Asombros e inquisiciones | Hoichi el Desorejado

Basado en la obra épica El cantar de los Heike —la epopeya clásica más importante de la literatura japonesa—, el relato de “Mimi nashi Hoichi” (literalmente Hoichi sin orejas), es una de las obras esenciales de fantasmas en Japón. Fue recuperado por Lafcadio Hearn en su colección de relatos Kwaidan, publicada en 1904. El kwaidan, normalmente traducido como “relatos de lo extraño”, constituye el género de horror y suspenso japonés por excelencia. El texto que aquí reproduzco se encuentra publicado en el libro Kwaidan. Extrañas narraciones del Japón antiguo, publicado en 2017 por Puertabierta Editores. Una versión cinematográfica de la obra se estrenó en 1964, dirigida por Masaki Kobayashi.

Por: Lafcadio Hearn/Traducció de Hiram Ruvalcaba

Autlán de Navarro, Jalisco. 18 de abril de 2020. (Letra Fría) Hace más de setecientos años en Dan-no-ura, en el Estrecho de Shimonoseki, se peleó la última batalla de la larga guerra entre los Heike, o clan Taira, y los Genji, o clan Minamoto. Ahí los Heike perecieron defi nitivamente, con sus mujeres y niños, así como con su niño emperador —hoy recordado como Antoku Tennō—. Y desde hace más de setecientos años aquel mar y aquella costa han sido habitados por fantasmas… extraños cangrejos son hallados ahí, los llamados cangrejos Heike, que ostentan rostros humanos en el lomo, y que son, según se dice, los espíritus de los guerreros Heike. Hay muchas cosas extrañas que pueden verse y oírse a lo largo de aquella costa. En las noches oscuras miles de fuegos fantasmales rondan la playa, o revolotean por encima de las olas —pálidas luces que los pescadores llaman Oni-bi, o Demonios de Fuego—; y, siempre que el viento azota con furia, el sonido de grandes alaridos retruena en el mar, semejante al clamor de la batalla.

En otros tiempos los Heike estaban mucho más agitados que ahora. Solían subirse en los barcos que surcaban sus aguas por las noches para intentar hundirlos, y deambulaban todo el tiempo en busca de nadadores, para arrastrarlos consigo hacia las profundidades del agua. Para apaciguar a aquellos muertos se construyó el templo budista Amidaji, en Akamagaseki. También se edifi có un cementerio en un sitio cercano, próximo a la playa; ahí se colocaron monumentos inscritos con los nombres del emperador ahogado y de sus grandes vasallos, y se realizaron servicios budistas con regularidad, en honor a sus espíritus. Luego de que se construyera el templo y se erigieran las tumbas, los Heike dieron menos problemas que antes; sin embargo, no cesaron de hacer cosas raras en intervalos, lo que demostraba que aún no habían encontrado la paz perfecta.

Hace algunos siglos vivía en Akamagaseki un hombre ciego llamado Hoïchi, quien era famoso por su destreza en la declamación y en el manejo del biwa.[1] Desde su infancia lo habían educado para recitar y para tocar, y siendo todavía un niño había logrado superar a sus maestros. Cuando se hizo biwa-hoshi profesional, alcanzó la fama principalmente por su declamación de la historia de los Heike y los Genji, y se cuenta que cuando entonaba la canción de la batalla de Dan-no-ura “ni siquiera los demonios (kijin) podían contener las lágrimas”.

Al principio de su carrera Hoïchi era muy pobre, pero encontró a un buen amigo que lo ayudara. El sacerdote de Amidaji era un aficionado de la poesía y de la música, y con frecuencia invitaba a Hoïchi al templo, para recitar y tocar. Después, muy impresionado por la deslumbrante habilidad del muchacho, el sacerdote le propuso a Hoïchi que se mudara al templo, y él aceptó la oferta con gratitud. A Hoïchi le encomendaron una habitación propia y, a cambio de comida y alojamiento, se le solicitó solamente que deleitara al sacerdote con una sesión musical en ciertas tardes, cuando no tuviera otros compromisos.

Una noche de verano el sacerdote salió para realizar un servicio budista en la casa de un feligrés fallecido; se fue a aquel lugar llevando consigo a su acólito, dejando a Hoïchi solo en el templo. La noche ardía, y el ciego quiso refrescarse en la veranda que había frente a su dormitorio. Desde la veranda podía verse un pequeño jardín en la parte trasera de Amidaji. En ese sitio, Hoïchi esperó el regreso del sacerdote y trató de aliviar su soledad a través de los sonidos de su biwa. Pasaba de la medianoche y el monje aún no aparecía, pero la atmósfera en el interior del templo seguía siendo demasiado caliente como para darle comodidad, así que Hoïchi permaneció afuera. Al fin escuchó pasos que se acercaban desde la puerta de atrás. Alguien había cruzado el jardín, avanzado hasta la veranda, y se había detenido directamente en frente a él —pero no era el sacerdote.

Una voz profunda pronunció el nombre del ciego, de forma ruda y abrupta, tal y como los samurái solían dirigirse a un hombre de menor rango:

“¡Hoïchi!”

“¡Hai!” respondió el ciego, espantado por el tono amenazante de la voz, “¡Soy ciego! ¡No puedo saber quién me llama!”

“No tienes nada que temer”, exclamó el extraño, ahora en un tono más suave. “Soy servidor en un lugar cercano a este templo, y he sido enviado a ti con un mensaje. Mi actual señor, un hombre de altísimo rango, se está hospedando en Akamagaseki, con mucha de su noble compañía. Deseaba ver la escena de la batalla de Dan-noura, y el día de hoy ha ido a visitar ese lugar. Como ha oído acerca de tu habilidad para recitar la historia de la batalla, tiene el deseo de escuchar tu interpretación: así que toma tu biwa y ven conmigo en este instante a la casa en donde la noble asamblea nos espera”.

En aquellos tiempos las órdenes de un samurái no eran para tomarse a la ligera. Hoïchi se calzó sus sandalias, tomó su biwa, y se fue detrás del extraño, quien lo guio con destreza, pero obligándolo a caminar muy rápido. La mano que lo guiaba era de acero, y el ruido metálico de las zancadas del guerrero probaba que iba completamente armado, quizás era un guardia del palacio. El temor inicial de Hoïchi se desvaneció, y pensó entonces que era un hombre muy afortunado, pues recordando cómo el siervo le había hablado acerca de “una persona de altísimo rango”, pensó que el señor que deseaba escuchar su interpretación no podía ser menos que un daimio39 de primera clase. De repente el samurái se detuvo. Hoïchi se dio cuenta de que habían llegado a un enorme portal, y se sintió intrigado, pues no recordaba que hubiera ningún gran portal en aquella parte del pueblo, a excepción de la puerta principal de Amidaji.

“¡Kaimon!”,[2] llamó el samurái a los guardias; se escuchó el ruido de las trancas retirándose y los dos siguieron adelante. Atravesaron un amplio jardín y se detuvieron nuevamente ante una especie de entrada, el siervo gritó con su voz profunda: “¡Acérquense! He traído a Hoïchi”. Entonces se oyeron los golpes de pies que se apresuraban, el susurro de mamparas deslizándose, y el cuchicheo de voces femeninas. Por el lenguaje de las mujeres Hoïchi supo que se trataba de las sirvientas de una casa noble, pero no podía imaginarse a qué lugar había sido conducido. De cualquier forma no le dieron mucho tiempo para hacer conjeturas. Luego de que lo ayudaran a subir por varios escalones de piedra, al fi nal de los cuales le pidieron que se quitara sus sandalias, una mano femenina lo condujo a través de una extensión interminable de madera pulida, lo hizo rodear incontables esquinas con pilares, y lo llevó por pisos alfombrados de asombrosa anchura, hasta alcanzar el centro de una vasta habitación. Imaginó que en ese sitio se había reunido mucha gente noble: el susurro de la seda era como el sonido de las hojas en el bosque. Escuchó también el zumbido de las voces, hablando en voz baja; y todos en aquel sitio hablaban con el lenguaje de las cortes.

Le ordenaron que se pusiera cómodo. Hoïchi descubrió que en el suelo había un cojín listo para él. Luego de acomodarse encima del cojín y de afi nar su instrumento, la voz de una mujer —quien, según pudo adivinar, era la rojo, o matrona a cargo del servicio femenino—, se dirigió a él, diciendo:

“En este momento se solicita que sea recitada la historia de los Heike, con el acompañamiento del biwa.

Declamar todo el poema le hubiera requerido varias noches, por lo cual Hoïchi aventuró una pregunta.

“Dado que contar la historia completa me tomaría mucho tiempo, ¿qué porción de ella desea mi honorable audiencia que le recite?”

La voz de la mujer le respondió.

“Cuéntanos la historia de la batalla de Dan-no-ura, pues el dolor que despierta es el más profundo.”

Entonces Hoïchi alzó la voz, y cantó el canto de la batalla en aquel mar rencoroso, haciendo que su biwa entonara el fantástico sonido de los remos entrando al agua, de barcos precipitándose a la guerra, de fl echas suspirando en el aire, de hombres gritando y pisando con fuerza, del choque del acero contra los cascos, de la caída de los cuerpos a la boca del océano. A su derecha e izquierda, en cada pausa de su interpretación, podía escuchar voces murmurando elogios: “¡Qué artista tan maravilloso!”, “¡Jamás en nuestra provincia se había escuchado algo semejante!”, “¡No hay en todo el imperio artista que se compare con Hoïchi!” Entonces una nueva oleada de orgullo lo alcanzó, y empezó a tocar y a cantar incluso mejor que antes; y un silencio de maravilla se hizo a su alrededor. Pero cuando llegó el momento de hablar sobre el destino de los justos y los desamparados, de la muerte lastimera de las mujeres y los niños, del salto a la muerte de Nii-no-Ama, con el infante emperador en sus brazos, entonces todos los espectadores emitieron al unísono un largo, largo y estremecedor alarido de angustia; y a partir de ese momento empezaron a llorar y a gemir tan fuerte y tan salvajemente que el ciego se espantó por la violencia y el dolor que había provocado. Durante mucho tiempo las lágrimas y los gemidos continuaron, pero gradualmente el sonido de las lamentaciones se fue apagando, y de nuevo, en la inmensa calma que les siguió, Hoïchi escuchó la voz de la mujer que debía ser la rojo de aquel lugar.

“Aunque nos habían asegurado que eras un artista muy hábil con el biwa, e incomparable en la declamación, ninguno de nosotros se imaginó que pudiera existir alguien con una habilidad semejante a la que has demostrado esta noche. Nuestro señor se complace en anunciar que desea premiarte con una justa recompensa. No obstante, desea que vuelvas a este sitio cada noche a realizar tu interpretación durante las próximas seis noches —luego de las cuales es probable que realice su augusto viaje de retorno—. Mañana en la noche, por lo tanto, debes volver a este sitio a la misma hora. El siervo que hoy te ha traído será enviado por ti… Hay además otro asunto que me ha sido ordenado informarte. Es necesario que no hables con nadie acerca de tus visitas a este lugar, durante el tiempo que nuestro augusto señor permanezca en Akamagaseki. Dado que está viajando de incógnito, ordena que no se mencione nada acerca de lo que sucede aquí… Ahora puedes marcharte, eres libre de volver a tu templo.”

Luego de que Hoïchi expresó su agradecimiento de forma adecuada, una mano femenina lo condujo hasta la entrada de la casa, en donde el mismo siervo que lo había guiado antes lo esperaba para llevarlo a casa. El siervo lo guio hasta la veranda en la parte trasera del templo, y en ese lugar se despidieron.

Casi amanecía cuando Hoïchi volvió, pero su ausencia en el templo no fue observada por nadie, pues el sacerdote, que había regresado muy tarde, había supuesto que estaba dormido. Durante el día Hoïchi tuvo tiempo de descansar, y no le contó a nadie acerca de su extraña aventura. A la mitad de la noche siguiente, el samurái nuevamente vino por él y lo condujo hasta la augusta asamblea, en donde realizó una nueva interpretación con el mismo éxito que había obtenido durante su anterior visita. Pero durante esta segunda visita su ausencia en el templo fue descubierta accidentalmente, y luego de su regreso en la mañana fue llamado ante la presencia del sacerdote, quien le dijo, en un tono de amable reproche:

“Hemos estado muy preocupados por ti, amigo Hoïchi. Que tú salgas, ciego y solo, a tan altas horas de la noche, es peligroso. ¿Por qué te has ido sin decirnos nada? Le pude haber ordenado a un sirviente que te acompañara. ¿Y dónde has estado?”

Hoïchi respondió, evasivo.

“¡Perdóname buen amigo! Tuve que atender algunos asuntos privados, y no pude arreglar el asunto a ninguna otra hora.”

El sacerdote quedó sorprendido, más que herido, por la reticencia de Hoïchi; sintió que no era normal y sospechó que algo estaba mal. Tuvo miedo de que el joven ciego hubiera sido embrujado o seducido por espíritus malignos. No hizo más preguntas, pero en secreto instruyó a los sirvientes del templo para que estuvieran atentos a los movimientos de Hoïchi, y para que lo siguieran en caso de que volviera a abandonar el templo en la oscuridad.

Justo la noche siguiente vieron a Hoïchi dejando el templo, y los sirvientes enseguida encendieron sus linternas y se fueron detrás de él. Pero llovía y la noche era demasiado negra, y antes de que los sirvientes del templo pudieran alcanzar el sendero, Hoïchi ya había desaparecido. Evidentemente había caminado muy rápido —algo extraño, considerando su ceguera y que el camino estaba en mal estado—. Los hombres recorrieron presurosos las calles, deteniéndose en cada una de las casas que Hoïchi solía visitar, pero nadie les pudo dar noticias de él. Por fi n, mientras caminaban de regreso al templo por la línea de la costa, fueron sorprendidos por la música de un biwa, que sonaba furiosamente en el cementerio de Amidaji. A excepción de algunos fuegos fantasmales —que eran comunes en ese lugar durante las noches oscuras— todo era negrura en aquella dirección. Pero los hombres apuraron sus pasos en dirección al cementerio, y ya en ese lugar, con la ayuda de sus linternas, descubrieron a Hoïchi, sentado solo bajo la lluvia ante la tumba de Antoku Tennō, tocando su biwa, y cantando con fuerza el canto de la batalla de Dan-no-ura. Y detrás de él, y a su alrededor, y en todas partes por encima de las tumbas, ardían como candiles las almas de los muertos. Nunca antes tan gran congregación de Oni-bi había sido presenciada por humano alguno.

“¡Hoïchi san! ¡Hoïchi san!”, gritaron los siervos, “¡te están embrujando!… ¡Hoïchi san!”

Pero el ciego no parecía escucharlos. Se esforzaba en arrancar de su biwa rasgueos, crujidos y clamores, más y más salvajemente cantaba el canto de la batalla de Dan-no-ura. Entonces lo aferraron y le gritaron al oído.

“¡Hoïchi san! ¡Hoïchi san! ¡Venga con nosotros en este momento!”

Él les habló con desaprobación.

“Que me interrumpan de esta manera, justo ante esta augusta asamblea, no tiene perdón.”

En ese momento, a pesar de lo extraño de la situación, los sirvientes no pudieron contener sus risas. Seguros de que había sido embrujado, lo agarraron entre todos y lo levantaron, y a la fuerza lo llevaron apresuradamente hasta el templo, en donde inmediatamente lo despojaron de sus ropas mojadas, por orden del sacerdote.

Entonces el sacerdote urgió a su amigo para que le explicara a detalle el motivo de su insólito comportamiento. Durante largo rato Hoïchi se resistió a hablar. Pero al fin, como vio que su conducta realmente había alarmado y enojado al buen sacerdote, decidió romper con su silencio y le contó todo lo ocurrido desde el momento de la primera visita del samurái. El sacerdote dijo:

“Hoïchi, mi pobre amigo, ¡estás en grave peligro! ¡Qué desafortunado es que no me hayas contado todo esto antes! Tu asombrosa habilidad en la música te ha traído en verdad un extraño problema. Para esta hora ya debes haberte dado cuenta de que no has estado visitando ningún palacio, sino que has pasado tus noches en el cementerio, en medio de las tumbas de los Heike; y fue ante el monumento en honor a Antoku Tennō que nuestra gente te ha encontrado esta noche, sentado bajo la lluvia. Todo lo que has experimentado ha sido sólo una ilusión —excepto por el llamado de los muertos—. Cuando los obedeciste la primera vez, te sometiste a su poder. Si los obedeces nuevamente, luego de lo ocurrido, te harán pedazos. Aunque tarde o temprano te habrían destruido, de cualquier manera… El día de hoy no me será posible permanecer contigo durante la noche, pues he sido llamado a realizar otro servicio. Pero, antes de irme, será necesario que cubra tu cuerpo con textos sagrados para protegerte.”

Antes del anochecer, el sacerdote y su acólito desnudaron a Hoïchi; entonces, con sus pinceles, trazaron sobre su pecho y espalda, su rostro y cuello, sus extremidades y manos y pies, e incluso en las plantas de sus pies, el sagrado texto del Sutra llamado Hannya-Shin Kyo. Cuando terminaron con esto, el sacerdote instruyó a Hoïchi diciéndole: “Esta noche, tan pronto como me vaya, debes sentarte en la veranda y esperar. Serás llamado. Pero, sin importar lo que ocurra, no debes responder, y tampoco debes moverte. No digas nada y quédate quieto, como si estuvieras meditando. Si haces algún movimiento o emites sonido alguno, morirás horriblemente. No te espantes; y tampoco pienses en pedir ayuda, porque ninguna ayuda sería suficiente para salvarte. Si haces exactamente lo que te digo, el peligro pasará, y ya no tendrás nada de qué preocuparte.”

Cuando cayó la noche el sacerdote y su acólito se marcharon, y Hoïchi fue a sentarse en la veranda, de acuerdo a las instrucciones que había recibido. Colocó su biwa en el suelo junto a él, y asumiendo una actitud de meditación, permaneció muy quieto, cuidando de no toser o respirar ruidosamente siquiera. Permaneció así durante horas.

Entonces, desde el sendero, escuchó los pasos que se acercaban. Atravesaron la puerta, cruzaron el jardín, se acercaron a la veranda y se detuvieron, directamente enfrente de él.

“¡Hoïchi!”, le llamó la profunda voz. Pero el ciego sostuvo su respiración y no hizo ningún movimiento.

“¡Hoïchi!”, volvió a llamarle la voz, gravemente. Y todavía le llamó por tercera vez, en un tono salvaje:

“¡Hoïchi!”

Hoïchi permaneció tan quieto como las piedras, y la voz se quejó:

“¡No responde! ¡Eso no está nada bien!… Debo encontrar al muchacho…”

Se escucharon los sonidos de pies pesados subiendo en la veranda. Los pies se acercaron deliberadamente, y se detuvieron a su lado. Entonces, por largos minutos, durante los cuales Hoïchi sintió que todo su cuerpo temblaba al ritmo de su corazón, hubo un silencio de muerte. Finalmente, la voz ronca musitó cerca de él:

“Aquí está el biwa, ¡pero del músico sólo puedo ver las dos orejas!… Eso explica que no me responda: no tiene boca para responderme. No queda nada de él a excepción de sus orejas… Ahora debo llevarle estas orejas a mi señor como prueba de que su augusta orden ha sido obedecida tanto como ha sido posible…”

En ese instante Hoïchi sintió que sus orejas eran aferradas por dedos de acero, ¡y sintió cómo se las arrancaban! Tan grande como era su dolor, no emitió ningún grito. Las intensas zancadas retrocedieron en la veranda, descendieron al jardín, se alejaron por el camino y se desvanecieron. De cada lado de su cabeza, el ciego sintió el denso y cálido sangrado, pero no se atrevió a levantar sus manos…

El sacerdote regresó antes del amanecer. Se dirigió con premura a la veranda trasera, en donde sus pasos resbalaron con una sustancia fría y pegajosa. Soltó un grito de espanto, pues por la luz de la linterna pudo ver que aquel líquido era sangre. Pero vio a Hoïchi sentado ahí, en actitud de meditación, con la sangre todavía rezumando de sus heridas.

“¡Mi pobre Hoïchi!”, gritó el sacerdote, “¿qué es esto?… ¿Te han herido?”

Al sonido de la voz de su amigo, el ciego se sintió seguro. Rompió a llorar, y lleno de lágrimas relató su aventura nocturna.

“¡Pobre, pobre Hoïchi!”, exclamó el sacerdote, “¡todo fue mi culpa!, ¡mi gran ingrata culpa!… Escribimos los textos sagrados en cada rincón de tu cuerpo, ¡excepto en tus orejas! Confié en mi acólito para hacer esa parte del trabajo, ¡y estuvo muy mal que no me hubiera asegurado de que lo hubiera hecho así!… Pero ahora, ese asunto no puede arreglarse, tan sólo podemos intentar sanar tus heridas lo más pronto posible… ¡Alégrate, mi amigo! El peligro que corrías ha terminado. Nunca más serás molestado por aquellos visitantes.”

Con la ayuda de un buen doctor, Hoïchi pronto se recuperó de sus heridas. La historia de esta extraña aventura se propagó en todos lados y pronto lo hizo famoso. Muchas personas de la nobleza fueron a Akamagaseki para escucharlo recitar; y grandes ofrendas de dinero le fueron ofrecidas, y así llegó a convertirse en un hombre muy rico… Pero desde el día de su aventura, fue conocido por todos con el nombre de Mimi-nashi-Hoïchi: “Hoichi el Desorejado”.

LL/LL

*Se autoriza su reproducción siempre y cuando se cite claramente al autor y la fuente. Se prohíbe su reproducción si es con fines comerciales.


[1] El biwa, una especie de laúd de cuatro cuerdas, es usado principalmente para la declamación musical. Anteriormente los trovadores profesionales que recitaban el Heike-Monogatari, y otras historias trágicas, eran llamados biwa-hoshi, o “monjes del laúd”. El origen de este apelativo no está claro, pero es posible que fuera sugerido por el hecho de que los “monjes del laúd”, así como los masajistas ciegos, tenían sus cabezas rapadas como los monjes budistas. El biwa se toca con una clase de plectro, llamado bachi, usualmente hecho de cuerno. (N. del A.)

[2] Término respetuoso mediante el cual se solicitaba la apertura de una puerta. Solían usarlo los samuráis cuando se dirigían a los guardias de una casa señorial para que les permitieran la entrada. (N. del A.)

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