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Globito sigue siendo inmortal

En el marco del regreso a clases, Jesús Medina García nos comparte este cuento, que en su primera versión se publicó en el libro “Historias Globalifóbicas” (2015). Las ilustraciones corresponden al artista César Ramírez, ganador del primer lugar en la categoría de jóvenes pintores de la Bienal de Pintura José Atanasio Monroy (2014).

La familia Telerín vuelve a clase. Imagen: internet.

A la Maestra Arcelia,

por amar a los niños

La cifra anunciada para este regreso a clases es de más de 23 millones de alumnos de educación básica. El desglose nacional más reciente disponible de la SEP, correspondiente al cierre del ciclo anterior, permite ver aproximadamente esta distribución:

Nivel educativoAlumnos
Preescolar3.8 millones
Primaria12.5 millones
Secundaria6.3 millones

Para Jalisco, el dato oficial más reciente para el ciclo 2026–2027 es: 1.57 millones de estudiantes que regresarán a 14,234 escuelas públicas y privadas, acompañados por 85,935 docentes. (SEP. 2026).

Esos son los datos, ahora imaginemos los estados de ánimo, los almacenes de venta de uniformes, papelerías, zapaterías y el lunes el caos vial, los reencuentros, alegrías, tristezas, evocaciones. Los que cambian de nivel educativo poniendo a prueba el instinto de sobrevivencia, de adaptación, los niños que llorarán al entrar al preescolar.

Los que llevan cuadernos de doscientos pesos y quienes los llevan de treinta pesos. Mochilas de mil pesos y otras de trescientos….

Este cuento en su primera versión se publicó en el libro “Historias Globalifóbicas” (2015). Las ilustraciones corresponden al artista César Ramírez, ganador del primer lugar en la categoría de jóvenes pintores de la Bienal de Pintura José Atanasio Monroy (2014).

La maestra Arcelia aún trabaja en Autlán y la niña Sofía ahora es una joven universitaria. Yo: Yo soy una sierpe en movimiento que a ritmo de blues está cambiando de piel.

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En la escuela, la maestra les pidió que llevaran una cooperación de diez pesos pues al día siguiente visitarían la tienda de animalitos “La Nao”. Lo ideal hubiese sido visitar un acuario, según lo marcaba la actividad del calendario escolar del 1º de primaria, pero el pueblo no contaba con acuario, por lo que los maestros decidieron hablar con los propietarios de la única tienda donde vendían peces vivos y así poder cumplir con la actividad.

Del grupo de 17 pequeñines, sólo 9 asistieron ese viernes por la mañana con sus diez pesos. Impacientes como son la mayoría de los niños (y eso tienen que en-tenderlo los adultos), esperaron a que apretujados los subiera la maestra a su camioneta rumbo a la tienda de animalitos.

Compraron los pececillos no sin que antes la maestra les explicara que esos peces podían vivir muchos muchos años en pequeñas peceras a diferencia de los grandes peces de los ríos y los mares. Alejandro dijo que él había visto una ballena con sus papás cuando fueron a Puerto Vallarta en una lancha y que era el pez más grande que había visto su mamá.

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Después de las explicaciones de la agradable muchacha que despachaba en la tienda, cada niño se llevó un pez en una pequeña bolsita de plástico, llegando a la escuela lo depositaron en una pecera grande, en la cual todos se revolvieron, eran de la especie subyucos o comalitos, caracterizada porque vivían muchos años.

La maestra acordó que los 9 niños que habían comprado su pececillo, tendrían que alimentarlos durante una semana en la pecera de la escuela, cuidarlos, hablar con ellos y procurar que los conocieran. A la semana se los llevaría cada quien a su respectiva casa.

La tarea era complicada pues todos los pececillos eran casi iguales, los subyucos o comalitos como les decían popularmente, eran de color azul en el lomo, la panza naranja y grandes orejas moradas. Sus ojos verdes parecían un par de semáforos en siga.

El lunes que llegaron, asombrados vieron que sólo quedaban 8 pececillos vivos, la maestra les explicó que se le hacía raro, pues la muchacha de la tienda les había dicho que eran especies muy resistentes, los pequeños entendieron que la vida y la muerte están siempre presentes. Se fue el cielo, dijo Valeria, — Al mar—, respondió Luis. Sin embargo, a los pocos minutos, surgió un pequeño problema, ¿a quién pertenecía el pescadito muerto? Todos los niños decían que el suyo era uno de los siete que quedaban vivos.

La maestra lo resolvió con una pequeña “trampita”, por la tarde pasó a comprar otro pescadito y al día siguiente sin que los niños vieran, lo puso en la pecera.

El martes temprano, conforme iban llegando al salón, los niños le hablaban a su pez y le preguntaban cosas como ¿tienes hambre?, ¿qué tal dormiste?, ¿los pescaditos sueñan?

Cuando se completaron los nueve peques que ha-bían comprado pez, la maestra los dejó que solitos des-cubrieran que no hacía falta ninguno.

De pronto Alondra dijo: —maestra el mío se había muerto, pero se me hace que volvió a nacer, pues ayer no lo vi… pero mire… creo es ése— los demás acercaron temerariamente la nariz a la pecera con asombro para ver al resucitado.

Conforme transcurría la semana era notorio que aumentaba la emoción de los niños que cuidaban a sus pe-ces, cada uno de ellos aseguraba identificar al propio. Quienes no habían comprado el suyo, sólo observaban con cierta dosis de envidia o tristeza a los demás.

Así que el viernes media hora antes de salir, la maestra repartió nueve bolsitas con la mitad de agua, dejó que cada niño y niña escogieran el suyo. Salvo Fernanda y Martita que por un momento escogieron al mismo, los demás tomaron al primero que se dejó atrapar, convencidos de que esa era el suyo.

II

A Sofía le tocó uno que parecía tener un especial tono de color naranja, llegó con su pececillo vivo a casa repitiendo las instrucciones escuchadas a su maestra: cámbienlo a una pecera, que sus mamás les busquen donde ponerlo…y denle de comer, acuérdense que la vida necesita de cuidados, alimentos y mucho amor. … ¿qué nombre le pondría?… como estaba panzoncito igual que su papá le pusieron Globito.

Globito duró casi un mes vivo, y su papá le decía…

¿todavía estás vivo Globito?, a manera de preparar a su hija ante la inevitable muerte del pez.

Pero la niña siempre decía: Globito va a vivir hasta

 que yo sea grande, la maestra dijo que duran muchísimo.

Sofía hizo propia la frase del papá y a manera de broma cuando llegaba de la escuela la repetía acercando mucho su cara a la pecera… ¿todavía esstásss vivo Globito?

Globito se había ganado el cariño y respeto de todos, tenía sus gracias. Cuando veía que alguien se acercaba a la pecera, se agitaba y brincaba como una diminuta ballena pidiendo comida, aunque habían dicho que sólo le dieran de comer una vez, el papá, la mamá o la misma Sofía, le daban de comer cada que Globito se agitaba pícaro y enérgico pidiendo comida.

Una noche, abrumado por los problemas cotidianos, el papá se acercó a la pecera buscando un poco de alivio, observó que el pececillo flotaba suavemente y sin aliento de vida. Había muerto. Lo observó con detenimiento un largo rato. No más globito… su hija lo lamentaría. Sentado, en la sala de su casa, en medio del insomnio y modorra, decidió hacer algo ante la muerte de Globito. El mismo truco que había hecho la maestra: compró temprano otro pescadito igualito a Globito y lo metió a la pecera sin que nadie se diera cuenta.

III

Al día siguiente cuando Sofía regresó de la escuela, el nuevo Globito se paseaba veloz por la pecera, —Hola Globito—.

IV

Y es que Globito estuvo ahí desde que regresaba de mis clases en la primaria. Globito estuvo cerca de mí cuando me fracturé un brazo jugando basquetbol. Mi pececillo estuvo cerca cuando crecí y fui a la secundaria.

Globito estuvo el día que reprobé una materia en la prepa y tuve que repetir el curso. O cuando falleció mi tía Esther y mi mamá lloró mucho.

Ahora que mamá y papá ya no están conmigo, que mi cabello es blanco y camino despacito porque soy una viejita, he llenado las cuatro paredes de mi casa con enormes peceras donde cientos de Globitos se pasean de un lado a otro sin cesar, pues ahora sé que para que nunca se acaben las ilusiones…todos necesitamos de peces globitos. Ahora, también sé que Globito es inmortal.

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Historiador y escritor. Ha publicado en diversas revistas, medios y modalidades. Es profesor investigador titular de la Universidad de Guadalajara.

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