La relación entre el mundo digital y la educación añadió en estos días sentidas discrepancias a una relación cada vez más conflictiva. El tormentoso proceso que vivió la UNAM en su examen de admisión, hecho por primera vez de manera remota por medios digitales, alimentó las voces que apuntan a la prohibición de elementos tecnológicos en las aulas.
Hay que reconocer que tampoco les falta razón en cuanto a la realidad de los riesgos. Con el examen de admisión a la UNAM se profundizaron varios: el uso de Inteligencia Artificial (IA) para contestar preguntas, las empresas que ofrecieron abiertamente sus servicios para cometer fraudes (suplantación de identidad y asistencia digital), el cinismo de algunos aplicantes que reconocieron como motivo de burla el uso de IA para contestar. Esto expresa que la tecnología no es solo un elemento de distracción, también puede ser una herramienta útil para mentirosos.
Otras dos cucharadas de sopa amarga: el mundo digital se ha convertido en un espacio inseguro; son los canales de comunicación con que el crimen organizado recluta jóvenes principalmente en TikTok, promocionando empleos falsos o abiertamente para integrarse al crimen (Nuevas Fronteras en el reclutamiento digital, Colegio de México, 2025). O la que publica El País (Huitrón, 2026) citando el estudio Disrupting Harm que cuantifica que 13% de los abusos sexuales a menores mexicanos fueron facilitados por internet.
En este escenario, aparece con frecuencia la palabra prohibición, e incluso en el entorno local no son pocas las escuelas que presumen como logro la prohibición del uso de celulares. Dicen que hay evidencia científica que lo avala, y tienen razón; lo cierto es que también hay evidencia científica que establece que el uso de la tecnología en espacios educativos potencia el aprendizaje, como el publicado en la Revista Iberoamericana para la Investigación y el Desarrollo Educativo, en el que se midió el aprendizaje de idiomas con el uso de IA (Barrera, López y Grajales, 2026) o el estudio que se realizó en la Universidad Autónoma de Sinaloa, ya en el marco de la NEM, encontró una fuerte asociación entre el uso de IA en la planeación docente y el rendimiento de los estudiantes (López Morales et al., 2026).
Cuando resurgen las voces de prohibición de los celulares y la IA para aprender, personalmente no puedo dejar de pensar en dos escenarios. El primero es el escolar áulico: podemos, sin duda, prohibir los celulares en los salones, volver a los libros y a los dictados, sin duda que podemos. Pero habrá otro escenario que no podremos nunca desaparecer: la vida cotidiana, las oportunidades laborales, el mundo que existe más allá de la escuela.
La regulación es indispensable: evitar las redes sociales que fortalecen un modelo de negocio basado en la distracción permanente que achicharra la capacidad de concentración; favorecer el acceso y fortalecimiento de plataformas que favorezcan el desarrollo de habilidades e información. Pero eso demanda mediación docente, que enseñe a usar y no solo a nivel técnico, sino también ético, encauzada a resolver los desafíos del segundo escenario del que el mundo digital no va a desaparecer, y a donde no podemos darnos el lujo de mandar a nuevos analfabetos, incapaces de sortear los huracanes de la vida.





