Lo que miro desde el surco | ¿Lo que fue puede que sea?

Por: Rodolfo González Figueroa

La Ciénega, Jalisco. 02 de febrero de 2021. (Letra Fría) Resplandece en quietud al medio día. Por la calle circulan algunas bolsas de plástico y en círculos fugaces desaparecen con el viento. Nadie camina en esa soledad. “Pueblo de Viejos”, dicen los mismos viejos.

Es raro ver gente en la calle. Al medio día en esta comunidad el sol quema, los pocos jóvenes que quedan se van al “cherry” y a “Bio” parques y sólo se ven llegar los camiones distribuidores de Coca-cola, Sabritas, Sonrics, Marinela, etc. Dejando tras de sí los exhibidores llenos de chatarra transgénica, las carteras de las comerciantes vacías y la salud de las personas amenazada.

¿A quién le venden sus productos estos camiones?

“Poca gente, cada vez menos, este pueblo pronto será fantasma” Presagia con tristeza don “Chayito” mientras desgrana con sus manos callosas, curtidas de tierra, unos molcates que su hija le dejó en la carretilla, bajo el mezquite que quedó mutilado por el huracán Jova.

En cambio Don José, opina distinto, el piensa que el pueblo no quedará solo. Imagina que quizá pronto la agroindustria les dará más y mejor trabajo a los jóvenes, intuye que aunque sea gente de afuera quién entra el municipio a sembrar, ellos les darán trabajo para que no salgan al “Cherry” y así pueda la economía mejorar y los jóvenes quedarse. Pero, de pronto Don José, hace una pausa…” ¿Quién entonces va sembrar el maíz y agarrar el arado? ¿Quién continuará cuidando la semilla y haciendo la labor como nosotros? A nadie le interesa”. Don José se confunde, mira al piso, cierra los ojos y se los talla con sus manos que evidencian todo un esfuerzo por cuidar la tierra y los maíces.

Queda un silencio.

Se emprenden un viaje nostálgico hacia el pasado, un recorrido por la memoria, largo andar, empolvados recuerdos, sentimientos encontrados.

“También lo del costalillo”; recuerda y habla, de pronto, Doña Esperanza, “es una cosa que antes nos unía y nos daba trabajo. Todos sabíamos hacer costalillo, sabíamos tejerlo y luego íbamos a venderlo o cambiarlo por cargas de leña, de maíz si no teníamos, o traíamos algunas frutas. Así era nomás, si tenías cosecha y sabías hacer costalillo pues estabas bien”.

El costalillo, es una especie de morral, hecho con la fibra del maguey. El maguey es buena planta, generosa y que sirve de mucho, dice aquí la gente. Antes complementaba la vida en el campo. Muchos tenían su taberna para hacer vino o mezcal. El vino servía para las fiestas, para ponerle al ponche y para motivar el trabajo, las alegrías, las distenciones, las inspiraciones y las buenas sensaciones.

“Yo me echaba mis vinos después de cada jornada”, cuenta, con entusiasmo, Don José. “Es como para festejar que cumplimos la tarea. Y era del que yo hacía. Luego mi mujer y los hijos con la fibra se ponían hacer el costalillo. Yo llevaba el maíz, la calabaza, el frijol. Y ellos traían otras comidas para complementar con lo que se vendía del costalillo y cambiábamos por varias cosas”.

Melancolía pura, nostalgia por lo que fué. Las miradas no miran lo que hay alrededor, están contemplando el interior, el pasado. Las miradas de los presentes traspasan estructuras, se van con el aire a tocar con el corazón los tiempos aquellos del calzón de manta y la trenza alegre y coqueta. Para unos está bien recordar porque se reviven sentimientos. Y revivir lo pasado, hace creer muchas de las veces, que la realidad si se puede transformar, aunque sea un ratito, aunque sea desde nuestro interior, aunque cerremos los ojos.

Invisivilizar el presente, desfragmentar el dolor, hacer que la crudeza de la crisis actual se vea olvidada con la poderosa memoria, la inmortal, la eterna e invencible memoria campesina, que se echa andar, que desenrolla lo enrrollado por la opresión, que despliega esperanzas y contundentes visiones de que pronto, no debe tardar, la sociedad volverá a ser lo que fue.

“No entiendo por qué a los jóvenes no les gustan las comidas de aquí, ya no les gusta el nopal, el bonete, es más, unos ni frijoles quieren”, asevera Santitos. Pero Goya le responde; “yo veo que a los niños chiquitos cuando uno les empieza a dar, si les gusta todo lo natural y se lo comen. Será porque no saben todavía de otras cosas”.

Los niños, una oportunidad, muchas ilusiones.

El campo educó a esta gente. En el grupo no son más de tres lo que saben tomar el lápiz y escribir, lo que saben leer. La mayoría ignora la lectura escrita y desconocen la escritura en papel. Pero todos y todas supieron leer su tierra y escribir con surcos sobre ella.

Habría que dejar de mandar los niños a la escuela, y más ahora que todos están pegados a sus aparatos, “para que se eduquen como nosotros, los jóvenes ya no les interesa, pero los niños quizá sí, hay que llevarlos a la labor”, afirma don Chayito.

Una propuesta bastante humana, urgente y necesaria, considero.

 MA/MA

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