Eria y la inmunidad de los ajolotes

Por: Agustín B. Ávila Casanueva | Pie de Página | Alianza de medios

CIUDAD DE MÉXICO.- Mientras nosotros, después de estos últimos dos años, empezamos a sacudirnos el confinamiento y levantamos los escombros de la pandemia para saber qué construir a futuro, los anfibios de este planeta llevan seis décadas inmersos en su propia pandemia global. Y los escombros no son el hábitat ideal de estas especies.

Nosotros tuvimos que blandir nuestras vacunas ante un solo patógeno, pero estos animales metamórficos son atacados por dos y responden a los nombres de Bd y Bsal, y además, no tienen vacuna. Este par de hongos se ha cargado ya noventa especies de anfibios que no volverán a ver la luz del sol. Otras 124 especies han disminuido sus poblaciones a más del 90 por ciento, y al menos el 10 por ciento de todas las especies de anfibios se han visto afectadas de alguna u otra manera.

Cuando alguno de estos hongos aterriza sobre un anfibio y empieza a crecer, reptando a lo largo de su piel, vuelve al animal aletargado y anoréxico. El anfibio empieza a tener problemas para hidratarse, regular su temperatura y para respirar. Estos síntomas van en aumento hasta la muerte del animal. La enfermedad que padecen es llamada quitridiomicosis y se ha hecho endémica dentro de nuestro país desde la década de los 70 del siglo pasado. O eso creen las y los biólogos, ya que los registros no son muy claros, pero los pocos apuntes al respecto coinciden con un decaimiento poblacional de anfibios mexicanos.

Viendo el lado bueno, a estos animales de piel perennemente húmeda no les va tan mal en México. “Bsal aún no llega a México” dice Eria Rebollar, quien lleva en este planeta un poco menos que lo que Bd lleva en nuestro territorio, “pero tenemos que estar preparados”. La doctora Rebollar ha pasado los últimos años monitoreando poblaciones de ajolotes y otros anfibios en México en busca de estos patógenos y tratando de entender el secreto que esperanzadoramente guardan los ajolotes: parecen ser inmunes a Bd. “Si tomas una muestra de la mucosa de su piel, el hongo está ahí” comenta Eria, “está presente, está activo y se reproduce. Solamente que al ajolote parece no afectarle”.

Parece que el misterio yace tanto en los propios ajolotes como en las comunidades microbianas de su piel. ¿Pero cómo pasó una bióloga de ciudad de querer enfocarse en una sola molécula dentro de un laboratorio, a salir a lagos y ríos a hacer muestreos y coordinar a su propia comunidad de investigadoras que tratan de entender la relación de una enfermedad con el medio ambiente y los humanos?

Saber tomar las oportunidades

“Casi todos mis asesores me preguntaban por qué me cambiaba de área. Lo veían como una mala decisión. Me decían que no me estaba especializando”, recuerda Eria. Y es que aunque su camino por la biología empezó de una manera bastante común –“como el 90 por ciento de los estudiantes que entran a la carrera, quería hacer biología marina”, comenta–, rápidamente divergió hacia uno de los caminos menos transitados, dentro de un mar de oportunidades.

Dentro de los primeros semestres, Eria se encontró con el mundo de la biología molecular. La parte invisible de la biología, que parece no poder estar más alejada de la grandeza de los ecosistemas. “Un grupo de amigas y yo empezamos a ir al laboratorio de Dreyfus para discutir artículos”, dice refiriéndose al doctor Georges Dreyfus del Instituto de Fisiología Celular (IFC), donde Eria se enamoró de la epigenética. “Necesitaba saber cómo funcionaban las cosas”, y en ese momento de su vida, las cosas eran específicamente los adornos moleculares que lleva colgados el ADN y que rigen su regulación. Qué gen prender, cuál apagar, cuándo.

Fue así como Eria llegó al Instituto de Biotecnología de la UNAM, en Cuernavaca para obtener el grado de Bióloga, estudiando los cromosomas de la mosca en el laboratorio del doctor Mario Zurita. En específico, Eria estudiaba a la proteína p53 y su interacción con el genoma. A esta proteína le apodan “el guardián del genoma”, ya que inhibe la aparición de mutaciones, protegiendo a sus portadores —que van desde la mosca hasta los humanos— de enfermedades como el cáncer.

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