Encuentros | Los apoyos al campo benefician más a los políticos que a los campesinos, y eso debe cambiar

en Plumas

Oswaldo Ramos aprovecha su columna para hablar la necesidad de un apoyo real a los campesinos y productores del campo.

Por: Oswaldo Ramos López

Autlán de Navarro, Jalisco. 25 de mayo de 2020. (Letra Fría) ¿Y el campo qué? ¿Y los campesinos que?

Bueno, comencemos por el inicio: históricamente, en México los campesinos han sido excluidos de forma estructural, significando que los grandes capitales agrícolas los desplacen. Las regiones de Jalisco son referente nacional de cómo la gran industria les arrebata sus limitadas posibilidades de producción a las personas que menos tienen.

Algo malo está pasando, los recursos económicos que distribuye el Estado no han significado una posibilidad para que los pequeños productores tengan beneficios; al contrario, representan la complacencia a los grandes capitales.

A raíz de la pandemia la necesidad se agudizó en el campo mexicano, miles de personas han quedado desamparadas ya que no hay consumo, por lo tanto, lamentablemente sus mercancías han perdido considerablemente su valor. Lo que vivimos demanda apoyos al campo, pero a los pequeños, a los que no tienen la capacidad para acudir a créditos económicos en entidades financieras.

Sí, esto es un gran reto, pero también una oportunidad para que el gobierno e iniciativa privada se articulen y generen esquemas de producción agrícola que permeé en el desarrollo de las pequeñas comunidades. El campo Mexicano destaca a nivel mundial por tener tierra fértil en todo el territorio. Como se dice en mi pueblo: “lo que avientes da frutos”.

Sin embargo, existe una desventaja abismal entre un campesino y un gran empresario. Se necesitan políticas públicas encaminadas a la generación de herramientas que doten de fortaleza a todas las comunidades ejidales del país, desde internet hasta insumos de producción agrícola de alta envergadura, de esta forma es como el campo mexicano podrá recuperar su fortaleza, y también así es como se dignificara la vida de millones de personas que sueñan con seguir dando vida a la labor que han heredado.

No podemos ser omisos ante lo que está pasando, la gran industria devasta, exprime todo a su paso y cuando no hay más que hacer se van a otras tierras a seguir lastimando, despojando, y lo más perverso: dejar sin sustento a miles de campesinas y campesinos. Lo he dicho en otros espacios: no hay que anteponer lo económico sobre la dignidad de las personas.

Nunca más justifiquemos ser el “gigante del agro” cuando nuestros bosques estén de por medio, cuando las y los activistas sigan perdiendo la vida o siendo callados. Vamos, el campo tiene vida, pero esta vida radica en el cuidado, en el entendimiento de que solo los que se levantan a la yunta desde hace años por la madruga a labrar entienden.

Nuestros gobiernos deben dejar de despilfarrar el recurso público; a un campesino no se le regala dinero, a un campesino se le incentiva con condiciones de comercio justas, deteniendo a los talamontes, a los que contaminan, a los coyotes que especulan. Lo anterior lo escribo en un día de cuarentena después de llegar del potrero y ver el campo tan fértil, lleno de vida, lleno de ilusiones, lleno de gente dispuesta a generar óptimas condiciones de vida a las generaciones que vienen. 

El campesino representa a miles de personas, su equipo de colaboradores dan su vida para labrar la tierra.  Ustedes que leen estas letras, ¿han imaginado un mecanismo que impulse las libertades de este grupo de personas? La verdad es que yo sí.

En días pasados conocí a Juan, un joven vecino de mi pueblo. Él me decía que tuvo que agotar todas sus opciones para poder estudiar, pero no le fue posible, y que su  única opción es ir al campo, de no ser así su familia no tendría el ingreso suficiente para vivir. Seguramente el gobierno sabe de millones de casos como el joven Juan, y también puedo asegurar que han promovido iniciativas para que nadie se quede sin estudiar, pero ¿por qué no han surtido efecto? creo que es por algo que todos conocemos: la corrupción.

No podemos permitir que cuando del campo se trate los políticos sean los más beneficiados, porque así sucede; indigna ver que hay primeras planas de diversos medios de comunicación en las que se halaga al político que se dice apoyar al campo, pero en realidad todos sabemos que no es así, que al final del día los recursos van para los poderosos, para los que dañan y transgreden la dignidad de las personas.

Como dice un amigo: “Sin son $2,500.00 mejor que se los metan por donde ya saben”. El campesino no necesita dádivas, necesita un apoyo real que les permita recuperar su autonomía, sólo así comenzaremos hablar de la soberanía alimentaria, pero esto último es para otro espacio.  

LL/LL

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