Rieleras y juanes, hoy esta Adelita, como ustedes, sigue inmersa en el ambiente futbolero mundialista. Compartimos un entorno que hace propicio un cierto optimismo, una ilusión colectiva por que la selección mexicana supere por fin los techos de cristal que históricamente han limitado sus resultados en las justas mundialistas.
Digamos que hasta el entramado social se ha sumado a la causa. Las instituciones de gobierno, el sector educativo e incluso las empresas han hecho concesiones en materia de horarios laborales; una tregua en el reloj para que las personas tengan facilidades a fin de disfrutar los encuentros en que participa el equipo tricolor. Hay, además, un relajamiento consensuado con tintes nacionalistas alrededor del protagonismo que nuestro país asume como una de las sedes de la Copa del Mundo. Me parece que es una alteración de la rutina benéfica en esta dinámica capitalista y productivista que vivimos; esa que, al final del día, es la que prevalece y organiza nuestro día a día y nuestra vida.
No obstante, sirva la reflexión para detenernos en esas otras realidades que son parte de nuestro contexto compartido y que el brillo del balón no logra opacar.
La inseguridad no desaparece con un gol. Mientras las pantallas vibran, el país arrastra la dolorosa cifra de más de 115,000 personas desaparecidas y no localizadas, una crisis humanitaria que se traduce en miles de familias —mayoritariamente madres buscadoras— que no tienen tiempo para festejar porque su vida entera está empeñada en buscar hasta encontrar.
Por muchos videos que circulen en la gran diversidad de redes sociales en los que se escucha el himno nacional entonado por multitudes, o por esas olas verdes humanas que se levantan en el alzamiento sincronizado de brazos en estadios y avenidas tomadas por el festejo, los temas pendientes siguen latiendo con fuerza en la cotidianidad.
La salud del país está en el limbo. Se habla de cobertura generalizada, pero la realidad nos dice que más de 50 millones de mexicanos carecen de acceso efectivo a servicios de salud, un vacío agravado por un persistente desabasto de medicamentos que golpea a los más vulnerables.
En un país donde el empleo informal ronda el 54%, la incertidumbre para el retiro es la norma. El estrés financiero hace mella en la salud mental de una población agobiada por el futuro, donde acceder a una vivienda propia o a una pensión digna se antoja cada vez más un privilegio de pocos y menos un derecho de todos.
No podemos negar los temas pendientes del género.El fervor tricolor coexiste con una violencia sistemática contra las mujeres. En México, la estadística no da tregua: un promedio de entre 9 y 10 mujeres son asesinadas al día, una epidemia de feminicidios y violencia de género que ninguna victoria deportiva puede sanar.
Problemas estructurales que están ahí, inamovibles, cuando la pantalla se apaga.
El afán de estas trenzas no es apagar la fiesta ni de satanizar la legítima catarsis colectiva que ofrece el fútbol. El balompié, como fenómeno social, tiene la magia de unificar los hilos de un tejido social profundamente lastimado. Es válido abrazar la ilusión, cantar el Cielito Lindo y saborear la tregua que el capitalismo nos concede para gritar un gol en horario de oficina.
Sin embargo, el verdadero campeonato que México necesita ganar no se juega en la cancha, sino en las calles, en las fiscalías, en los hospitales y en las economías familiares. Que la euforia mundialista nos sirva como un respiro, sí, pero nunca como un analgésico. Al final, cuando ruede el último balón y las luces del estadio se apaguen, la realidad nos estará esperando intacta. El desafío es que esa misma pasión, sincronía y colectividad que hoy desbordamos en las tribunas, seamos capaces de convocarla mañana para exigir el país justo y seguro que nos urge construir.





