Décima Muerte
Si en todas partes estás,
en el agua y en la tierra,
en el aire que me encierra
y en el incendio voraz;
y si a todas partes vas
conmigo en el pensamiento,
en el soplo de mi aliento
y en mi sangre confundida,
¿no serás, Muerte,
en mi vida agua, fuego, polvo y viento?
Xavier Villaurrutia
En estos días observamos diversos eventos culturales, académicos, de cuidado al medio ambiente, así como eventos artísticos que se están desarrollando en la región.
La celebración del Día de Muertos propicia que el sector educativo de todos los niveles genere diversas actividades educativas, artísticas y formativas. Sabemos que es una celebración que encuentra sus orígenes desde que los sapiens empezamos a enterrar a nuestros muertos, a realizar abstracciones sobre una vida posterior a la actual. Iniciamos con ritos muy apegados a los fenómenos de la naturaleza y paulatinamente se fueron creando sistemas y modelos filosóficos, religiosos y espirituales; para desarrollar esa idea primigenia: morir para nacer, como decían los antiguos mexicanos.
Es cierto que en ocasiones se diluye el sentido original de la celebración, se banaliza y se cae en una lógica de mercado, de consumismo. Pero en general subyace la idea de que es un encuentro entre vivos y muertos, entre personas que existen o existieron físicamente, porque con esas manifestaciones se hacen evocaciones, principalmente con el montaje del altar.
Desde la época prehispánica, las diversas culturas asentadas en la República Mexicana, veneraban de diversas maneras a la muerte. Antes de la llegada de los españoles, los naturales creían que las ánimas habitaban en tres lugares diferentes: El Mictlán (región de los muertos), el Tlalocan y el lugar donde vive el sol: El Omeyocan.
En el Mictlán se congregaban las almas que perecían a consecuencia de alguna enfermedad. Tenían la creencia de que los difuntos de ese lugar tomaban las ofrendas y las presentaban al ente que ahí reinaba. Estos eran quemados en las inmediaciones de su casa.
El segundo lugar, era el Tlalocan; ahí nunca faltaba el maíz, la calabaza, el frijol en vaina para alimento de quienes en vida habían muerto ahogados, leprosos, sarnosos e hidrópidos. Eran enterrados con semillas en la cara, vestidos de azul y con una vara en la mano. No necesitaban ofrendas.
El tercer lugar, era El Omeyocan, el Lugar donde Vive el Sol, hasta donde llegaban las mujeres muertas de parto, los sacrificados y los guerreros, los cuales después de cuatro años, se convertían en aves de rico y colorido plumaje.
Para los mexicas el destino después de la muerte no dependía principalmente de si alguien había sido bueno o malo, sino de las circunstancias en que había muerto. La muerte era concebida como parte de un orden cósmico, no como un juicio moral al estilo cristiano.
Para la Iglesia católica el ser humano se compone de dos partes: un cuerpo, que es material, y un alma inmaterial e inmortal que posee la capacidad de decidir entre el bien y el mal (la razón). Al morir, la carne se desintegra y espera la resurrección, el juicio final y la vida eterna, en función de lo cual el cadáver debe tener un ritual mortuorio.
En la época en que vivió Jesucristo las inhumaciones se hacían fuera de los poblados, en el cruce de los caminos, práctica que también tuvieron los romanos en épocas paganas.
La Iglesia católica romana continuó con este sistema funerario para unirlo a sus concepciones cosmogónicas, en las cuales la descomposición de los cuerpos y la desintegración misma de los huesos se expresaban por un lado en la frase “polvo eres y en polvo te convertirás”, y por otro en la esperanza del más allá.
En esta concepción católica la muerte del ser humano fue el castigo que Dios les impuso a Adán y Eva por la desobediencia que cometieron en el paraíso, por lo que la mortalidad siempre será interpretada como un castigo por la primera culpa y como un paso para expiar todas las demás.
Como ya habíamos mencionado, las dimensiones del otro mundo se clasifican según las acciones de cada individuo, así que podrán ir al cielo los bienaventurados, al limbo los pequeños que no han pecado, al purgatorio las almas en pena y al infierno los pecadores irredentos. En el juicio final se evaluarán las buenas y las malas acciones. Sin embargo, para la iglesia católica en la vida cotidiana los pecados se pueden perdonar por medio de la confesión, la comunión con los santos y la extremaunción con los sacramentos que antes de morir evitan el temor a la condenación del fuego eterno.
Volviendo a las manifestaciones artísticas y culturales en la región destacaría la exposición de las mejores obras de la Bienal de Pintura José Atanasio Monroy 2026, que se exhiben en el lobby del Centro Cultural Atanasio Monroy, en el interior del CU Costa Sur, vale la pena observar las técnicas y temáticas que están abordando las vanguardias en artes plásticas.

Otra valiosa exposición cartográfica temporal es la que alberga hasta el mes de diciembre el Museo y Centro Regional de las Artes de Autlán denominada “Mapas de Jalisco y otros lugares Siglos XIX y XX”, de la autoría del Dr. Hirineo Martínez universitario y actual coordinador del Capítulo Costa Sur de la Benemérita Sociedad de Geografía y Estadística
El mapa más antiguo es de 1712, en general son 20 de Jalisco, 7 de la Colonia y República Mexicana, 2 de Autlán, 3 de Guadalajara, 5 de otros Estados, 7 de Colima, 2 de los límites entre Jalisco-Colima y 1 de los límites entre Jalisco-Michoacán.

Si a lo anterior agregamos las obras que permanecen tanto en el Museo, en la Casa Universitaria, en el Palacio de Gobierno Municipal, en el Centro Escolar Chapultepec, en la Preparatoria, y otras particulares como el Palacio de las Artes o en el taller de la maestra Magaly o en el Tiopa Tlanextli, podemos reflexionar sobre la riqueza cultural que tenemos y que forzosamente debe incidir positivamente en los habitantes considerando a las diversas manifestaciones artísticas como una parte fundamental para la construcción de sociedades más sensibles e informadas. Menos violentas.
Y algo más: la entrada es libre.





