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En su columna “Agenda Ciudadana”, David Chávez Camacho cita al Premio Nobel de economía Joseph Stiglitz para proferir una incisiva crítica al neoliberalismo y a la crisis mundial a la que se ven sometidos los países del mundo.

Por: David Chávez Camacho

Autlán de Navarro, Jalisco. 16 de diciembre de 2019. (Letra Fría) Un artículo del Premio Nobel Joseph Stiglitz, economista estadounidense, crítico de la globalización y del neoliberalismo, señala el descrédito de las elites y la desconfianza ante la democracia. Y, bueno, basta observar lo que ocurre por las calles de varios países, entre ellos Chile, que tanto fue presumido como ejemplo de desarrollo neoliberal latinoamericano, para confirmar lo que este economista apunta y que se observaba en el entorno sin necesidad de artículos de premios Nobel.

Pero uno, adscrito a los comunes, sin pertenecer ni a las elites ni al mundo de los especialistas, se pregunta qué es o qué fue eso que recibió el nombre de neoliberalismo. Stiglitz refiere a Francis Fukuyama, otro estadounidense, politólogo quien al final de la Guerra Fría, cuando desapareció la Unión Soviética y se derrumbó el prestigió del socialismo, publicó otro ensayo titulado ¿El fin de la historia?

Habría que indicar que la desaparición de la Unión Soviética y el supuesto derrumbe de los proyectos socialistas o comunistas ocurrió no hace mucho, por la década de los 80 del siglo pasado, cuando nacían los hoy cuarentones. No hace mucho, pero tampoco es poco tiempo, si tomamos en cuenta que los jóvenes de 20 o 30 años no tienen ni idea de aquello y les suena a dato de museo, cosas de los abuelos.

Y, ojo, aun esos cuarentones que han gobernado a México bajo la denominación de neopanistas, generación “Nuevo PRI” y etcétera, si han carecido de curiosidad histórica, tampoco tienen idea del “viejo régimen”, porque no lo vivieron. Por corrupto que haya sido, el viejo régimen mexicano pervivió durante décadas con una serie de instituciones que hoy sonarían a “socialismo”: aquel INFONAVIT, aquel IMSS, aquella CONASUPO y todas las empresas paraestatales, con las que el Estado intervenía la economía y el mercado.

Todo aquello fue desmantelado, con lo que emergieron políticos feligreses de una ideología del “fin de la historia”, de la “desaparición de las ideologías”, del “reino del mercado”, que a través de la simplificación predicaban el desvanecimiento del Estado para que el mercado, como una especie de espíritu santo de la economía, detonara crecimiento económico y generación de riqueza que habría de ser derramada en favor de todos. Basta leer periódicos de aquellos años y observar las declaraciones de estos políticos y gobernantes para comprobar lo aquí dicho.

Así, el neoliberalismo, partiendo también de una estrategia de simplificación, exigía que todos nos convirtiéramos en emprendedores, castigando la imagen de quienes buscaban ser acompañados por el Estado. Esa fue la nueva demagogia, una peor, alérgica a lo social, individualista, depredadora, que no sólo condenaba a los débiles y marginados, sino que los culpabilizaba de su fracaso. Aún estamos en eso y no es sólo un asunto académico o conceptual, sino una desgracia económica y cultural que convirtió a nuestra sociedad en criminógena.  

“Hoy la credibilidad de la fe neoliberal en la total desregulación de mercados como forma más segura de alcanzar la prosperidad compartida está en terapia intensiva, y por buenos motivos. La pérdida simultánea de confianza en el neoliberalismo y en la democracia no es coincidencia o mera correlación: el neoliberalismo lleva cuarenta años debilitando la democracia”, advierte Stiglitz.

Y agrega, además, que “la forma de globalización prescrita por el neoliberalismo dejó a individuos y a sociedades enteras incapacitados de controlar una parte importante de su propio destino. Los efectos de la liberalización de los mercados de capitales fueron particularmente odiosos: bastaba que el candidato con ventaja en una elección presidencial de un país emergente no fuera del agrado de Wall Street para que los bancos sacaran el dinero del país. Los votantes tenían entonces que elegir entre ceder a Wall Street o enfrentar una dura crisis financiera. Parecía que Wall Street tenía más poder político que la ciudadanía”.

Aquí el espacio es insuficiente para analizar por entero lo advertido por Stiglitz, pero textos suyos están disponibles por internet y son altamente recomendables. Dice: “Si no bastó la crisis financiera de 2008 para darnos cuenta de que la desregulación de los mercados no funciona, debería bastarnos la crisis climática: el neoliberalismo provocará literalmente el fin de la civilización. La única salida, el único modo de salvar el planeta y la civilización, es un renacimiento de la historia. Debemos revivir la Ilustración y volver a comprometernos con honrar sus valores de libertad, respecto al conocimiento y democracia”.

Este no es un llamado sólo a los gobiernos de países o a las elites trasnacionales, sino a los locales. ¿Seguiremos con la idea boba de que nuestros municipios están fuera del mundo y pueden ser gobernados como si nada desde la mediocridad y la derrota como política pública?

LL/LL                                                                                                                         

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