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Este lunes, Martín Flores del Campo nos recuerda la relevancia del campo y la agroecología en los tiempos de crisis social desatados por el #COVID19.

Por: Rodolfo González Figueroa

Autlán de Navarro, Jalisco. 30 de marzo de 2020. (Letra Fría) Nosotros desmovilizados, inhabilitados, con miedo y pegados a las pantallas esperando la información que los medios nos compartan. Dependientes, paranoicos, agazapados e inseguros. Frágiles y dóciles. Obedientes. Aislados del mundo natural, de por sí. Programados, onicofágicos. Llenos de ansia, vacíos de alma. Colmados de temores y carentes de certezas. Haciendo del hogar una cárcel, prescindiendo de los abrazos. El “virus” es el nuevo gendarme del encarcelamiento, la inmovilización y las suspensión de las relaciones sociales a nivel global. El modelo de panóptico de Michel Foucault, pero digitalizado.

Ella, la Tierra, tiene memoria; la sociedad no. Tenemos una memoria muerta o si no, convaleciente. En cambio ella, la Tierra, tiene muy viva su memoria la cual constantemente se renueva, ella tiene la capacidad de recordar y almacenar los impactos de muchos acontecimientos, eventos y experiencias de su pasado geológico; los cuales es capaz de retomar cuando sea necesario. Tiene hemisferios interconectados e inseparables en la forma de espirales, donde no hay ni izquierdo ni derecho, su cerebro es único y matriz de todo cuanto podamos imaginar.

Nosotros tenemos reflejos condicionados, reacciones e instintos amoldados. Tenemos un cerebro manipulable, que se contamina fácilmente y que se subordina a la calidad de alimentos (chatarra) que le proporcionamos a nuestro cuerpo como a la calidad de información (chatarra) que le metemos.

Por otro lado, Jairo Restrepo se expresa así de la microbiología:

“la microbiología es la expresión inteligente que va acorde con la memoria de la tierra, ambas se constituyen en elementos básicos para resolver problemas de forma natural y lógica.

Los humanos no somos los únicos que tenemos la capacidad de almacenar y recordar los eventos que han sucedido en la vida y su instalación en este planeta; hasta porque somos seres totalmente inmaduros, si lo relacionamos con la escala geológica del tiempo por los cuales la tierra ha tenido que pasar para permitir nuestro surgimiento o darnos la posibilidad de brotar como sus hijos”.

Ella, la naturaleza, inteligentemente a través de la microbiología nos envía constantes mensajes para comunicarnos como van las cosas en el entorno. El ambiente lo impregna con sustancias vivas a través de los olores, sabores, colores y de otros sucesos no imaginables, para los carecemos de la mínima sensibilidad natural de detección, a menos que seamos personas rurales o campesinas, gente que aún sigue conectada, pero a la tierra, al campo, con la naturaleza y sus procesos y con todo el entramado biológico, telúrico y cósmico que, todo momento se entrelaza allí en donde una raíz se desarrolla, en donde una espiga comienza a alzarse, en donde germina una semilla, en donde se fermenta un biofertilizante o en donde una flor se echa al vuelo. En donde no hay nada programado.

Y es que es eso, ante este invento o no de pandemia de virus que nos infecta la vida urge replantearnos como sociedad y reorganizarnos para reconocer primero nuestra posición dentro del sistema planetario donde somos sólo una especie más, super prescindible para el planeta Tierra. Y donde, en la medida en que nos programen los miedos e inseguridades, no podremos escalar un peldaño más en la evolución natural.

“Debemos salir de nuestra zona de confort y dar respuestas con hechos, para enfrentar el invento o no de la pandemia como algo con el cual nuevamente nos intentan distraer, para que paguemos las cuentas del colapso de un orden mundial impositivo, económicamente en crisis”, nos invita Jairo Restrepo.

Pero antes, debemos recordar y valorar a quienes siguen trabajando, móviles y hábiles del oficio, sin miedo y despegados de las pantallas, independientes, libres, indómitos. Unidos al mundo natural, desprogramados, colmados de certezas. Haciendo de sus parcelas un aposento sagrado, abrazando la vida. Descontrolados, sin horarios, ni oficinas, sin paredes. Los campesinos, las campesinas. Las productoras rurales, la gente del campo que sigue produciendo alimentos independientemente de las crisis que nos infunden.

Ellas y ellos, que son el virus de la agroindustria, las grietas que hacen tambalear al capitalismo, no sólo nos proveen alimentos frescos y de calidad, que fortalecen nuestra inmunidad, además conservan la sabiduría necesaria y la compartirán con gusto porque es y será muy necesaria cuando pase el drama actual.

La vida del campo, que precisa de buena microbiología para obtener los alimentos sanos, es la alternativa ante todo el pandemonium del capital. Allí está la memoria perdida de nuestra sociedad y la llave para romper todo tipo de cadenas que nos encarcelan y nos condenan a la servidumbre y obediencia.

Platicaba ayer con un campesino de La Ciénega en medio de la milpa, mientras el viento fresco y suave de la tarde nos acariciaba, sobre el valor fundamental que tiene seguir haciendo su labor. Para despedirnos y ante el escenario actual, mencionaba: “En su casa todo mundo pegado a sus redes de información que les dicen !no salgas!, yo hago caso al revés, si me dicen no salgas para estar viendo todo el día esas recomendaciones, yo lo que hago es no entrar”.

LL/LL

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