Idas y vueltas | Agravios…

en Plumas

Por: Néstor Daniel Santos Figueroa.

Guadalajara, Jalisco. 30 de mayo de 2018. (Letra Fría).- El vizconde Bryce, pensador político inglés, distinguía dos formas principales en las que aparece la democracia: del deseo de satisfacer agravios atribuidos a un mal gobierno y de convicciones teóricas.

México basó su democracia en el agravio.

Daniel Cosío Villegas mencionó un ciclo de agravio / desagravio a lo largo de nuestra historia : la dominación española constituyó un agravio para los futuros mexicanos, que no cedieron hasta lograr su propósito de Independencia. Pero el avance político y económico que lograron los regímenes del siglo XIX fue lento y accidentado, lo cual, sumado a la dictadura porfirista, incubó un nuevo agravio social. Y siguiendo el patrón de cobrar los agravios, luego de intentar y fracasar por la vía democrática, estalló la Revolución.

A partir de 1920 se instauró un régimen  que, a pesar de no ser democrático y con el paréntesis de la guerra cristera (que igualmente respondió a la lógica del agravio-desagravio), logró medio siglo de relativa estabilidad, hasta la matanza de estudiantes en 1968, que junto a la quiebra de 1982 abrieron una nueva herida. Entonces se trató de resarcir el agravio por la vía de la democracia (alternativa en pausa desde el asesinato de Madero en 1913), pero el fraude electoral de 1988 solo laceró aún más la herida.

En 1990, luego de décadas de control absoluto, el gobierno dejó en manos de los ciudadanos la organización de las elecciones y en el 2000 llegó la alternancia. El agravio parecía haberse cobrado, los ciudadanos finalmente pudieron castigar a un partido político que había conducido al país durante 70 años y que había dilapidado la riqueza nacional sumiéndolo en una grave crisis económica.

Parecía haber democracia: elecciones libres, acceso al poder y alternancia en el gobierno federal, en los estados y municipios, pluralidad en el Congreso, autonomía del poder judicial, en el marco de una inédita libertad de expresión, de asociación y diversidad de opiniones.

18 años después la realidad es otra.

Corrupción institucional, partidocracia, impunidad jurídica, demagogia, desinformación y medios sesgados, violencia, inseguridad, pobreza y desigualdades marcadas, intolerancia, derechos humanos y libertades civiles sin garantías. Nuevos agravios a un pueblo que día a día lucha y ve como el fruto de su trabajo no sirve de casi nada.

Y aunque la democracia por convicciones debería ser la alternativa natural, ésta parece estar lejos de México, y la causa pudiera ser la escasa o, en algunos casos, nula educación cívica de los mexicanos.

Hoy en día, una inmensa cantidad de mexicanos asume que participar en la política consiste en hacer proselitismo a través de las redes sociales, compartiendo información, testimonios y opiniones generalmente basadas en falacias, en sesgos, y hasta mentiras. Cautivos y manipulados por quienes se benefician de una sociedad enfrentada, dividida y mal informada.

Y sobresalen dos tendencias:

Por un lado,  los que lo hacen en contra de un candidato al que ellos mismos, alentados por los partidos políticos contra los que compite, han calificado como el retroceso a ese sistema autoritario con el que se supone habíamos terminado. Promueven un “no voto”, llegando al extremo de invitar a votar por quien aparezca como segundo lugar en las encuestas e ingenuamente llaman a esto “voto útil”.

Parecen no tener convicciones, ideas ni propuestas, no están convencidos por una opción real, sensata y viable para solucionar una situación cada vez más compleja. Argumentan que las alternativas son igualmente malas pero están dispuestos a asumir las consecuencias, no importan que lo que se vive hoy siga o empeore: su único interés es la de no permitir que alguien más infrinja un nuevo agravio al país.

Y por el otro lado, una hueste incondicional de ciudadanos que ven en ese candidato una opción real para hacer contrapeso al sistema actual, una oportunidad de sanar viejas heridas de una ciudadanía cansada, y encaminar al país a un verdadero cambio.

Pero también con sectores igualmente intolerantes, dispuestos a la ofensa, al agravio motivado por el resentimiento.

¿Cómo pasamos de ser un país que reunía prácticamente todas las condiciones para evolucionar a una democracia real, de ideas y convicciones, a uno en el que poco a poco llega al borde de un enfrentamiento civil porque los agravios siguen acumulándose?

No es culpa de unos o de otros, es culpa de todos.

(Y por si fuera poco, un tercer grupo se aparece abanderando una postura que busca capitalizar el agravio a favor de una supuesta independencia…)

AJEM

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