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Cactus gigantes, salinas y dinosaurios

Jorge Martínez Ibarra nos comparte una crónica de su viaje carretero y llegada al Jardín Botánico Comunitario Helia Bravo Hollis, sede del Quinto Congreso Nacional de Turismo Rural y nombrado así en reconocimiento a esta destacada botánica mexicana, quien fuera la primera mujer en graduarse como bióloga en México.

Foto: Jorge Martínez Ibarra

El recorrido sería largo, de casi novecientos kilómetros y aproximadamente diez horas de trayecto. Así que iniciamos temprano. La vagoneta se encontraba en buenas condiciones mecánicas y quienes nos rotábamos la conducción manejábamos el vehículo con prestancia y cautela. Salimos del estado de Jalisco bordeando el Lago de Chapala, en dirección a Michoacán. Un par de horas después nos encontramos un bloqueo carretero: rocas de diversos tamaños atravesadas en nuestro carril de la autopista por un grupo de campesinos que exigían atención a sus demandas.

Nos detuvimos, mientras un pequeño contingente rodeó rápidamente nuestro vehículo universitario, inquiriendo nuestro destino. Nos dirigíamos al suroeste de Puebla, cerca de Oaxaca, a participar en el Quinto Congreso Nacional de Turismo Rural. Tres estudiantes y un profesor. Observaron con detenimiento los logotipos de la camioneta y nos compartieron sus argumentos para cooptar el libre tránsito de la vía. Coincidimos con ellos y nos preparamos para retornar y buscar otras opciones para continuar. No fue necesario. Movieron un par de obstáculos y nos desearon buen camino. Con un par de claxonazos les agradecimos la cortesía mientras nos despedíamos, agitando los brazos por las ventanillas abiertas.

Avanzábamos con constancia, charlando animadamente acerca de la vida y de sus misterios, de nuestras propias historias, de los encuentros y desencuentros, de las esperanzas. Nos deteníamos de vez en vez para descansar, hidratarnos y comer un poco. Los paisajes, las personas y los lugares iban cambiando paulatinamente. Cruzamos Atlacomulco y continuamos, serperteando el estado de México. Pasamos a un costado de Tlaxcala y finalmente llegamos a Puebla Capital, donde nos recibió un chubasco que provocó inundaciones en diversos puntos, obligándonos a explorar desconocidas alternativas para proseguir.

El pesado tráfico hacía más lenta la salida, pero poco a poco comenzamos a avanzar con mayor rapidez. Dejamos atrás la capital de la artesanía de Talavera y salimos a la carretera, dirigiéndonos hacia el sudoeste. El trayecto fue fluido y sin contratiempos. Un rato después, cruzamos Tehuacán en dirección a Zapotitlán de Salinas, uno de los doscientos diecisiete municipios del estado de Puebla y parte de la Reserva de la Biósfera Tehuacán-Cuicatlán, además de Patrimonio Mundial reconocido por la UNESCO.

Arribamos ya de noche. Nos internamos en el al Jardín Botánico Comunitario Helia Bravo Hollis, sede del evento y nombrado así en reconocimiento a esta destacada botánica mexicana, quien fuera la primera mujer en graduarse como bióloga en México. Helia recorrió los desiertos de todo el país, describiendo y protegiendo las cactáceas y especialmente los cactus gigantes, su gran pasión.

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Foto: Jorge Martínez Ibarra

Nos albergamos en una hermosa y rústica cabaña de madera, rodeados por plantas enormes y cobijados por las estrellas. Caímos rendidos después de la agotadora jornada. El nacimiento del día nos fue mostrando, poco a poco, una vista espectacular: hermosos valles rocosos, matorrales desérticos y gigantescas cactáceas columnares alrededor nuestro, eran los tetechos, los reyes del paisaje. Los ejemplares adultos superan los 10 metros de altura, llegando a alcanzar hasta los 20 metros con edades que oscilan entre los doscientos y los trescientos años. Después de un delicioso desayuno, comenzamos a deambular por este maravilloso espacio. El clima seco, el sol cayendo a plomo y el suelo calizo lleno de sales, hacían que caminar en este semidesierto implicara ingresar dentro de una experiencia poco convencional.

Hace millones de años, este sitio formaba parte de un mar interior que, al retirarse, dejó permanentes depósitos de agua salada en el lecho del Río Zapotitlán.  En la época prehispánica, los indígenas mixtecos y popolacas se asentaron en el lugar y se dedicaron a la explotación de las salinas, con técnicas que han sido heredadas por generaciones, hasta la fecha. De ahí el nombre del lugar: Zapotitlán de Salinas.

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Foto: Jorge Martínez Ibarra

Estos sistemas de producción de sal, únicos en el país, son reconocidos por su inmensa riqueza histórica, ecológica y antropológica. A diferencia de las salinas costeras como la de Cuyutlán en Colima o la de Guerrero Negro en Baja California Sur, en donde la sal se extrae a partir del agua marina, en éstas el mineral proviene de pozos fósiles subterráneos de miles de años de antigüedad.

Los espacios donde se produce la sal cuentan con una infraestructura muy simple: pozos de extracción, piletas de evaporación y bodegas de almacenamiento. El proceso consiste en obtener el agua salada de los pozos, vaciarla en las terrazas de evaporación y esperar, durante un periodo aproximado de dos meses, a que el sol y el viento deshidraten el mineral. Cuando ya solo quedan los cristales, éstos forman capas finas que son raspadas y colocadas en cestos de carrizo para su secado final.

Esta sal es sumamente apreciada en el mundo ya que su producción es natural, carece de químicos, implica un proceso artesanal ancestral, cuenta con un bajo contenido de sodio y con una alta concentración de diversos minerales del subsuelo. Obviamente, tenía que degustarla y regresar al lejano tiempo de los ancestros, cuando la empezaron a producir y a comercializar. Su sabor, ligeramente terroso, es agradable al paladar.

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Foto: Jorge Martínez Ibarra

Los amables pobladores, orgullosos de su rica historia y de su variada cultura, fungieron como otro más de los grandes atractivos durante nuestra visita. Bajo un esquema de organización de Guías comunitarios locales y reconocidos por la Secretaría de Turismo Federal, administran colectivamente los recorridos por las veinticuatro mil hectáreas de la zona. Las charlas con ellos durante los largos trayectos fueron un regalo de sabiduría, sensibilidad y amor por su entorno y por su trabajo. Siempre sonrientes, respondían con amabilidad a nuestras permanentes dudas, riendo de vez en vez con nuestras desorbitadas muestras de asombro. Sin duda, una de las mayores impresiones fue cuando nos encontramos frente a las huellas fosilizadas de los dinosaurios que, hace mucho tiempo, aún caminaban por las orillas de los antiguos pantanos y ríos, actualmente desaparecidos.

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Foto: Jorge Martínez Ibarra

Finalmente, su exótica gastronomía, basada en ingredientes endémicos del desierto como flores, plantas e insectos y preparados a la usanza prehispánica, fue inolvidable. Probamos las tetechas, capullos de flor de cactus saguaro capeados; el gusano cuchamá, una larva de mariposa recolectada de los árboles de guaje, que se fríe y entonces está lista para comerla en tacos; las cacallas, botones de la inflorescencia del agave y; el agua de garambullo, un delicioso y pequeño fruto similar a un arándano, proveniente de una cactácea.

Cuando terminó nuestra estancia y emprendimos el retorno, se sumaron a nuestro equipo dos botellas de mezcal artesanal que, meses después, nos recordarían en cada trago que habíamos visitado una parte del paraíso.

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Profesor e Investigador del Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara. Productor audiovisual. Apasionado de los viajes, la fotografía, los animales, la buena lectura, el café y las charlas interesantes.
Columnista en Letra Fría.
Correo: [email protected]

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