Crónicas al Estremo | Río grande y caudaloso

en Plumas

Este lunes, Sebastián Estremo inaugura una serie de textos en los que relata sus experiencias como viajero: para comenzar, nos comparte sus impresiones y los contrastes de cruzar por primera vez la frontera con Estados Unidos.

Río Grande y caudaloso, tus aguas corren ligeras
Tú no eres el que los mata, pero ya muertos los llevas
Y el malhechor disfrutaba de todas sus billeteras“
Corrido del Güero Estrada” – Los alegres de Terán

Por: Sebastián Estremo

Autlán de Navarro, Jalisco. 6 de julio de 2020. (Letra Fría) Antes de cumplir siete años mi padre me regaló un atlas mundial ilustrado que cambiaría mi vida para siempre. Desde ese momento nació en mí una obsesión por conocer todos los rincones del planeta. No siempre tuve los medios para emprender estos viajes, así que me vi forzado a encontrar la forma. Aguardando horas bajo el sol, el frío o la lluvia al borde de los caminos, durmiendo en la calle o en estaciones de autobuses. Pero afortunadamente, con mucha paciencia y sobre todo el apoyo de muchas personas, al día de hoy he podido recorrer gran parte del país y muchas partes del mundo. La siguiente serie de textos de mi columna la dedico a todos ellos. Pero sobre todo a aquellas personas que, conscientes de lo peligroso que se ha vuelto nuestro mundo, confiaron en mí para llevarme en un asiento, una batea o escondido en una cabina, seguro a mi destino. Espero que las reflexiones que emergieron de mis viajes puedan aportar algo para entender mejor nuestro mundo.

Mapa de Albuquerque, Estados Unidos.

A mediados de junio de 2016 me encontraba en Chihuahua con mi buen amigo el Shihuahua preparando una nueva aventura. Esta vez la idea era un viaje de aventón por el sur de los Estados Unidos. El objetivo: el Gran Cañón. Estaba muy emocionado. Nunca había cruzado al otro lado. Al día siguiente nos subimos a un camión y llegamos a Juárez a altas horas de la noche. Ahí, desde la ventana de la sala de nuestro anfitrión, vi por primera vez los Estados Unidos. Destacaba entre todas las lucecitas un enorme edificio con letras amarillas que decía “Wells Fargo”. Mi primer pensamiento fue que era un hotel. Después me enteré que más bien es una poderosa compañía de servicios financieros que opera en todo el mundo. Pienso hasta hoy que es bastante simbólico que lo primero que haya visto de los Estados Unidos fuera algo relacionado con el dinero… Nuestra estancia en Juárez fue breve. Al día siguiente nos levantamos temprano, desayunamos unos burritos y nos dejaron a unos cuantos pasos del cruce fronterizo.

Nunca he tenido mucha suerte con las autoridades fronterizas y este viaje no fue la excepción. Tras un trámite burocrático que se extendió media hora más que el de mi compañero, por fin fui autorizado a entrar a territorio estadounidense. Tuve sensaciones encontradas. Por un lado, me invadía una enorme curiosidad por ver con mis propios ojos cómo era El Imperio por dentro. Cómo vivían y se comportaban las personas, como eran las calles, los letreros, las casas que tantas veces había visto por televisión. Por el otro, pensaba en la absurdidad de las fronteras. Años antes crucé varias veces el límite entre México y Guatemala. Eran otros tiempos, antes que el gobierno mexicano se arrodillara ante las exigencias del vecino del norte y militarizara la frontera sur. Por aquel entonces la podías pasar caminando. La vigilancia era escasa. La frontera entre Ciudad Cuauhtémoc y La Mesilla parecía más bien un enorme tianguis. Entre Juárez y El Paso esto era completamente distinto. Vi por primera vez los muros y las enormes vallas, también a los guardias armados. No hace falta ser un erudito en temas migratorios, solo un poco de sentido común y empatía, para entender lo absurdo de la situación. Un mundo donde un grupo de personas, por haber nacido del lado equivocado, no son libres de atravesar otras porciones de tierra ocupadas por personas que por azares del destino si nacieron del lado correcto. Un papel muchas veces es la diferencia entre una vida decente y la miseria. ¡Un maldito papel!

Cruzamos un puente enrejado. Sabía que por debajo debía pasar el río. El mítico Río Grande, conocido también como Río Bravo, del que tantas canciones se han escrito. Aquel que desde Juárez hasta su desembocadura en el Golfo de México separa ambos países. En el que tantos crímenes se han cometido y en el que tantas vidas se han diluido. ¿Cuántos migrantes no han perecido bajo sus aguas fracasando en su intento por mejorar un poco sus vidas? Y de pronto yo estaba ahí, cruzando tranquilamente por un puente. Me pareció tan absurdo, tan irreal. Imaginaba bajo mis pies un vigoroso e imponente río, pero lo que me encontré fue apenas un hilo de agua, semejante al que se ve en época de secas en el represado río Chuviscar, allá en Chihuahua.

Cruce entre Juárez y El Paso (foto: Sebastián Estremo, 2016).

Permanecimos unas cuantas horas en El Paso. La diferencia entre uno y otro lado fue inmediata. Bebederos con agua limpia en los parques, librerías públicas de varios pisos, autopistas de muchos carriles. Todo para una minúscula ciudad (en comparación con Juárez que le dobla en tamaño) de 600 mil habitantes. Me pareció interesante pensar que un estadounidense que haga el viaje opuesto y vea por primera vez México posiblemente lo primero que vea sea un cerro con un mensaje escrito en blanco que dice “Cd. Juárez. La Biblia es la verdad. Léela”. Contrastes con explicaciones históricas.

Avanzamos hasta las afueras de la ciudad con ayuda de Tony, nuestro nuevo amigo, quien nos dotó de unos muy valiosos mapas y bebidas energéticas. La temperatura rondaba los 50 °C, o al menos así lo sentía. Atravesamos Las Cruces y terminamos pidiendo aventón en un pequeño pueblo llamado Doña Ana, unos cuantos kilómetros más al norte. El viaje apenas comenzaba sobre la interestatal 25, que cruza de sur a norte todo el estado de Nuevo México.

Tras cerca de una hora bajo el sol, un auto se detuvo. Era un hombre de edad que sin mucho preámbulo nos dijo que nos subiéramos. Iba con dirección a Garfield. Su familia era originaria de Guanajuato, por lo que hablaba un decente español con acento agringado. Era dueño de tierras en toda la región. La mayoría de sus trabajadores eran jornaleros mexicanos y durante el trayecto no perdió la ocasión de ofrecernos trabajo. Conocía bastante bien los pueblos de la zona. Le pregunté por un poblado con el sugerente nombre de Truth or Consequences (“Verdad o Consecuencias”). Su historia es la siguiente:

En los años cincuenta este pueblo de poco menos de 5 mil habitantes llevaba el nombre de Hot Springs, en referencia a sus aguas termales. Por aquel entonces había un famoso programa de radio llamado Truth or Consequences, cuyo locutor prometió que iría a transmitir en vivo a la primera ciudad que se renombrara con el nombre del programa. Esta fue Hot Springs, Nuevo México. La promesa se cumplió y todos los años hay una fiesta que conmemora el evento. Los topónimos, el significado del nombre de los lugares, nunca son casuales ni vacíos. Son manifestaciones de aquello que en algún momento fue importante para un grupo de personas. Las palabras son los cimientos de la memoria. Cuando éstas son borradas o remplazadas las lecciones del pasado corren el riesgo de perderse. A veces son nombres de características de la naturaleza, de figuras religiosas, de personajes históricos. En este caso, de un programa de radio. No es algo que deba echarse en saco roto ni tampoco es obra de la casualidad.

Atravesamos uno de los retenes que el gobierno estadounidense situó dentro de las 25 millas de su territorio. No tuvimos mayor problema. Ni siquiera nos pidieron nuestros pasaportes porque asumieron que éramos trabajadores. Los paisajes del camino son muy semejantes a los que separan a Chihuahua de Juárez. Largas planicies áridas de pronto son interrumpidas por cadenas de cerros erosionados por el viento. A veces el paisaje se torna blanquecino y al fondo se dispersan algunas nubes cargadas con gotitas de agua. Unos cuantos kilómetros más al norte el conductor nos dejó a las afueras de la pequeña localidad de Hatch. La capital mundial del green chili.

En el camino me costaba imaginar que algo pudiera crecer en Nuevo México. Pero una vez fuera del automóvil la característica brisa que se genera a los alrededores de un río delató al responsable. Cruzamos un puente para llegar a la gasolinera del pueblo. Era bastante largo. Bajo el cemento ahí estaba de nuevo: el Río Grande. Pero esta vez sí hacía honor a sus dos nombres. Era grande y bravo. A diferencia de Juárez, a esta altura es caudaloso. Sus aguas corren con fuerza provocando un estruendo. Enormes extensiones de tierra a su alrededor, sembradas con todo tipo de cultivos, son irrigadas por sus aguas. La línea fronteriza no divide solo dos países, sino dos mundos. Al norte el agua corre libre con fuerza, pero esto no sucede por los designios del Señor. Río arriba el agua es contenida y administrada por un sistema de presas que abarca cientos de kilómetros. Para cuando llega a Juárez en temporada de secas ya no queda casi nada. El río es drenado y apresado.

El Río Grande en Hatch (foto: Sebastián Estremo, 2016).

Nos tomó un par de horas y dos esporádicas tormentas salir de Hatch. Es difícil pedir aventón en el sur de los Estados Unidos. No porque la gente no sea amable, sino porque el flujo de carros es menor. La mayor parte de éstos corre a altas velocidades en las pistas de la highway. De entre los pocos que paran a recargar gasolina y víveres, la mayoría son tránsito local. Nos subió una joven pareja con la cual, tras atravesar Truth or Consequences y la ciudad de Albuquerque, terminamos acampando en el desierto, a las afueras de Santa Fe, con el aullido de los coyotes de fondo.

Tras un día en Santa Fe fracasamos en nuestro intento por llegar de aventón a Albuquerque y tomamos el tren. Atravesamos unas “reservas indias” de las cuales se prohibía tomar fotografías. De todas formas era de noche y no se veía nada. Llama poderosamente la atención el concepto mismo de “reserva” para referirse a seres humanos. No creo que sea coincidencia que me recuerde al libro de “Un mundo feliz” de Aldous Huxley. En el capitalismo todo se mercantiliza, hasta las vidas humanas, y el concepto de “reserva”, como se hace con las “reservas naturales”, no es más que un método de administración del territorio por parte del Estado. Son reservas, pues se conservan en cierto estado hasta que surge una oportunidad para integrarlas de lleno al proceso de producción de mercancías. El ser humano y el territorio vistos como objetos, como cosas, y no como entes con lógicas y procesos propios que trascienden la lógica de la oferta y la demanda. “Ni la tierra ni las mujeres somos territorio de conquista” dicen por ahí. La consigna podría ser todavía más ampliada.

La mitad del trayecto la pasamos viendo una pantalla con alarmantes anuncios de lucha contra el terrorismo. Su función es crear pánico a través de un supuesto mensaje de prevención. Las campañas del gobierno mexicano en el contexto actual de la pandemia me recuerdan a esto. A un lado un hombre vestía con orgullo una playera con la bandera de las barras y las estrellas. Llegamos a Albuquerque de noche. A mis ojos parecía una ciudad sacada de un set de televisión. Y no por la aclamada serie de Breaking Bad, de la cual en aquel entonces jamás había escuchado, sino porque todo el formato de las cosas era idéntico a mis juguetes y mi colcha de dormir de la infancia, a los moteles y cines que aparecen en Los Simpson. Fue ahí cuando me di cuenta con un ejemplo concreto y tangible cómo se materializa la hegemonía cultural. Nunca había estado en Estados Unidos y sin embargo todo me resultaba un tanto familiar.

Mi tío es de un pequeño pueblo a las orillas del lago de Cuitzeo cuyo nombre es Villa Morelos. En uno de nuestros recorridos por la región atravesamos Cuto Del Porvenir, un poblado cercano a Morelia. La mayor parte de los hombres de este lugar radican en los Estados Unidos y mandan dinero de regreso con el cual construyen su patrimonio. Parte de ese patrimonio consiste en nuevas casas cuyo techo es en forma de triángulo. Las casas en el estado de Michoacán históricamente no suelen tener techos en forma de triángulo, pues la función de estos es escurrir el agua y la nieve. Sobra decir que en Michoacán no abunda la nieve ni llueve tanto como para que estos techos sean fundamentales. No obstante, muchos optan por imitar la arquitectura que ven al norte del Río Bravo.

La ciudad de Albuquerque tiene un centro histórico y otro no tan histórico. El primero (aunque remodelado parece más bien una maqueta, como toda la ciudad de Santa Fe) es como cualquier plaza de armas de cualquier ciudad mexicana. Una estructura heredada de los españoles. El segundo es parecido al de El Paso, con un par de muy altos edificios que son visibles desde cualquier punto de la ciudad. Nuestra anfitriona, Leigh, trabajaba en uno de ellos: el hotel Andaluz. Las calles de la ciudad son ocupadas de noche por jóvenes enormes y fornidos en automóviles descapotables presumiendo joyas y cadenas.

Al día siguiente caminamos siguiendo los nombres numéricos de las calles. Uno debe caminar con cuidado; por el pavimento están dispersos sustanciosos hormigueros. Aunque no parezca estamos en medio del desierto. Eventualmente nos reencontramos con nuestro viejo acompañante. Esta vez su cauce era todavía mayor. Su agua era cristalina, uno que otro pececillo jugueteaba entre los dedos de mis pies que por primera vez tocaban el río. Esa misma agua, río abajo, da vida a millones de plantas que alimentan a personas en todo el mundo. Los desechos de la agroindustria la contaminan progresivamente hasta que todavía más abajo llega a México. De un lado de la frontera el río es sinónimo de vida; del otro, muchas veces de muerte. Al norte se construyen parques en sus riveras; al sur, vallas y alambres de púas resguardadas por hombres con rifles. Los ríos han unido a la humanidad desde hace milenios, pero también, por la voluntad de unos pocos, nos han separado. Hoy, del lado equivocado de la línea, el Río Grande nos remite a la tumba de miles de migrantes. Mexicanos, centroamericanos, africanos, asiáticos y de otros tantos lados que, desesperados por tratar de vivir el sueño americano y otorgar una vida mejor a los suyos, arriesgan la vida intentando cruzar sus aguas.

Río Grande y caudaloso. Tú no eres el que los mata, pero ya muertos los llevas.

Atardecer en el Río Grande, a la altura de Albuquerque (foto: Sebastián Estremo, 2016).

LL/LL

*Se autoriza su reproducción siempre y cuando se cite claramente al autor y la fuente. Se prohíbe su reproducción si es con fines comerciales.

Sebastián Estremo nació en la Ciudad de México en 1991. Es Licenciado en Geografía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Maestro en Estudios de Asia y África con especialidad en Medio Oriente por El Colegio de México, se desempeña como cartógrafo y profesor particular de turco y de francés. Apasionado por la historia, la geografía y los idiomas ha emprendido diversos viajes por México y el mundo recopilando las historias de vida de las personas que se han cruzado por su camino. Su género preferido es la crónica y su inspiración el periodista polaco Ryszard Kapuściński. Ha publicado crónicas de sus viajes por el Kurdistán en medios independientes y artículos periodísticos y mapas en medios electrónicos.

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