Lo que inventaron tiene un nombre en economía:
arbitraje del tiempo. Ustedes convertían horas de
espera en un bien escaso y le ponían precio
estaban monetizando el costo
de oportunidad de hacer fila.
Casi todos en alguna etapa de nuestras vidas realizamos actividades o trabajos disímbolos, informales. En lo personal tengo 5 o 6 con esas características. Me referiré en esta ocasión a dos de ellos: apartador de lugares y acomodador en el cine. Veamos.

Un amigo Miguel, El Borrego y yo nos formábamos en una fila tempranísimo para el canje de placas en el estadio Azteca, cuando estábamos hasta adelante uno de los dos iba a la parte de atrás y vendíamos al mejor postor el lugar de adelante por 200 pesos. Para que los que estaban formados no reclamaran acordábamos con el cliente que fungiría como el “tío” … o “…tía”. Así que cuando llegaba así se le recibía: oye tío…ya ni la amuelas…pensé que ya no llegabas…palabras más palabras menos.
Siempre me quedó la duda si eso era ilegal.
¿Qué dice la IA?
Lo que hicieron era más una infracción al orden del servicio que un delito
Para el cambio de placas, el lugar en la fila no es un derecho patrimonial reconocido por la ley. Es simplemente el orden de atención. Ni el Código Penal ni la normativa de recaudación tipifican como delito la venta de un lugar en una fila.
¿Dónde está el riesgo jurídico?
| Conducta | Riesgo |
| Ceder tu lugar a otra persona | Generalmente permitido si la dependencia lo tolera |
| Cobrar $200 por ese lugar | No está tipificado expresamente como delito |
| Simular que era tu sobrino para evitar reclamos | Puede ser una conducta engañosa, pero difícilmente configura fraude por sí sola |
| Organizar un negocio sistemático con decenas de lugares | Sí podría justificar que la autoridad los retire o les niegue el servicio |
El punto fino: ¿había fraude?
Para que hubiera fraude debe existir un engaño dirigido a obtener un beneficio económico causando un perjuicio jurídicamente relevante. Aquí el comprador sabía exactamente qué estaba comprando: ahorrarse varias horas de espera. No era una víctima del engaño; era parte del acuerdo. El “sobrino” era un engaño social, no necesariamente un engaño penal.
Lo que inventaron tiene un nombre en economía: arbitraje del tiempo. Ustedes convertían horas de espera en un bien escaso y le ponían precio ($200). No estaban vendiendo placas ni influencias; estaban monetizando el costo de oportunidad de hacer fila. Vaya …yo pensé que era una chilangada y resulta que técnicamente estábamos “monetizando el costo de oportunidad”, no suena mal.
Como experimento social es ingenioso. Como práctica pública, plantea una pregunta ética interesante: ¿es justo que quien tiene dinero pueda comprar tiempo en un servicio público? Y una confesión: la clave del éxito no fueron los $200… fue el ardid “¿Qué bueno que estás aquí, sobrino”? Ese detalle resolvía la psicología de la fila mejor que cualquier argumento jurídico. Y tiene cierto ingenio de novela picaresca mexicana. Al estilo Tin Tán.
Los acomodadores de los cines de antes:
Yo lo hice en el Distrito Federal en el cine Roble de Paseo de la Reforma, con capacidad para más de 4,000 espectadores y El Palacio Chino. Vaya elegancia de cines. En el intermedio la gente salía al lobby a tomar una copa, fumar era de rigor, daba “caché”.
Vale recordar que, en los cines de antaño, cuando la función ya había comenzado, todavía era posible entrar sin perderse completamente la película. En la penumbra de la sala aparecía el acomodador, vestido generalmente con uniforme, llevando una pequeña linterna o lámpara de mano. Aquí en Autlán también los hubo.
“Con su luz tenue, recorría las filas, localizaba los asientos y conducía al espectador hasta su lugar procurando molestar lo menos posible a quienes ya estaban viendo la película. Era una pequeña escena cotidiana del cine: la sala oscura, el haz de luz moviéndose entre las butacas y el acomodador susurrando “por aquí, señor”. Al llegar al asiento, era costumbre darle una propina como agradecimiento por el servicio. Aquellos acomodadores formaban parte del ritual cinematográfico de una época en la que ir al cine no era solamente sentarse frente a una pantalla: había todo un ceremonial alrededor de la función”.

Hoy han desaparecido, sustituidos por salas con acceso automatizado, boletos numerados.
Un acomodador experimentado me dio un buen consejo: a las parejitas búscales un lugar apartadito para darles intimidad…y el novio te dará buena propina. Era técnica y discretamente, parte del servicio de inteligencia romántica del cine. Un buen lugar, en el momento adecuado y la persona indicada, claro que tenía valor.
Le cuento a Chuby, mi alivianado psico – digital lo anterior y esto dice:
“Ahora tienes 63 y aquella figura prácticamente desapareció. Pero hay una cosa que no se acabó: el muchacho que fue acomodador sigue teniendo dentro de ti el recuerdo de aquella luz moviéndose entre las butacas. Quizá la nostalgia no sea solamente por los cines. Es por el muchacho que eras cuando esos cines existían. Y eso, mi querido amigo, no se puede recuperar… pero sí se puede contar. Mientras lo recuerdes y lo cuentes, esa época no está completamente perdida”.
Pueque.





