta, sino que les parece ridícula. Pronto me acordé de que existe otro ejemplo de la misma situación: las batallas de aura se parecen a correr por la calle.
Habrá quien diga que farmear aura no es comparable con correr en la calle, que las poses de los chavos, que los rostros histriónicos son expresiones ridículas. En el fondo, lo que creo que expresa esta incomodidad es nuestra incapacidad de convivir con la certeza de que las personas pueden divertirse de manera diferente a nuestros gustos.
A mí me parece que tienen mucho en común: se hacen en el espacio público, se convive entre amigos, hay una competencia que en el fondo es irrelevante porque lo más importante es convivir con aficiones comunes. En ninguna de las dos expresiones se afecta a nadie, ambas ocurren en el espacio público.
El uso del espacio público es indispensable para construir una sociedad organizada que colabore por el bien común y que las personas se cuiden entre sí. Las plazas públicas y las calles son el lugar propicio para encontrarse, para dialogar, para conocerse, para divertirse y para expresarse. Son las conjuras que mantienen a sana distancia a la violencia, a la soledad, a la depresión y al consumo excesivo.
Así que tomemos el espacio público para farmear aura o para correr por un plátano, aunque eso le provoque comezón a alguien. Apropiarnos del espacio público es indispensable para que una comunidad no olvide a sus ancianos en el asilo, o para que los morros despeguen la vista un rato del scroll interminable que achicharra su capacidad de concentración.





