Óyeme con los ojos
Sor Juana
Leer es interpretar. Interpretar es explicar el sentido. Leer en voz alta implica la doble tarea de comprender lo que entra por los ojos para volverlo sonido y que pueda ser captado en un acto de escucha y entendimiento. En ocasiones, quien lee en voz alta lo hace para sí; a veces, para quienes tiene cerca o, incluso, para alguien a quien no conocerá nunca.
De este último caso, tengo a mis intérpretes predilectos en poesía gracias a la Antología de la Colección Entre Voces del Fondo de Cultura Económica. Con esta recopilación de grabaciones de poemas, pude fascinarme con “Hermana, hazme llorar” y “Hormigas” de Ramón López Velarde en voz de Guillermo Sheridan y con “Telenovela” de Rosario Castellanos, leído por María del Carmen Farías. Tanto Sheridan como Farías hacen una interpretación de textos ajenos que potencia su poder comunicativo. A pesar del tiempo que ha pasado sin escucharlos, esas palabras resuenan en mi mente.

En el mismo ámbito de quienes leen en voz alta para alguien a quien no conocerán nunca y también registrados en la colección Entre voces, tengo en los primeros lugares de la lista a Griselda Álvarez y a Eduardo Lizalde. La primera, con su “Mercado de la Merced”, entrega un poema duro y necesario que evidencia más su denuncia cuando lo lee su autora. El segundo, al darle su voz a “Bellísima” y “Que tanto y tanto amor se pudra, oh dioses” ofrece un regalo para el oído y deja en quien lo escucha un eco que va más allá de la grandeza de su escritura.
En el grupo de quienes leen para personas que tienen cerca, o medianamente cerca, pienso en “La luna” de Jaime Sabines. Esta joya fue compartida durante el famoso recital que ofreció en el Palacio de Bellas Artes, momento glorioso para la poesía en México. Para nuestra fortuna, aunque no hayamos estado ahí tenemos la posibilidad de escucharlo en sitios electrónicos.
Saliendo del entorno poético para entrar al narrativo, a lecturas más próximas a Jalisco y hechas para la propia comunidad, no puedo dejar de mencionar las que organiza José Luis Santana en Sayula durante el Novenario Rulfiano. Tanto él como lectores cómplices le prestan su voz a los textos de Rulfo y los leen en los barrios alejados del centro para el público que se acerca o para el que permanece atento detrás de las ventanas. Esto ocurre durante los nueve días previos al aniversario de nacimiento del autor. Santana, promotor cultural y líder del proyecto “La carreta en el llano”, tiene un lema que ha tomado como guía de vida: “Leamos una página, dos o tres, pero siempre, siempre en voz alta”. “Diles que no me maten” no ha sido lo mismo desde que lo escuché en una de estas lecturas en mayo por las calles de Sayula.

Otro promotor cultural que usa la voz como medio para compartir textos literarios es Juan Romo. En su programa “La botica de los cuentos”, transmitido a través de Radio Universidad de Guadalajara desde hace cuatro años, ha adaptado cuentos al formato radiofónico. Para ello, echa mano de música, efectos de audio y voces distintas a la que lleva la narración. Estas adaptaciones de 170 obras, principalmente de cuentistas jaliscienses, le transfieren a los textos matices e interpretaciones que pueden pasar de largo incluso para quien los ha escrito. Para la buena suerte de quienes no pueden escuchar el programa en vivo, se queda almacenado en el pódcast que se actualiza de forma semanal y llega a públicos insospechados.
En cuanto a las personas que leen en voz alta para quienes tienen cerca y con quienes se crean lazos, viene a mi mente la loable labor de docentes que hacen un espacio en su planeación para interpretar textos literarios y llevarlos al oído del alumnado. Lo anterior, sin importar el nivel académico, porque a través de los años no se pierde el gusto por escuchar a quienes saben transmitir el sentido de un texto con las herramientas de la voz. La popularidad de los audiolibros entre el público adulto es una muestra del goce producido porque alguien nos lea.

Para aproximarnos al cierre de estas reflexiones, traigo a este texto el nombre de Santiago Salcedo, acatiquense comprometido que sale de la biblioteca de su delegación para regalarles a estudiantes de primaria momentos memorables a través de la lectura en voz alta. Así, la distancia entre quien escribió y quien recibe el texto se acorta a través de su interpretación en un acto de escucha y entendimiento que desarrolla la atención, tan necesaria para la comunicación efectiva. Acciones como estas dieron origen a la celebración del Día Mundial de la Lectura en Voz Alta y a su poder de despertar la imaginación durante la infancia.
Finalmente, pensemos en quienes se dan la oportunidad de procurarse un espacio silencioso para leer en voz alta sin más público que su propia persona. No solo disfrutan del poder sonoro de la literatura, sino que conocen los alcances de su capacidad de interpretar un poema, un cuento o una obra de teatro con la que le otorgan voz a una diversidad de personajes y manifiestan emociones variadas.
Ya sea para sí, para las personas que están cerca o para quienes nunca llegaremos a conocer, la lectura de textos literarios en voz alta nos tiene reservado el gozo de oír con los ojos para que lean los oídos.





