Rieleras y juanes, el contexto de que México es una vez más, la tercera ocasión, sede de un mundial de fútbol, aunque esta vez sea compartida con nuestros dos vecinos de América del Norte, lo cierto es que el nacionalismo aflora otra vez con la sensación de que nuestro país estará en los escenarios internacionales.
El nacionalismo es esa convicción de que formamos parte de algo mucho más grande que uno mismo; una identidad compartida que se enciende con el color verde de una camiseta o el eco del himno nacional en un estadio. Sin embargo, en vísperas de una fiesta de tal magnitud, vale la pena desmenuzar ese sentimiento. Mientras que el nacionalismo suele nacer del orgullo por la tierra, la historia y la soberanía —a veces rozando la idealización de lo propio—, el patriotismo opera desde un lugar más reflexivo: es el amor vivo por la patria que se demuestra trabajando por su bienestar y el de sus ciudadanos, con la madurez necesaria para ver tanto sus virtudes como sus dolencias.
Por ello, hoy ser nacionalista en México no debe reducirse a magnificar nuestra incuestionable riqueza cultural, la gastronomía o el folclor que tanto fascinan al turismo extranjero. El verdadero compromiso con la nación exige ir más allá de la postal festiva y reconocer, con honestidad y crudeza, las profundas problemáticas sociales que nos aquejan. Un nacionalismo ciego, que solo celebra los goles y maquilla las carencias para la tribuna global, no es más que un espejismo que perpetúa la indiferencia.
En este complejo mosaico nacional, tampoco debemos caer en la ingenuidad frente a los conflictos internos. Tomemos, por ejemplo, las constantes manifestaciones de la CNTE (Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación). Es fundamental entender que muchas de estas movilizaciones conllevan fines políticos de descrédito hacia las instituciones, orquestados en momentos clave.
Como ciudadanos, nos toca discernir con agudeza entre los intereses de aquellos dirigentes que se han beneficiado históricamente de sus cargos y prebendas, y las legítimas demandas de las bases: esos miles de profesores rurales y urbanos que tienen todo el derecho a un acceso justo a plazas laborales, con salarios dignos y prestaciones adecuadas que dignifiquen la docencia.
Por otro lado, existen dolores profundos en el tejido social que no admiten dobles lecturas ni tintes políticos, sino que constituyen los más grandes y urgentes pendientes de nuestra historia reciente. Hablamos de las causas de las madres buscadoras, quienes con palas en mano recorren los terrenos de un país que cuenta por miles a sus desaparecidos. Su lucha, nacida de la más desgarradora de las ausencias, nos recuerda que la soberanía de una nación también se mide en la seguridad y la justicia que el Estado es capaz de garantizar a sus familias. El reclamo de quien busca a su familiar desaparecido no puede ser silenciado por el rugido de ningún estadio.
El pitazo inicial está cerca y es natural que el orgullo azteca se desborde. Disfrutemos la justa deportiva y celebremos ese sentimiento nacionalista que nos une, que es tan válido como vibrante cuando México es observado por el mundo. Pero hagámoslo con los ojos bien abiertos.
Que el fervor del mundial no sea una cortina de humo, sino el reflejo de un país maduro: uno que es capaz de gritar un gol con el alma, al mismo tiempo que mantiene el puño en alto, consciente de sus deudas sociales y decidido a construir la patria justa que todos merecemos.





