Zapatos de rumbera | Adoptar su nombre

en Plumas

Esther Armenta nos recuerda en su columna la terrible realidad que enfrenta toda mujer en un país consumido por la violencia y el machismo, así como el eco que provocan casos tan indignantes como el de Fátima.

Por: Esther Armenta

Autlán de Navarro, Jalisco. 18 de febrero de 2020. (Letra Fría) El primer recuerdo que tengo al escuchar el nombre de Fátima rememora mi vida a los 4 años de edad, pero no dudo en que el nombre apareció mucho antes de lo que soy capaz de recordar o de lo que mis registros me permiten comprobar. Por asociación directa, Fátima es mi madrina, la primera y la única que tengo, con la que experimenté el privilegio de ser una niña libre, sana, feliz y al mismo tiempo, cómplice del amor que otras mujeres son capaces de darme.

Aunque el nombre de Fátima no es frecuente en mi vida, sin esforzarme recuerdo a tres: la Fátima de la que ya hablé, Fátima, la hermana de Filo —ambas amigas de mi madre— y Fátima, una niña menor de 10 años que conocí en Autlán cuando tenía la misma edad. Los siguientes 13 años su nombre se ausentó, no hubo forma de que un nuevo rostro se asociara a la palabra.

La ausencia terminó este lunes, cuando Fátima reapareció para marcar mi existencia como ninguna otra con su nombre lo había hecho; con 7 años, Fátima se postró frente a mí con la muerte como carta de presentación y la sentencia de que no se irá pronto, porque la violencia con que fue asesinada se filtró a los nombres y los cuerpos de todas las mujeres que reconozco, incluido el que me pertenece. Su apropiación de cuerpos simboliza la posibilidad de convertirnos en una papeleta en las calles, en una Alerta Amber que se comparte 3 mil veces en Facebook, en los ruegos de una familia aferrándose a la idea de que a ellos no podemos faltarles.

Pasado el mediodía del lunes, la justicia para Fátima comenzó a exigirse en las redes, la sensación de ser asesinada se repitió, pero, ¿qué significa ser Fátima? El significado auténtico, la etimología del nombre, dice que se trata de una mujer “única“, pero México es un país de distorsiones en donde hasta la justicia perdió su significado. Por eso, ser Fátima pasó de ser incomparable a ser cualquier mujer y la posibilidad de transformarse en una cifra que evidencia la falta de sensibilidad a la vida humana.

En México la única certeza que existe es la de morir víctima de la violencia nacional. No sé cuándo, cómo o por qué, pero es probable que suceda, no hay zona segura en este país en donde los que no tienen miedo a morir tienen el deseo de matar.

La valentía susurra palabras dóciles y efectivas al asesino que no sabe quién lo parió: la familia construida en gritos y golpes, la falta de políticas públicas que le impiden seguir su instinto animal, la escasez de servidores públicos que aseguren la condena, la crisis social de apatía,  el cobijo de la irrealidad como escape o la agonía de sentirse marginado porque le dijeron que estaba loco y que más loco estaría si buscaba ayuda en los profesionales para comprender lo que sentía.

La presencia de Fátima en nuestro portal de Facebook no debería ser un acontecimiento lejano, su muerte debe sentirse pese a la distancia que separa el desconsuelo de su madre de quienes leemos la noticia detrás del monitor. Su muerte debe obligar a las autoridades de todos los niveles y todas las latitudes a actuar para garantizar la plenitud de quienes vivimos en el lugar que gobiernan, no deben esperar a que Fátima aparezca en otras consumidas por la rabia, el dolor y la angustia de llevar su nombre, mientras el culpable encuentra zona segura en el anonimato, la impunidad, y la certeza de volverlo a repetir.

Que adoptar su nombre signifique exigir y que las autoridades nos garanticen seguridad y justicia para las niñas, adolescentes, adultas y ancianas de nuestras vidas, vivas y muertas.

LL/LL

*Se autoriza su reproducción siempre y cuando se cite claramente al autor y la fuente. Se prohíbe su reproducción si es con fines comerciales.

Periodista egresada de la Licenciatura en Periodismo en el Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara. Tiene afinidad al periodismo narrativo. Colaboradora en Letra Fría desde 2017 y reportera a partir de mayo del 2019.

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