Encuentros | La necesidad de realidades y resultados más allá de los símbolos y las promesas

en Plumas

Esta semana, Oswi Ramos analiza el panorama político de Jalisco en miras de las elecciones intermedias.

Por: Oswaldo Ramos López

Autlán de Navarro, Jalisco. 21 de enero de 2020. (Letra Fría) Este año, que se encuentra ya en la antesala de su cuarta semana, representa un sinónimo de ánimos y expectativas en diversos aspectos, donde lo social y lo político no son la excepción.

El 2020 abre la posibilidad de seguir nutriendo los balances sobre lo que ocurre en la escena política y gubernamental en los ámbitos federal, estatal y municipal. En cada uno de esos espacios los discursos y agendas se siguen contrastando con las realidades que el paso del tiempo nos deja ver.

Este año también es la víspera de un nuevo periodo electoral, las llamadas elecciones intermedias que en nuestro estado representarán la renovación del Congreso Local y de los ayuntamientos. Parece aún prematuro hablar de ello, pero como bien sabemos, “el tiempo vuela” y sin duda este año nos dará indicios de todo lo que estará por venir. Ante este escenario, ¿qué podemos esperar?

Si hacemos un breve repaso de lo que sucede en cada elección, recordaremos a un sinfín de candidatas y candidatos haciendo “promesas de cambio”, y entre tanto cambio, parece que se pierde la ruta que permita distinguir las acciones y políticas públicas que abonan a conseguir sociedades mejor cohesionadas y aquellas que solo sustituyen lo que ya estaba sin aportar nada significativo, o peor aún, truncan políticas públicas eficientes bajo el suceso de un cambio de administración y sus actores políticos. Ejemplo de esto lo podemos encontrar en la promesa de refundación en Jalisco o el “otro México” que se esbozaba bajo la cuarta transformación, que como ideal rige en el gobierno federal desde el 1° de diciembre de 2018.

En Jalisco, poco más de un año y un mes del inicio de la gestión del gobernador han bastado para desgastar su figura, y su aprobación es cada vez menor entre la población jalisciense. La “refundación” se intenta sacar adelante con un matiz caprichoso, pues hay consenso entre la población de que la instalación de un Constituyente no es prioridad; no obstante, el proceso ha iniciado en un entorno en el que ni siquiera existe presupuesto disponible para llevarlo a cabo. Mientras que casos como las irregularidades del programa “A Toda Máquina” siguen sin tomar la relevancia que deberían, pues parece que dar lectura a números y cifras basta para justificar la manera en que el proyecto ha sido diseñado y ejecutado.

Entre tanto la también llamada 4T sigue girando en torno a los símbolos y las buenas intenciones, contrastada por una desarticulada y confusa implementación del INSABI, una política de desarrollo social que apunta casi exclusivamente hacia el asistencialismo y hasta bromas por una impensable estrategia para deshacerse del avión presidencial. La 4T no acaba con nuestra capacidad de asombro, pero desgraciadamente no es para bien. Esperemos que este año venga acompañada de un poco más de sensatez.  

Jalisco siempre será más grande que los intereses de un partido o grupos. Tenemos un estado en la idea de la refundación y un país en la promesa de la transformación, conceptos que en su papel de estrategias de comunicación han sido efectivos en cuanto a su alcance, pero que electores y ciudadanía desaprobamos, pues símbolos, motes y discursos no bastan para aspirar a un cambio en el sistema político, es decir, la manera en la que se construye la política y cómo ésta permea dentro de la sociedad.

Nuestro estado merece que su clase política voltee a ver a los ojos de quienes les eligen y que éstos actúen en consecuencia con responsabilidad. Donde los servicios públicos no sean oportunidad de negocio, los números y la revictimización no sustituyan a las políticas sociales integrales, los ecosistemas no pretendan protegerse con simples discursos y donde lo que está mal no sea simplemente culpa de los errores de administraciones pasadas.

Un buen indicio de mejoría lo podemos encontrar si las campañas sustituyen los escenarios, propaganda y templetes, por diálogo, encuentro y empatía. Los avances no se niegan, sin embargo gran parte del malestar social se centra en promesas fallidas, mala utilización de los recursos públicos e ineficiencia que desatan un sinfín de consecuencias reflejadas en lo social, ambiental, laboral, en la educación, servicios de salud y en una inseguridad que crece hasta terminar con nuestra capacidad de asombro. Por eso, una política trazada desde la sensibilidad social y con un enfoque garantista de derechos humanos puede abrir la puerta a solucionar problemáticas que no hacen más que carcomernos.

La realidad de nuestro estado y sus municipios se palpa; debe atenderse desde lo que sus calles nos dicen y así construir entornos donde niñas y niños puedan tener motivos para sonreír, donde jóvenes tengan lo necesario para alimentar sus sueños y donde adultos mayores puedan vivir con tranquilidad.

 LL/LL                                                                                                                         

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