Integré la escolta en la primaria y en la secundaria. Nunca fui abanderado porque mi calificación nunca fue perfecta, pero solía ser el integrante que daba las órdenes: «¡Paso redoblado, ya!». Me emocionan genuinamente los honores a la bandera, lo mismo en escenarios majestuosos como el Zócalo de la Ciudad de México con personal militar arriando la bandera monumental, o en las sencillas y rutinarias ceremonias de los lunes en el patio cívico de la secundaria.
Ya de adulto, he tenido el privilegio de entregar la bandera a la escolta: en la escuela, cuando la directora me lo permitió un par de veces, y otra, como integrante de la Junta Patriótica de Autlán, en un escenario más grande que me puso más nervioso. Y creo que esa es la palabra clave: privilegio.
La reflexión viene a cuento porque en las últimas semanas se ha discutido una noticia que se difundió sin filtros: la prohibición de integrar escoltas con estudiantes con los mejores promedios, debiendo ser rotativa y sin criterios excluyentes como las calificaciones. Aquí vale la primera aclaración: la medida no es de la SEP ni deberá aplicarse en todo el territorio mexicano, está restringida a la Ciudad de México. En el resto de los estados, y eso incluye a Jalisco, no hay ningún cambio.
La medida viene de una idea que no es nueva. Hace 36 años, México firmó en Jomtien, Tailandia, el acuerdo promovido por la UNESCO titulado «Educación para todos». A lo largo de los años se reflexionó sobre las barreras que limitan el cumplimiento de esta idea. Algunos ejemplos nobles son: construir escuelas donde no las había, luchar para que las niñas vayan a la escuela incluso en zonas donde la religión lo prohíbe, favorecer la formación de los docentes para que las clases valgan la pena. Sin que sea una tarea cumplida, ha habido avances.
Esa idea original, de educación para todos, también empezó a observarse en las aulas, donde se encontró discriminación por razones de género, de raza y de condición económica, y se hacen muchos esfuerzos para que las experiencias de aprendizaje respeten la enorme diversidad del aula.
Pero en algún momento, se juzgó que la discriminación podría llegar por calificaciones y que a quien le va bien y recibe cartas de felicitación, aparece en el cuadro de honor, recibe premios o está en la escolta se le genera una distinción incompatible con la idea original, firmada hace 36 años, de que la educación es para todas y todos.
Hay mil factores que influyen, pero sacar una buena calificación también demanda esfuerzo y elegir poner atención o hacer la tarea en lugar de distraerse o tirar flojera. Vislumbrar un privilegio al que puedo acceder como fruto del esfuerzo es un aliciente para realizarlo.
Aristóteles decía que la virtud está en el punto medio. La valentía está igual de lejos del miedo paralizante que del que se avienta sin ver. En Jomtien, se soñó con una educación para todos, pero quizá es momento de reformular la idea de que el paso redoblado, la posibilidad de avanzar, ha sido un privilegio de quien decidió empujar, animar, trabajar, porque sin alicientes, sin premios al esfuerzo, lo que se genera es una formación que no sale del firmes y del alto.





