Agenda ciudadana | La era del coronavirus

Este lunes, David Chávez reflexiona en torno al impacto social de la pandemia en un mundo globalizado, interconectado, y nos recuerda que el aislamiento voluntario es un acto de solidaridad.

Por: David Chávez Camacho

Autlán de Navarro, Jalisco. 6 de abril de 2020. (Letra Fría) La aparición del nuevo coronavirus genera cambios tan fuertes como las consecuencias sanitarias, sociales y económicas que ya vemos. La incertidumbre a que provoca la pandemia de COVID-19 es uno de los signos de tal generación de cambios. Y es que, si algo rechaza el pensamiento, es la novedad; de ahí el miedo en sus distintos grados.

Los seres humanos tendremos que recordar, hurgar en la memoria más allá de los cuarenta años de neoliberalismo, la salvajada que termina de manera previsible en incapacidad pública, luego de cuatro décadas de sacralizar lo privado vuelto negocio a costa de todo. La época exige sacar lo mejor de nosotros mismos, y ello se encuentra en la memoria.

Lo primero por recordar será que la suerte de uno es la suerte de otros, y viceversa. Por ello se crearon los sistemas públicos de salud. La palabra “contagio” deriva del latín y significa “contacto”, y de eso se trata vivir en sociedad, de vivir contactados. El asunto es cómo nos contactaremos para saber de qué nos queremos contagiar.

Y de tal idea de contacto se actualiza la percepción del mundo globalizado, si la epidemia iniciada en China se volvió pandemia, presente en todos los continentes, es porque la globalidad es absolutamente real. La novedad a recordar es que la globalización no inicia ni termina exclusivamente en lo económico. El mundo global no existe sólo para hacer negocios sin responsabilidad social alguna.

Hay un dato que no debe pasar inadvertido. Los dos países más poderosos económicamente han sido los más afectados. China, porque ahí inició la pandemia, y Estados Unidos, por el mayor número de casos y de muertes. Otra región muy afectada es Europa, que pertenece al llamado “primer mundo”. Este dato llama la atención porque significa que una contingencia como la que vivimos daña sociedades que se supone son las más fuertes, las más preparadas para enfrentar peligros. El nuevo coronavirus ha revelado las debilidades de la actual idea de cultura y de sociedad.

Sin embargo, es muy bobo coincidir con el gobernador Barbosa de Puebla, quien quizás en serio, quizá con desafortunada ironía, dijo que los pobres somos inmunes al COVID-19. El continente americano ya está en segundo lugar en números de casos confirmados y ha aportado imágenes dantescas como las de Guayaquil, Ecuador.

De lo anterior se deduce que la globalidad es también nacional, regional, estatal y municipal. Un municipio es también un pequeño mundo globalizado, y dentro de su territorio, la suerte de unos es la suerte de otros; estamos interconectados, contagiados para bien o para mal. Nos podemos contagiar entre nosotros de coronavirus, pero también de respeto, de solidaridad.

Por estos días, la cercanía más saludable es la sana distancia. Aislémonos, quedémonos en casa el mayor tiempo posible, distanciemos el contacto. Y cuando la pandemia esté bajo control, vuelta enfermedad estacional, ya inmunizados, ya con vacunas probadas y aplicadas, recordemos los valores que nos hacían ser mejores sociedades, mejores fuentes de contagio. Entonces podremos responder a la gran pregunta: ¿de qué nos queremos contagiar?

LL/LL

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