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Testimonios con energía renovable

Por: Rodolfo González Figueroa

La Ciénega, Jalisco. 12 de febrero de 2021. (Letra Fría) Restricciones, noticias fatales, argumentos politiqueros, parlanchinerías electoreras, contabilidad necrofílica, control social, aislamiento, miedos, inseguridades, temores…

Las malas noticias imperantes nos inundan el pensamiento o, al menos, eso se intenta. Por doquier pesimismos que cómo pesticidas nos contaminan la mente. . .

En tanto, por lo menos, dos veces a la semana, las más de 25 personas integrantes del Huerto Comunitario Las Tarjeas, en la cabecera municipal de El Limón Jalisco, acuden a ese espacio creado hace 2 meses y medio para regar las hortalizas, hacer deshierbe, trasplante, nuevas camas de cultivo, cosechar, aprender sobre la elaboración de algún biofertilizante, asociación de cultivos, preparación de ensaladas, nutrición, pintar murales, construcción de soberanía…

(Foto: Rodolfo González Figueroa)

Acuden en compañía de sus hijas e hijos, acuden señores, maestras de primaria y preparatoria, jóvenes estudiantes, etc. Acuden con un raro, pero muy futuro, sentido de colaboración y de comunidad.

Ante tanta información y noticias que enferman, sus testimonios son palabras frescas que sanan. Testimonios de vida, que vale la pena escuchar para inspirarnos y sentir fresca la esperanza;

La maestra Paty, madre de dos jóvenes que asisten al huerto, comenta, con su voz dulce y pausada: “Ir al huerto comunitario es un hogar donde todos (niños, jóvenes y adultos) disfrutamos de realizar lo que nos gusta además de aprender, trabajar, descubrir cada proceso, experimentar qué sucederá con las semillas que aún no conocemos su crecimiento. Es organizarse de manera espontánea y efectiva, es cada día llegar y sorprenderte al ver cambios radicales en el crecimiento de las plantas, disfrutar aquella frescura cuando pruebas un alimento saludable y estar pensando en cómo  vas a preparar lo que acabas de conocer y cosechar de diferentes maneras…”

Por su parte Anahís, madre de familia y trabajadora, manifiesta su sentir: “mi experiencia en el huerto es muy provechosa porque aprendo a cultivar muchos alimentos totalmente orgánicos, además es una terapia relajante porque al estar en contacto con la tierra y las plantas tu mente se conecta totalmente y sólo me centro en cultivar, aprender, colaborar. Además, es un momento donde participa toda la familia, me gusta ser parte del huerto comunitario”.

La existencia de mundos paralelos es real. Algunos mundos son mentales, estados de conciencia, pero otros son palpables, tangibles, vivenciales y totalmente transformadores de sociedades y sus conciencias.

Diana, madre de familia y profesional expone; “me relaja mucho, es toda una terapia desestresante, es como que entras a otro mundo con más paz, calma y humanidad”.

Para otra joven madre de familia, los Viernes son de trabajo colectivo y una especie de descanso productivo y activo. Ese día es cuándo se realiza asamblea, se exponen temas y prácticas agroecológicas nuevas que mucho tienen de pasado, pues son inspiradas en las técnicas de producción de los abuelos adaptadas ahora a un contexto distinto, que también, mucho tienen que aportar a un mejor futuro; “cada viernes hacemos trabajo común y todo lo que se ocupa en el huerto, para mi es algo que me cura, entre semana siempre quiero que ya sea viernes para ir al huerto y llevar a mi hija y juntas aprender lo que nuestros ancestros practicaban, que era trabajar en familia, educarse en la tierra y en las plantas. Me encanta conocer las semillas”.

Al huerto, acuden también niñas y niños, al menos una decena cada Viernes acompañan a sus madres dejando las pantallas, el encierro, los aparatos electrónicos y desarrollando la cualidad inherente humana de conectarse con su entorno de inmediato. Ellas y ellos, niñas y niños, motivan e animan. Son fuente y motor, su innata capacidad de asombro instantáneo y aprendizaje inmediato le brinda al huerto una exquisita dosis de humanidad, de libertad y alegría que en pocos lugares existe, y menos en estos tiempos. 

(Foto: Rodolfo González Figueroa)

Al respecto una niña de 8 años manifiesta “para mí es bien bonito, aprendo mucho, juego con nuevas amiguitas y nos gusta porque desde chiquitas sabemos cómo sembrar sin químicos, vemos como las abejas vienen aquí a recolectar su polen y los insectos conviven con las hortalizas… y me gusta porque pintamos y comemos ensaladas bien buenas recién cosechadas y cuidamos a la naturaleza. Me encantan los aderezos de la maestra, se los ponemos a las ensaladas. Y las lombrices sabemos que son amigas del suelo y que no es saludable poner químicos a la tierra… también comemos rico…aunque a veces se me antojan unas Sabritas.

El huerto comunitario en tiempos de pandemia es una alternativa a todo. Por un lado, sirve de escuela viva. Un espacio de pedagodía libre y desacademizada, de aprendizaje interdisciplinario con arraigo. El modelo educativo oficial en estos días encierra a nuestros hijos y los pone a ver un celular. El huerto, en cambio, libera. Y hace posible un aprendizaje sutil y trascendente. Dónde los maestros y alumnos somos todas y todos. Y de todo se aprende y todo aprendizaje aún proveniente de un escarabajo es tan valioso como el de un profesor titulado.  Escuela sin paredes, ni pizarra, ni pantalla. Escuela sin hegemonías, escuela horizontal y comunitaria.

Para Angela, madre de 3 niñas, maestra y comerciante: “el Huerto Comunitario es un lugar donde se aprende a conocer la tierra y aprovechar los beneficios que nos da para cultivar los alimentos sin químicos… además hemos logrado crear un espacio donde las familias interactuamos desarrollando una identidad común, es un espacio ideal para lograr la sana convivencia y un espacio de relajación donde aprendemos a cuidar de la vida”.

Por su parte, Daniel de 14 años opina y pregunta desafiante; “¿por qué no hacemos huertos como este en todos los barrios de El Limón? Que cada barrio tenga su huerto y todos los niños en lugar de estar en casa viendo la clase en la tele tengamos las clases en huertos”. Luasly, de 9 años, secunda a su compañero y afirma;  “es más divertido aprender en el huerto, no es aburrido, se pasa el tiempo a gusto y ni si quiera es cansado. Invito a todos los niños del pueblo a que vengan e inviten a sus papás y a los profes a que no nos dejen tanta tarea y que vengan a conocer el huerto”.

Los objetivos del Huerto Comunitario son claros, por un lado es crear un espacio de aprendizaje intergeneracional que produzca alimentos diversos libres de pesticidas, funcione como terapia ocupacional, sirva de huerto escuela modelo para que se replique en las casas de las personas del pueblo y brinde herramientas pedagógicas prácticas para la enseñanza de las y los niños con sentido de territorio e identidad.

“Cuando voy al huerto, siento que me renuevo, como que te recarga de energía”, comparte una señora de 62 años. Su testimonio es encantador y bien podría ser una excelente propuesta ante la nueva revolución verde tecnológica que representa la implantación de las mal llamadas energías limpias (“parques” solares, celdas fotovoltáicas, generadores eólicos) que entre sus múltiples impactos despojan y desecan suelos, contaminan para la extracción de metales raros, privatizan territorios y envenan vientos, suelos y aguas.

¡Los Huertos como fuente de energías renovables, limpias y saludables!

¿Qué tal que todos los lotes baldíos, potreros, traspatios, parcelas los convirtiéramos en huertos comunales, familiares y escolares?

Es altamente viable y, todavía, a nadie tenemos que pedir permiso.

MA/MAl

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