Asombros e inquisiciones | Paraíso en el mar del dolor 苦海浄土

en Plumas

Hiram Ruvalcaba nos comparte sus reflexiones en torno a casos tan graves como el de los plaguicidas en El Mentidero y su paralelismo con el pueblo japonés de Minamata.

Por: Hiram Ruvalcaba

Autlán de Navarro, Jalisco. 21 de febrero de 2020. (Letra Fría) En agosto de 2019, Autlán de Navarro se volvió tema de interés nacional. En una comunidad rural, El Mentidero, un equipo de investigación de la Universidad de Guadalajara encontró cuatro tipos de plaguicidas en la orina de estudiantes de la Telesecundaria Venustiano Carranza. A saber: glifosato, 2,4-D, molinato y picloram, sustancias que la Organización Mundial de la Salud califica como tóxicas, y cuyas repercusiones en el organismo de niños y jóvenes pueden llegar a ser irreversibles.

La nota fue revisada por Denisse Maerker en noticieros Televisa, y encontró eco en diversos medios de información a nivel nacional. En Plumas Atómicas, por ejemplo, dedicaron un episodio a tratar el tema desde tres puntos de vista: el análisis del grupo universitario que hizo el hallazgo, el cual externó en todo momento su preocupación por la presencia de estas sustancias en la comunidad; la postura del ayuntamiento, que accedió a tomar cartas en el asunto, aunque sin decir acciones concretas o fechas específicas; y, lo más importante, el punto de vista de los pobladores afectados, madres en su mayoría, que denunciaron su angustia ante los padecimientos que sus hijos empezaban a mostrar: mareos, visión borrosa, vómitos, fuertes jaquecas, síntomas apenas considerables cuando se comparan con las altas probabilidades de contraer leucemia y mal de Parkinson, o los daños al hígado, al riñón, a los pulmones.

Sin demeritar la labor periodística de los medios citados, es el origen de la nota lo que, a mi parecer, tuvo una trascendencia imposible de ignorar. El tema surgió en Letra Fría, un medio periodístico autlense que circula por la región sur de Jalisco. La autora fue una joven llamada Mayra Vargas, quien es una destacada periodista en el campo de la investigación que no sólo se dio a la tarea de interrogar a los agentes implicados, sino que tuvo el valor de informar al público sobre un asunto que pocos desean tocar: el efecto de los agroquímicos en la salud pública. Mayra puso el dedo en una llaga que, desde hace años, está sangrando en todo Jalisco, y señaló puntualmente una verdad que muchos hemos decidido ignorar: hay un problema con la agricultura en el estado, y sus efectos ya empiezan a visualizarse en los sectores más vulnerables. Gente ignorada por distintos niveles de la autoridad que ya no sabe a quién contarle de su aflicción:

Siempre me duele la cabeza. No sé por qué. Desde que entré a la secundaria hace dos años, veía que en el campo vecino a la escuela pasaba un hombre rociando mientras estábamos en clase, también cuando salíamos al recreo. El olor se metía en los salones y se me quedaba colgado de la boca. Nos hacía estornudar. Entonces me dolía la panza, la cabeza. Siempre. Un día una compañera salió corriendo al baño y se vomitó; ella fue la primera, pero luego fueron uno tras otro, mareados por aquel olor como a animal podrido. Yo también me mareaba, pero siempre era peor el dolor.

Valeria tiene 12 años. Estudia el segundo grado y fue uno de los primeros casos analizados por el equipo de investigación universitario. Su madre, Gisela, forma parte del comité de padres de familia que, en cada reunión con las autoridades, demanda la atención sobre este problema de salud que ha sembrado raíces profundas en toda la región. Está claro que la crisis de El Mentidero no es sino un síntoma de una crisis ambiental que lleva años gestándose. En el dolor de las víctimas, se percibe una lucha por la dignidad humana que la agroindustria ha amenazado con cada paso de su crecimiento. Amenaza que parece incontestable y que, tristemente, se reproduce en todas las geografías posibles.

Por una coincidencia triste y maravillosa, el caso me hizo pensar en una de las autoras más importantes en la narrativa japonesa contemporánea, que dedicó gran parte de su vida a la defensa de los pueblos marginados, víctimas de la voracidad de la industria en el siglo XX: Ishimure Michiko. Nacida en Kumamoto en la primera mitad del siglo XX, su vida estuvo enmarcada por el compromiso social y la lucha por la educación. Fue además una reconocida activista del medio ambiente, que produjo más de 50 obras literarias que trajeron su obra al mundo occidental y, de ahí, a Latinoamérica. De entre ellas, probablemente la más célebre sea Kugai jōdo (Paraíso en el mar del dolor), texto fundamental para el pensamiento contemporáneo que constituye una de las primeras alarmas por la crisis ambiental en el Japón de la posguerra.

El libro, publicado en 1972, es una crónica del lento padecer de las comunidades pesqueras alrededor de Minamata, en la costa occidental de Kyūshū, luego del brote de una enfermedad desconocida y mortal.

Durante el festival Bon de 1959, vimos incontables cardúmenes de porgy negros, jureles, salmonetes grises, lubinas y otros peces de mar adentro flotando o nadando como locos en el arroyo que fluía más allá de mi casa, un efluente del río de Minamata.

Los niños atrapaban con facilidad los peces debilitados usando sus manos, corrían hacia sus madres y les mostraban, triunfantes, su presa. Sin embargo, ellas les ordenaban que devolvieran los peces envenenados al agua; las jóvenes mujeres sabían ya de los peces que flotaban panza arriba, o que morían con sus bocas abiertas en la vecindad del nuevo Puente Hachiman. La gente en nuestro pueblo había sido testigo del número creciente de pescadores y familias de Hachiman Funanzu, al otro lado de la ribera, que habían caído en cama con los síntomas inconfundibles del “extraño mal”. Se sabía que no menos de 72 personas sufrían de la Enfermedad de Minamata. El rumor de que todos los gatos de Modō, Yudō y Tsukinoura habían muerto por la “enfermedad del baile” se esparció rápidamente, y el número de nuevas víctimas del extraño mal en aquellas áreas también se incrementó. La gente en nuestro pueblo empezó a temer que el envenenamiento nos llegaría después.

Durante más de treinta años, la empresa agroquímica Nippon Chisso derramó sus aguas residuales en la bahía de Minamata, esparciendo cantidades inconcebibles de metilmercurio en todos los cuerpos de agua circundantes. Lugar de pescadores, los habitantes de Minamata y de las aldeas de Yudō, Modō, Fukuro, Detsuki y Tsukinoura, consumieron peces contaminados por tres décadas, acumulando silenciosamente el veneno en sus cuerpos. Finalmente, en 1956, las consecuencias del envenenamiento se manifestaron, y se detectó el primer caso de la enfermedad conocida como “el mal de Minamata”.

Del primer reporte del Dr. Hosokawa al Ministerio de Salud y Bienestar, el 29 de agosto de 1956.

El proceso de la enfermedad es gradual. No se observaron síntomas previos o generales tales como la fiebre. Empezaron con un entumecimiento en las extremidades y con dificultad para tomar cosas con las manos o para abrochar botones. Los pacientes se tambaleaban en pisos planos y no podían correr. Entonces, su habla se entorpeció. A esto, le siguió el deterioro de su vista y su oído, así como una creciente dificultad para deglutir. Estos síntomas aparecieron de manera simultánea o en sucesión. 

La cita plasma el paisaje decadente de los pacientes de Minamata, que se tambaleaban en el camino de ida y vuelta a los chequeos médicos de la Escuela Médica de la Universidad de Kumamoto. Hasta este momento, poco se sabía a nivel global de las consecuencias que la contaminación podía tener en la salud pública, razón por la cual las descargas de Chisso no hicieron sonar ninguna alarma en los equipos médicos. Ante esta situación, no es difícil imaginar el asombro de los doctores que se dirigieron a Minamata para atender una enfermedad que no entendían, que no tenía causa aparente, y cuyo progreso sistemático reducía a fuertes y robustos pescadores a un estado miserable de indefensión y torpeza.

A más de medio siglo de distancia, la lección sobre las consecuencias del daño ecológico no ha sido aprendida. Los síntomas en los pacientes de Autlán, no es sino una reverberación del temible mal de Minamata. En cada testimonio se refleja la misma espantosa imagen: la gente de El Mentidero mira con impotencia la velocidad con que los contaminantes deterioran la salud de la población, y el silencio en el que las víctimas ven el progreso de la enfermedad, pareciera el denominador común de las víctimas de los procesos industriales.

Habla Rosa, cuyo hijo estudió tres años en la Telesecundaria:

Una semana antes de entrar a la preparatoria, empezó con dolores de cabeza y, poco después, se le paralizó la mitad del cuerpo. Perdió el conocimiento y, al despertar, no sabía ni siquiera su nombre. Cuando lo llevé al hospital, no tardaron en atenderlo porque vieron que vomitaba demasiado. Nos hicieron preguntas: qué consumió, si no se drogaba, si no fumaba, si no le había picado algún animal. Le hicieron análisis de sangre y orina, pero la verdad es que los médicos no tenían ni idea de qué estaba pasando.

Estábamos desesperados: mi hijo no sabía quién era, no recordaba el nombre de los colores, ni cómo se pronunciaban las cosas. ¿Qué le pudo ocasionar esto? Lo canalizaron, lo tuvieron en observación, pero los resultados no arrojaban nada. Fue hasta que platiqué con otras mamás que supe que los herbicidas podían ocasionar todo eso. Que mi hijo no se curaba porque tenía veneno en su cuerpo.

Al igual que en El Mentidero, los más afectados por el mal de Minamata fueron los jóvenes. Cuerpos paralizados por el metilmercurio, niños recién nacidos con padecimientos congénitos, miembros deformados, parálisis cerebral, la incapacidad de llevar una vida normal pues, además de ser portadores del veneno que Chisso vertiera en el agua, eran también huérfanos: sus padres, madres, hermanos habían muerto, o morirían pronto, devastados por la enfermedad. “Los padres de los pacientes congénitos miraban con ternura a sus hijos, preguntándose con pesar ¿quién cuidaría a sus pobres criaturas después de sus muertes? A pesar de esta angustia, eran todavía capaces de encontrar un consuelo temporal en la convicción de que, mientras ellos estuvieran vivos, sus niños no tenían nada que temer: ellos lograrían protegerlos con su amor”.

Incapacitadas por el padecimiento, no son las víctimas quienes comparten su dolor. Son los doctores, los parientes, los enfermeros y habitantes (aún) sanos de Minamata los que construyen el escenario caleidoscópico de la tragedia, provocada por el capitalismo rapaz que ya iniciaba con los procesos de transnacionalización en el área. De ellos desgranamos el horror que transformó una pequeña villa pesquera donde el mar no se enojaba nunca, en una visión contemporánea del infierno.

Un lodo café azulado que emitía un aroma hediondo se quedaba pegado en las redes. Mientras más te acercabas al canal de drenaje de Chisso, más fuerte se volvía aquella peste. La Bahía de Minamata olía como una masa de cadáveres en un estado avanzado de putrefacción. Los pobladores recuerdan:

“Era una peste horrible, insoportable. Te hacía estornudar.”

Los pescadores de Tsunagi cuentan la siguiente historia:

“Zarpamos de noche, como de costumbre. Encendimos las antorchas para atraer a los peces, y empezamos a buscar entre las aguas para encontrarlos. Mientras preparaba mi garfio para pescar, noté que estaban nadando de una forma muy inusual. Era como si giraran de un lado para otro, dándose vuelta para quedar boca arriba, y luego boca abajo, como hace la gente que muere envenenada en una obra de teatro, o en las novelas. Usted entiende, es como cuando el héroe de la historia envenena a sus enemigos con veneno para ratas o así. Era eso: como locos, los peces salían disparados hacia las rocas. Y yo pensaba, ‘qué extraña forma de nadar’”.

Por encima de los testigos, se alza la voz de Ishimure Michiko, que teje con los testimonios sueltos un paisaje vivo del pueblo de Minamata. De repente uno puede sentir el mar, lo ve meciendo las barcas de los pescadores que son pequeñas cunas, reflejando el sol como un vitral interminable y siempre cambiante. Al mismo tiempo, se siente el dolor de Yamanaka Kuhei, que contrajo la enfermedad en su pubertad y terminó ciego y paralizado; del viejo Sensuke, quien durante setenta años jamás tuvo que visitar a un doctor, pues su salud fue siempre irreductible hasta sucumbir al mal de Minamata; de Negashima Tatsujiro, en cuyo cuerpo se derramaron miles de litros de solvente, transformándolo para siempre en una criatura amorfa que, hasta el fin de sus días, trató de conservar su humanidad.

Sobresale, también, el dolor de los niños, huérfanos de un mal congénito que aniquila sus posibilidades de una vida digna:

A pesar del paso del tiempo, los niños no mostraron ningún signo de mejora. Se quedaban solos en sus camas durante la mayor parte del día, sorbiendo ávidamente cada día con sus cuerpos y sentidos intactos: el gato que jugaba con sus crías; las pulgas de mar que se arrastraban con dificultades en el tatami; las voces y los pasos de sus familiares que habían aprendido a reconocer.

Los niños que de alguna manera podían caminar o arrastrarse necesitaban incluso más cuidado que los que estaban completamente inmóviles.

Para evitar que cayeran en el fuego del hogar o por alguno de los agujeros en el piso, los ataban con una faja a uno de los pilares. La faja era lo suficientemente larga para permitir que se movieran en un radio de unos cuantos metros sin lastimarse. Por desgracia, incluso atados de esta forma, con frecuencia caían en la fogata y se quemaban, o rodaban más allá de la veranda y aterrizaban en las rocas debajo. Sus cuerpos siempre estaban cubiertos de moretes, cortes o quemaduras nuevas. Incluso si fueran arrojados en el fuego, estos niños no podrían gritar por ayuda.

Durante más de una década, Chisso negó las acusaciones que apuntaban a sus aguas residuales como probables responsables de este padecimiento. Además de negar su cooperación, prohibieron que los investigadores se acercaran a los efluentes residuales para tomar muestras. Su única acción concreta fue cambiar los cauces de su drenaje hacia otros ríos y bahías, extendiendo así las áreas que fueron inevitablemente afectadas por el veneno.

Con impotencia, los habitantes observaron el progreso de la enfermedad que, aunada con la desaparición masiva de los peces de las aguas contaminadas, condujo a los pescadores de Minamata a una vida de enfermedad y miseria.

Me rompí la cabeza tratando de encontrar maneras de hacer dinero. ‘¿Qué pasará con mi mujer y mis hijos? ¿En dónde encontraré dinero para apoyarlos? Incluso si vendo las redes y la lancha, y encuentro un trabajo como cualquier jornalero, no voy a tener suficiente para que podamos vivir’. Pescar no tenía futuro, y no teníamos esperanza por encontrar un trabajo que nos permitiera salir adelante. Por las noches, me quedaba horas viendo la brillante superficie del mar, hasta que me dolían los ojos. Me estaba volviendo loco de dolor y rabia.

Ishimure Michiko otorga voz a estos personajes, es ella quien canaliza todo el ruido y la furia y los acerca a nosotros un momento. Nos cuenta su dolor y, con ello, nos hace partícipes de su ira, de su venganza silenciosa contra la inhumana explotación del capital humano, contra la insensibilidad de las grandes empresas que, en todo el mundo, toman recursos de la tierra y le devuelven solamente un fruto envenenado.

Intrínseca en la denuncia de Ishimure Michiko, está la pregunta: ¿cómo debemos castigar —legal, moral, históricamente— estos crímenes, que condenan a la enfermedad y a la muerte y a la locura a incontables habitantes en cualquier rincón del mundo donde quepa la codicia? La escritora es un chamán, una guía en este grito colectivo contra el crimen que la industria ha impuesto sobre los pueblos pequeños. 

Las víctimas del mal de Minamata fueron mutilados y murieron, víctimas de un dolor atroz. Sin embargo, su muerte fue sólo aparente, pues sus fantasmas todavía merodean este mundo, esperando su oportunidad para vengarse. (…) No es suficiente decir que lo que Chisso les hizo a aquellos pescadores fue sólo otra forma de la despiadada opresión de la clase trabajadora por el capitalismo monopólico. Como alguien nacido ahí, conozco el lenguaje de las víctimas del mal de Minamata —tanto de los espíritus de los muertos que no descansan, como el de los sobrevivientes que a estas alturas son poco más que espíritus—, que representa la prístina poesía que se hablaba antes de que nuestras sociedades se dividieran en clases. Si quiero preservar para la posteridad este lenguaje, en el cual se ha logrado estigmatizar el significado histórico del envenenamiento por mercurio, debo mezclar mi animismo y mi preanimismo para convertirme en una bruja que maldiga la barbarie de los tiempos modernos por toda la eternidad.

Esta maldición no es sino un último recurso, el dedo que apunta a la injusticia y que, incapaz de lograr un cambio inmediato, induce a los culpables a un castigo ultraterreno. Y el eco de las víctimas resuena en todo el mundo con la esperanza de la retribución.

Es todavía imposible comparar los malestares apocalípticos de Minamata con los síntomas que ya empiezan a verse en los jóvenes de El Mentidero, pero la relación está clara: 231 niños y preadolescentes de la comunidad autlense siguen intoxicados, algunos viviendo con migrañas, náuseas y vómitos regulares. “Aquí hay mucha gente que se ha muerto de cáncer. Niños de 10 y 12 años que les pegó leucemia. ¿De dónde ha estado llegando tanto cáncer?”. Los lamentos de los enfermos de Minamata, su frustración, su impotencia, se sienten también en las madres de El Mentidero, cuando dicen: “Ni siquiera nos han hablado para darnos una respuesta al menos, nada, y por eso estamos angustiados, estamos preocupados porque ya viene el regreso a clases y van a seguir con lo mismo”, “No nos han buscado ni para invitarnos a reuniones, nada, estamos solos en esto. Me preocupa mi hija, me preocupan todos los niños porque no estamos exentos de sentir el dolor de otra familia. A todos les está afectando”.

Hablan desde aquella posición invisible de las comunidades marginales, desde el sometimiento a la explotación sistemática, desde la resignación a una vida que, ante la indisposición de las autoridades, tendrá que seguirse padeciendo, y no viviendo. Hablan, pues, en el lenguaje universal de las víctimas. “El cabello de las muchachas que se cae al menor soplo de viento; las uñas que crecen más de la cuenta y se doblan; el sarro que se acumula en las encías de los adolescentes; la regla que no cesa… Esto no es retórica antipoética. Es la vida real de mis enfermos de Minamata, a la vez que una parte de su muerte”.

Han pasado meses desde que la enfermedad de El Mentidero fue puesta a los ojos de la comunidad, del estado y, por un breve momento, de la nación. La denuncia perdió impulso, devorada por el imparable desfile de tragedias que asolan los medios de comunicación. Pero el caso no es tan sólo “uno más”. Hay algo de misticismo en su denuncia, en su aparición constante en el panorama informativo regional, que me da la esperanza de que habrá acciones concretas, ojalá que también oportunas, para evitar una tragedia como la que hirió para siempre el mar de Japón.

Este hermanamiento desafortunado, el de los habitantes de El Mentidero y el de los muertos de Minamata, es acaso el primero de una serie fortuita de eventos que viene a enseñarnos algo sobre el mundo o, por lo menos, sobre la manera en que los procesos históricos de las víctimas han de ser registrados: sus largos silencios nutren la voz de las denunciantes, mujeres como Mayra Vargas, como Ishimure Michiko, que reconocen en el mal de la tierra natal un proceso mucho más grande y relevante.

Hay en cada denuncia un llamado a la esperanza y a la defensa de sus comunidades. Estas mujeres se convierten en “brujas” que señalan y aborrecen y maldicen a los verdugos, representados ahora por la negligencia institucional y la complicidad corporativa. Ambas mujeres alzan un mismo grito en defensa de la dignidad humana que hará eco en todo el mundo siempre que haya oídos listos para escucharlo: seguimos vivos, seguimos aquí, y ésta es nuestra última venganza.

LL/LL

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