Agenda ciudadana | La necesidad de lo sagrado

en Plumas

Este lunes, David Chávez Camacho reflexiona en torno a la cultura del éxito y cómo es que ha perjudicado la defensa de los derechos humanos en las últimas décadas.

Por: David Chávez Camacho

Autlán de Navarro, Jalisco. 29 de junio de 2020. (Letra Fría) Las décadas recientes podrían ser descritas con el lema de “todo se vale, con tal de que ganes dinero”. Puede sonar a generalización, pero no es difícil coincidir en esa etiqueta que la época se ha ganado a pulso.

En nombre de tal lema, se llega a pensar que lo importante se trata de tener éxito, aunque eso implique criminalizarse. Entiendo que este puede parecer un diagnóstico muy riguroso, pero la situación no es para menos.

Por supuesto, tener éxito no es criminal. Pero lo que se advierte es que el éxito a toda costa, sin reglas, sin honor, no es aceptable. No lo es ni siquiera en la guerra. El asunto, pues, es que nuestra sociedad se criminalizó, se volvió antisocial.

Lo peor es que la criminalización se convirtió en cultura. Han sido recurrentes los casos de niños que afirman tener como aspiración llegar a ser sicarios, en esos actos oficiales de presidentes municipales de visita en escuelas.

En otros niveles socioeconómicos, los niños igual podrían decir querer ser factureros para evadir impuestos o propietarios de una de esas empresas de subcontratación que convierten al trabajo en explotación descarada en maquiladoras indignantes.

La criminalización se basa en lo antisocial, no necesariamente en el delito, pero son familiares. Es así porque crimen es acto antisocial, aunque no esté penalizado legalmente. En cambio, delito es un acto antisocial penado por la ley.

Por lo anterior, nuestra sociedad lanzó al cesto de la basura igual las reglas de urbanidad o la cortesía, que la solidaridad o la caridad. Esto puede ser limitado a la ética o a la moral, pero de ahí al crimen delincuencial sólo hay una diferencia de grado.

Durante estas décadas recientes hubo una emergencia y un enfoque en los derechos ciudadanos y humanos. Hacía falta, obviamente. Sin embargo, se dejó de observar la necesidad permanente de enfocar la vida social también en términos de deberes.

Esos deberes son espirituales, éticos, morales y legales, que deben ser redescubiertos, vueltos a observar y promocionar. No lo dice uno desde un punto de vista “moralino”, sino desde el punto de vista de la prudencia e incluso desde el del instinto de conservación.

Es más, es necesario a todas luces redescubrir el valor de lo sagrado, pues, si ya olvidamos o ya no nos importa el hecho de que toda vida humana es sagrada, entonces, no hay fundamento alguno que permita a nuestra sociedad volver a reconstruirse en paz y en creatividad.

Es necesario, con sentido de urgencia, recordar que la libertad no es hacer lo que a uno le venga en gana, sino inteligencia, y ésta no significa nada si no deriva en respeto a la vida y en compasión por los más débiles.

Llámenseles como se les quiera llamar, valores universales o fronteras de lo sagrado, necesitamos redescubrir y aceptar incondicionalmente lo inviolable. Se trata de un asunto de vida y muerte, y si se observa las noticias, ya son muchísimos los muertos.

LL/LL

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