Crónicas al Estremo | Hay que chingarle

en Plumas

En esa ocasión, Sebastián Estremo nos habla del talento y lo que implica ser “el mejor” en una actividad concreta, así como lo que significa aprovechar el tiempo libre producto de la cuarentena.  

Por: Sebastián Estremo

Autlán de Navarro, Jalisco. 25 de mayo de 2020. (Letra Fría) Hace más o menos un lustro me encontraba con una amiga en las afueras de la terminal de autobuses de Tlaquepaque comiéndome la mejor torta de tripa que me he comido en la vida. El vendedor era un señor muy carismático que presumía su tripa estilo Huichapan con mucha enjundia. Mientras cada uno degustaba su respectivo manjar, por menos de lo que hoy cuesta un dólar, mi amiga y yo nos enfrascamos en una discusión que poco a poco fue subiendo de tono. Hablábamos sobre el talento y la competencia. Si no mal recuerdo (y si bien entendí su punto) ella defendía la idea de que el talento no existía en lo absoluto, sino que este es enteramente producto de las condiciones sociales en las cuales un individuo se desenvuelve. Entre más favorable sea el entorno para perfeccionar una determinada habilidad, más probable será que una persona la desarrolle (no es coincidencia que los mejores boxeadores de México provengan de Tepito, que los mejores esquiadores sean de países con nieve o que los mejores jinetes de equitación o golfistas hayan nacido prácticamente siempre en familias muy acomodadas).

Yo estaba de acuerdo con ella con la salvedad de que considero que el talento sí existe. Para mí, hasta hoy, es innegable que hay personas a las que cierto tipo de actividades se les facilitan más que a otras y yo a esto le llamo “talento”. Con esto no quiero decir que lo sea todo en la vida, lo veo más bien como una especie de bonus, pues es en realidad el trabajo, la constancia y muchas veces la necesidad lo que lo lleva a uno a dominar cada vez más alguna actividad que requiera esfuerzo físico y/o mental. Partiendo del supuesto de igualdad de condiciones, a alguien talentoso le costará menos trabajo que a otro menos talentoso llegar a un mismo fin.

Naturalmente un entorno social favorable para desarrollar esa hipotética actividad determina mucho más el éxito de una persona para lograrlo que el talento por sí solo. Incluso el simple hecho de saber que alguna habilidad que uno posee es un “talento” es ya todo un privilegio (igualmente en casos más puntuales habría que prestar atención en quién es el que lo define como tal). Más frecuentemente lo que sucede es que por más que uno sepa que posee alguna destreza especial lo que no hay son las condiciones para desarrollarla (ya sea en términos de infraestructura, de tiempo, de un entorno no violento, etcétera). Hoy en día ya no hablo tanto con esta amiga; no obstante, el recuerdo de esta discusión me ronda constantemente la cabeza. Me hubiera gustado entender más a profundidad su punto, pues una parte de mí cree que ella tiene la razón, aunque lo cierto es que sus argumentos nunca me terminaron por convencer.

En días recientes esta idea volvió con fuerza a mis pensamientos. Por un lado, en redes sociales he visto cómo surgió una corriente que afirma que durante la cuarentena “se acabaron la excusas” y uno debe de aprovechar el tiempo para ser más productivo y desarrollar nuevas habilidades. Por el otro, están aquellos que sostienen (con razón) que las formas de vivir la cuarentena son de lo más variadas y que no todos cuentan ni con un entorno favorable ni con los medios para aprender un nuevo idioma, leer una novela, instalar un huerto en la azotea o arreglar partes de la casa.

De hecho, muchas voces ya hemos señalado que la mayoría posee una situación económica y  dinámicas sociales que se han complicado todavía más con la llegada del COVID-19 y hacer una cuarentena no es una opción (y por consiguiente, el tiempo libre sigue sin existir). No entraré en mayor detalle sobre este tema porque es algo que en textos anteriores ya he profundizado. Lo único que me gustaría añadir es que es cierto que hay ejemplos de personas que con todo en contra consiguen llevar a cabo alguno de estos nuevos proyectos, pero son excepciones. Excepciones que confirman la regla. Aquí estamos hablando de patrones generales.

El modelo meritocrático es un mito; la humanidad vive bajo un sistema que perpetúa y acentúa las desigualdades sociales. Esto significa que por más talento que uno tenga si se nació en los estratos más bajos habrá que chingarle más para llegar a un mismo fin que alguien que nació en uno menos bajo (a esto podemos añadirle otras variables que pueden complicar todavía más la situación, como ser una mujer migrante negra musulmana proveniente de Somalia viviendo en un campo de refugiados en Hungría). La forma en que cada uno vive la pandemia alrededor del mundo es la mejor prueba de esta estratificación social.

Habiendo ya dejado claro que no todos nacemos con las mismas posibilidades y que es eso lo que determina lo que será de nosotros en nuestras vidas —por más “ganas que le echemos”—,  volvamos a lo del talento y la competencia.

La nueva serie de The last dance, que narra el último año de los Chicago Bulls de Michael Jordan, Scottie Pippen, Dennis Rodman, Toni Kukoč, Steve Kerr, Phil Jackson y compañía, me ha resultado todavía más interesante para desarrollar esta idea, pues es en los deportes donde el talento, la competencia y ese afán por “ser el mejor” son mucho más tangibles. Si analizamos la historia de vida de los principales protagonistas de la serie vemos que, como suele suceder con muchos deportistas, ninguno de ellos nació en cuna de oro.

El caso del croata Kukoč se muestra todavía más enmarañado pues, mientras trataba de salir adelante, su país natal estaba en guerra (lo cual puso en riesgo a sus seres queridos y lo llevó a distanciarse de quienes alguna vez fueron amigos inseparables, como Vlade Divac). Además, tuvo que adaptarse a un ambiente desfavorable en el seno de la NBA y en particular dentro de su propio equipo. Fue parte de una generación pionera que le abrió camino a nuevos jóvenes basquetbolistas extranjeros en Estados Unidos. ¿Qué hubiera sido de Kukoč si no hubiese tenido tanto en contra? ¿Existiría un Giannis Antetokounmpo sin la basura que Toni tuvo que tragarse durante años? Probablemente no. Es frecuente ver en los deportistas esa obsesión por tener el reconocimiento de ser el mejor en su rubro y en The last dance somos testigos de los dramas personales de Michael Jordan por haber conseguido su meta. Pero me pregunto: ¿realmente vale la pena? ¿Para qué obsesionarse con ser el mejor? ¿A costa de qué? ¿No será más valioso lo que logró Kukoč que lo del propio MJ?

Cuando me pongo en los zapatos de un Jordan, un Pippen, un Rodman, un Neymar o de cualquier otro deportista que, viniendo de la nada, logra con muchos esfuerzos consolidarse en alguna de las mejores ligas del mundo y percibir en un mes el dinero que sus padres habrán generado durante toda su vida, no puedo evitar preguntarme para qué quieren todavía más. No entiendo por qué Pippen, que ya se embolsaba mucho más de lo que él, su familia y sus descendientes pudieran llegar a necesitar, siquiera pensó en sacrificar el buen entorno que ya había construido en Chicago con tal de probarle al mundo que merecía ganar todavía más. Yo siento un profundo respeto y admiración por deportistas como el “Mágico” González, Carlos Vela, Nick Kyrgios o el propio Dennis Rodman que teniendo el talento para aspirar a ser los mejores del mundo prefirieron no presionarse tanto y se decantaron por poner el freno de mano y disfrutar lo conseguido. No entregar sus vidas a las exigencias de sus jefes, de los medios y de los fanáticos. ¿Qué mayor fortuna puede tener una persona en este mundo que vivir haciendo lo que le gusta? No me parece casualidad que Michael Jordan se haya retirado dos veces en su carrera. Si uno no tiene una presión económica de fondo ¿para qué seguir haciendo algo que ya no estás disfrutando por más talentoso que seas? ¿Qué tan grave debió ser la presión a la que estuvo sometido MJ para terminar detestando por un tiempo una de las cosas que más le gustaba hacer en la vida?

Varios jugadores que fueron sus rivales, como Reggie Miller, Gary Payton o Karl Malone, resaltan que, por más respeto que le tuvieran, Jordan no era invencible. Malone da justo en el clavo al decir que su equipo, el Utah Jazz, se enfrentó en las finales a los Chicago Bulls y no solo a MJ. ¿Qué hubiera sido de Jordan sin el apoyo de sus compañeros y sin la guía de Phil Jackson? Las mismas preguntas las podemos hacer en otros deportes. ¿Acaso Messi, si algún día decidiera dejar de lado el confort del Barcelona, podría lograr lo que Maradona consiguió en el Napoli? Yo lo dudo mucho. A lo más alto nunca se llega solo, y generalmente para llegar ahí alguien más ya debió haber hecho el trabajo sucio antes. Kropotkin desarrolla esta idea afirmando que no hay nada que sea producto de la inspiración de un solo individuo. Esta hipotética inspiración es posible gracias a lo que miles ya pensaron antes y a lo que el individuo aprende día con día platicando con sus contemporáneos. “No hay nada nuevo bajo el sol”.

Traslademos esto a nuestras mundanas vidas, lejos de cuentas bancarias con muchos ceros. En estos días de cuarentena he sido testigo de amigos obsesionados por aprovechar cada segundo al máximo por producir cada vez más y mejor (he de aceptar que durante unas semanas yo mismo formé parte de este grupo). Que no se me malinterprete, yo no soy enemigo de exprimir cada segundo de tiempo libre que uno tenga a su disposición para mejorar algo que ya sabe hacer o por aprender algo nuevo. De hecho, creo que quien tenga la posibilidad debería procurar hacerlo en lugar de caer en una espiral de inactividad que lo lleve a la inutilidad y a la depresión.

Sin embargo, tampoco hay que obsesionarse con ser el mejor y con saber hacer todo. No le veo el punto a presionarse a tal grado que eso afecte nuestro tiempo para hacer otras cosas o para cultivar las relaciones personales que consideremos valiosas. He ahí la trampa de la lógica productivista. Es completamente diferente esforzarse voluntariamente por cumplir un objetivo personal o grupal a presionarse de más por cumplir con las aspiraciones de alguien a quien no le importamos. La necesidad por sobrevivir nos lleva a otorgarle mucho más tiempo y esfuerzo del que deberíamos al trabajo. Descuidamos a otras personas y a nosotros mismos.

El ocio también es importante. Es la cuna de las grandes ideas de la humanidad. Sin él a la larga nos convertimos en personas solitarias que, al habernos aislado de la sociedad, sabemos hacer muchas menos cosas de las que pensábamos. Es el triste caso de muchas superestrellas del deporte que una vez retirados se dan cuenta que lo único que tenían para llenar sus vidas era su trabajo y que las personas que los rodean nunca fueron sus amigos. Para cuando se dan cuenta suele ser ya muy tarde. ¿No sería mejor en cualquier ámbito de la vida juntarse con otras personas para complementar talentos y así desarrollar colectivamente habilidades más completas y complejas? ¿No es esa la esencia de los deportes de equipo? ¿Qué acaso el deporte más practicado en el mundo no se llama futbol asociación?

Yo no creo que la competencia per se sea negativa. Los Chicago Bulls no serían los Chicago Bulls sin dignísimos rivales como los Detroit Pistons, los Indiana Pacers, el Orlando Magic, los Seattle Supersonics o el Utah Jazz que los probaron al máximo y los obligaron a desarrollar un estilo de juego sublime. No obstante, en la vida hay cosas mucho más importantes que ganar o ser el mejor. Hay que saber ponerle un límite a la vorágine competitiva, pues la excelencia en algo suele significar especializarse mucho sobre un tema, pero descuidar la otra enorme gama de actividades que no sabemos hacer.

La riqueza de la vida radica en explorar todas las posibilidades que se nos presenten y saber así un poco de todo (de algunas cosas más, de otras menos). Sobran los ejemplos de eminentes profesores o estudiantes universitarios que no saben prepararse una miserable quesadilla, que no pueden darle una vuelta corriendo a la manzana o que no tienen idea del esfuerzo humano que implica la producción de la comida que llega a sus mesas, así como están los tristes casos de actores o deportistas que orgullosamente utilizan las plataformas que tienen para dar sus opiniones a diestra y siniestra sobre cualquier tema sin jamás haberse puesto a estudiar seriamente el tema en cuestión. En fin…

Cierro este texto señalando que es completamente válido que no estén de acuerdo conmigo. Si este es el caso y deciden sacrificar sus vidas por ser los mejores en algo, que sea por hacer algo al bienestar común, como por ejemplo preparar las mejores tortas de tripa al estilo Huichapan del mundo.

LL/LL

*Se autoriza su reproducción siempre y cuando se cite claramente al autor y la fuente. Se prohíbe su reproducción si es con fines comerciales.

Sebastián Estremo nació en la Ciudad de México en 1991. Es Licenciado en Geografía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Maestro en Estudios de Asia y África con especialidad en Medio Oriente por El Colegio de México, se desempeña como cartógrafo y profesor particular de turco y de francés. Apasionado por la historia, la geografía y los idiomas ha emprendido diversos viajes por México y el mundo recopilando las historias de vida de las personas que se han cruzado por su camino. Su género preferido es la crónica y su inspiración el periodista polaco Ryszard Kapuściński. Ha publicado crónicas de sus viajes por el Kurdistán en medios independientes y artículos periodísticos y mapas en medios electrónicos.

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