/

Las antiguas fiestas de mi pueblo | Desde El Llano rulfiano

José de Jesús Guzmán Mora, cronista de San Gabriel, Jalisco, en su Columna Desde El Llano rulfiano, escribe acerca de la gastronomía, la administración municipal, las fiestas patronales, las fiestas taurinas, las costumbres y las tradiciones, sucesos enmarcados en el año de 1913 en el pueblo gabrielense, así como la gran erupción del Volcán de Colima.

Por José de Jesús Guzmán Mora, Cronista de San Gabriel, Jalisco.

-I-

Anuncios

Autlán de Navarro, Jalisco, 19 de junio de 2022. (Letra Fría). El calendario marcaba el primer día de enero de 1913, San Gabriel y sus habitantes despertaban en año nuevo, con un clima frío, sabroso, que invitaba a continuar debajo de las cobijas; las cocinas olorosas a encino, a café de olla aderezado con canela, provocaba que sus habitantes se levantaran como siempre, muy de madrugada, para iniciar las labores cotidianas. Muchos de ellos, después de desperezarse y saborear su cafecito, acudían a misa primera oficiada por el Señor Cura don Gabino Velasco, párroco que se había ganado a pulso el cariño de la gente desde su llegada cuarenta y tres años atrás, y por lo tanto, ya anciano con setenta y seis abriles a cuestas, se encontraba enfermo desde dos meses antes; en el recinto del templo dedicado al Señor de Amuladirigía a los feligreses, sin saberlo, sus últimas homilías. Era auxiliado eficazmente por los vicarios el Padre don Gerardo Martínez Cárdenas, J. Guadalupe Palos y Andrés Arias. 

Las mujeres de este pueblo y de algunas haciendas cercanas como La Guadalupe, La Quinta, La Sauceda, El Jazmín, Telcampana y Totolimispa, se afanaban en la cocina por preparar el chocolate en agua para acompañarlo con empanadas, los tamales de carne con chile rojo, las enchiladas dulces rellenas de carne de cerdo, los sopitos, las tortitas de chinchayote, la carne con chile, los frijoles fritos con manteca, los tacos de camarón que siempre se acompañaban con pulque, la calabaza cocida con piloncillo para tomarla con leche recién ordeñada. También elaboraban queso, panela y requesón. No faltaban los dulces hechos en casa, los chongos, o cajetas de leche, el arroz con leche, el guayabate y los camotes tatemados.

Era común degustar en aquellos tiempos el pepián, el mole dulce, el menudo, las tortillas calientitas, se preparaban los “calmantes” con los chicharrones de puerco, se “hacían las once” con el sabroso ponche de granada o de arrayán, se disfrutaba del mezcal de las tabernas del pueblo y se acompañaban estas bebidas con una botana a base de rodajas de naranja, pepino y cebolla, aderezadas con sal, limón y chile verde serrano al que le llamaban “pico de gallo”.

Ese mismo día en las oficinas municipales, situadas en la antigua Calle Juárez, hoy Mariano Morett, (sede de la actual Casa de la Cultura) tenía lugar la toma de posesión del nuevo Ayuntamiento, todos los interesados estaban citados para las diez de la mañana. 

Las elecciones municipales se habían efectuado el tres de noviembre del año que recién acababa de terminar. 

Poco a poco fueron llegando a la cita los funcionarios que cesaban en sus cargos, y que durante un año estuvieran al frente de la Administración Municipal, tales como don Maximiano Trujillo, quien era el Presidente Municipal saliente y los munícipes Donaciano Ochoa, el comerciante Cecilio Contreras, Felipe Covarrubias, Gregorio G. Figueroa, Albino Covarrubias y Eduviges Rodríguez. También se encontraban en el recinto quienes tomarían posesión de su nueva encomienda como Manuel Michel Zamora, Amador Morett, Enrique Villa González, Andrés Trujillo Villa, Edmundo Villa Michel, Mariano Morett y Nazario C. Ayala, que ostentarían el cargo como propietarios; estaban también los suplentes don J. Trinidad Arámbula, el hacendado Gerardo Zepeda Villa, así como el Profesor Ignacio Álvarez, Florencio Figueroa, Salvador E. Rojas, Mauricio Trujillo y Salvador Ramos Aréchiga y los Alcaldes suplentes J. Lucio Sedano Montenegro y J. Jesús Trujillo. 

Después de la consabida toma de protesta don Maximiano Trujillo, les dirigió a los nuevos miembros del Cabildo las siguientes palabras:

“Señores:

Entráis en legítima posesión de vuestros cargos, que el mismo pueblo espera ansioso que desempeñareis dignamente con la caballerosidad, honradez y equidad que os caracteriza, para corresponder debidamente á la confianza con que os ha honrado. En tal virtud quedan Ustedes en ejercicio de sus cargos”.

Después de nutrido aplausos, abrazos de felicitación y el deseo de que todo marchara en favor del progreso del pueblo gabrielense, se brindó, y todos se retiraron, no sin antes, comprometerse a estar presentes para designar a quien ostentaría el cargo de Presidente Municipal y asimismo hacerse cargo de las Comisiones respectivas; se citaron para las ocho de la noche del día siguiente. Puntuales a la citada, acudieron los recién juramentados, quienes puestos de acuerdo designaron y fueron aprobados para cubrir los siguientes cargos y comisiones:

  • Enrique Villa González, Presidente Municipal, instrucción pública, caminos, puentes, licencias y estadística.
  • Nazario C. Ayala Palafox, Vicepresidente, fontanería e higiene.
  • Amador Morett Villa, diversiones, ejidos y mostrencos.
  • Edmundo Villa Michel, plaza, aseo, ornato y alumbrado. 
  • Andrés Trujillo Villa, obras públicas y cárceles.
  • Manuel C. Michel Zamora, hacienda, jardines y panteones.
  • Mariano Morett Villa, abasto y estilo. 
  • Eduardo Díaz Santana, Secretario de Ayuntamiento.

Una vez dadas las respectivas comisiones se procedió a revisar la correspondencia, dándose cuenta a la corporación de un ocurso en el que “… los señores José D. Fregoso, Julio Pérez y Sabino Aguilar en esta fecha, solicitan de este Ayuntamiento licencia para nueve corridas de toros a partir del día 20 al 29 de los corrientes, eligiendo el local dela plazuela del frente del Santuario de esta ciudad”.

Dicha licencia les fue concedida sujetándose a las instrucciones del Comisionado de Diversiones don Amador Morett, un hombre cordial, alto, robusto, con la cabeza rapada que tenía facilidad de palabra. Cabe agregar que el puesto de Director Político y encargado del Registro Civil era ocupado por don Salvador E. Rojas; este personaje preocupado por las circunstancias por las que atravesaba la población enviaba, al Jefe Político de Sayula,  el siguiente telegrama:

“De Tonaya, dícenme que no saben con seguridad en donde se encuentran bandidos; que rumorase por una parte, andan por “El Palmar”, y por otra parte que merodean cerca de Apulco con el fin de asaltar a don Carlos Vizcaíno para que les entregue un dinero que le exigen. Lo digo a Ud. en contestación a su telefonema de hoy”.  

Salvador E. Rojas. Enero 8 de 1913.

-II-

En aquella primera semana de enero, aun cuando los disturbios de la Revolución Mexicana ocurrían frecuentemente, todo parecía en calma; sin embargo, llegado el primer domingo de enero, los gabrielenses se despertaron con una desagradable noticia: los malestares que aquejaban al párroco desde hacía dos meses, se agravaron enormemente, por lo que falleció el domingo 5 de enero de 1913; inmediatamente las campanas de la parroquia tocaron de duelo y toda la comunidad se volcó a dar el último adiós a su amado párroco. 

La comunidad de fieles cristianos lloraron por varios días la irreparable pérdida de su queridísimo párroco, que fue despedido por una enorme multitud vestida de luto, ríos de gente acompañaron al féretro entre oraciones, letanías y cánticos, quien fue sepultado en fosa de primera clase en el Cementerio Municipal. Por lo tanto, las fiestas patronales de ese fatídico año, se vieron ensombrecidas por el dolor causado a los fieles por la partida de quien los acompañó en sus tristezas y alegrías por cerca de cuarenta y tres años. 

Lentamente fueron pasando los días, la población rezaba fervorosamente durante el novenario, dedicado al Cura recién fallecido, que se entrelazó con el de las fiestas religiosas dedicadas al Señor de Amula. De forma interina el Padre Vicario don Andrés Arias ocupó la vacante dejada por el inolvidable señor Cura Velasco. 

Señor Cura don Gabino Velasco. Foto archivo.

En el Arzobispado de Guadalajara, pronto se tomó la determinación de enviar un sustituto, en calidad de interino, a la “importante parroquia de San Gabriel”, por lo que el día diez mediante un ocurso, se le comunicó al Padre Abundio Anaya Anaya, Párroco titular de Tizapán el Alto, Jalisco, que dejara todo debidamente organizado para que de manera inmediata tomara posesión del curato gabrielense; su llegada ocurrió el sábado dieciocho, día de la Víspera de las festividades patronales y fue testigo de la enorme veneración que los fieles le prodigaban al Señor de Amula.

Para olvidar un poco el trago amargo que les produjo a los gabrielenses la ausencia de su venerable guía y pastor, los habitantes trataban de sumirse en las festividades religiosas. En aquel año de 1913, la fiesta principal se llevó a cabo, como tradicionalmente se ha hecho desde 1873, el tercer domingo de enero, que estaba señalado como domingo diecinueve.

-III-

Por aquellos tiempos San Gabriel era una ciudad sana, próspera y alegre, los comercios de ese tiempo ofrecían productos de primera calidad y de muy diversa índole, tales como zapatos, abrigos, rebozos, casimires, paraguas, máquinas de coser y loza fina de porcelana. Había imprenta, telégrafo, teléfono y una compañía de teatro.

Tenía orgullo y se ufanaba de ello, era un lugar limpio, con sus calles todas empedradas, que lucían como verdaderas obras de arte, gracias a que el acomodo de las rocas formaban dibujos con sus redondas piedras, colocadas en un lugar debidamente planeado, limpias de yerbas en sus junturas, pues todos los días una cuadrilla de peones se dedicaba a mantener libre de zacate los empedrados. Su extraordinario kiosco, situado en el centro de la gran plaza, le daba aires de grandeza. Aunque en aquellos tiempos no había el servicio de agua en cada domicilio, había una gran variedad de flores en sus plazas y jardines, ya que el agua corría por acequias, bien construidas a lo largo de las principales calles, junto a las aceras.  

El júbilo se desbordaba en la última semana de enero, tiempo en el que se celebraban, como en la actualidad se hace, las tradicionales fiestas de enero o la función. Esta hermosa fiesta era la ocasión propicia para echar “la casa por la ventana” en todos los niveles sociales. 

Las familias adineradas de aquellos tiempos, como los Soto, los Villa, los Michel, Fregoso, Zepeda, Curiel, Ochoa, Arámbula, Figueroa, Trujillo, Guzmán, Morett, Pinzón, Montenegro, Vizcayno, Montes de Oca, Rodríguez, Dávalos, Corona, Rosales y muchas familias más, estrenaban lujos importados de Guadalajara o de México, aprovechando la ocasión para rivalizar entre sí, en todo aquello del buen gusto, el lucimiento y hasta del costo de las prendas que vestían.

Desde el año de 1865 se había realizado el juramento para celebrar  anualmente una fiesta religiosa a la que llamaron la función en honor del Señor de Amula. Las peregrinaciones de cada barrio resultaban una competencia, sobre todo en lo que a lujo y presentación se refiere, pues todo mundo deseaba agradar, como fuese posible al Señor de Amula. 

Estaban presentes la chirimía, con su notable tamborcillo; la danza de sonajeros encabezado por el clásico “viejo de la danza”, que hacía las delicias de la chiquillada; las andas o carros alegóricos, cuyos personajes de algún pasaje bíblico, eran transportados en carretas bien adornadas; no podían faltar los cohetes y la banda de música de Tuxpan; allí estaba presentes las damas beatas de la Asociación de Hijas de María, fundada desde 1882, encabezadas por su mesa directiva compuesta por la señorita Teófila Morett, Elena de J. Ramírez, Ma. Guadalupe Rojas y la Maestra Pudenciana Cervantes, conducidas por el Padre Andrés Arias, director de la asociación. Acudían a misa, para culminar la peregrinación.

Una vez terminado el Sermón, (escribe José Mojica en su autobiografía):

“… la gente se congregaba en la plaza bajo los arcos de los Portales Zaragoza y Corona, para disfrutar de la quema de un vistoso castillo. Apenas cabe en el kiosco del jardín la banda de Tuxpan; está en su apogeo la serenata, grandes candiles de petróleo o pequeñas bujías, a manera de focos, iluminan la noche, y la plaza se encuentra colmada de parroquianos”.

“Cada clase social ocupa su lugar. Las familias ricas pasean en la glorieta central que circunda al kiosco, allí no se ven sombreros de ala ancha, sino bombines y fieltros. Los caballeros con bastón y trajes oscuros; las mujeres con sombrero, deformadas por el corsé que les hace lucir una “cinturita de avispa”. 

“Fuera de la glorieta, está la clase media, que no se atreve a transgredir el primer anillo; más afuera, y en derredor en calles y banquetas, se encuentran los pobres, los rancheros, los jornaleros, éstos andan con la mayor naturalidad, sin fórmulas ni etiquetas; las mujeres con rebozo de seda o de hilo, los hombres con calzón ancho, de manta, y ceñidor rojo o azul atado a su cintura, complementan su vestimenta con un sombrero de palma; todos en su respectivo círculo caminan, hombres y mujeres, en sentido contrario, mientras la banda deja oír sus lastimeras notas. Todavía falta tiempo para que enciendan el castillo, hay tiempo de cenar sopitos, enchiladas, y todo tipo de antojitos mexicanos en los puestos colocados frente al portal”.

Kiosco en San Gabriel y personajes siglo XX. Foto archivo.

“Los mecheros iluminan los manteles blancos, las charolas colmadas de enchiladas dulces y los braseros que se calientan; puestos en un comal, los sopes de picadillo, de chorizo y longaniza, sobre los que -hábiles manos- ponen queso, cebolla, rábano y lechuga picadas; o bien, se fríe el pollo cocido que, al contacto con la manteca caliente, produce un ruido y un vapor que despierta el apetito”.

“El puesto más iluminado, más limpio y concurrido, es el que atienden tres jotos venidos de Guadalajara, (y de cuya notoria presencia ningún pueblo se escapa), quienes llaman la atención por su indumentaria y modales, su lenguaje y su amabilidad excesiva, la prontitud con que sirven y cocinan. Son todo un espectáculo. La gente los mira y se burla de ellos porque visten camisa de tela traslúcida y bordada, su peinado también es muy singular”.

“La banda de música no cesa de tocar y los cohetes de trueno y de luces surcan el cielo para perderse tras las torres del templo o entre la multitud de gente que grita y se arremolina; prenden el castillo, que despide relámpagos, humo, chispas y luces de diferentes colores. Todas las miradas están atentas al castillo del que se desprenden cascadas de luz, huele a pólvora y el humo invade la plaza, tras de aquella fiesta de luces, los mecheros son tristes bracitas que apenas se distinguen en medio de la oscuridad que invade hasta el último rincón del pueblo. La plaza se va quedando sola; mañana será otro día”.

“La función de enero termina con grandes ceremonias religiosas, allí está el coro, en el púlpito el Padre Palos que con su bella voz dice un extraordinario fervorín hace llorar a los fieles, de quien se dice que “es muy bueno” y con sus palabras “conmueve a la gente”.

“En el plano de las fiestas profanas, los hombres durante “sus famosas corridas de toros”, vistiendo hermosos trajes de charro y sombrero, montando los mejores caballos, se dejaban llevar de un lado a otro por las bien empedradas calles; allí se podía ver a don Jacinto Cortina Rivera, el barbado dueño de la hacienda de Telcampana, a don Gerardo Zepeda Villa, patrón de la hermosa y bien iluminada hacienda de La Quinta, montado en su hermoso retinto apodado “El bandido”. 

“Estos personajes eran, entre muchos otros, quienes encabezaban el convite previo al toro de once, en medio de tronar de cohetes y tamborazos de la banda de música, todo era animado con buenos tragos de raicilla, ponche de granada, de arrayán o tamarindo, o de dulce agua miel, que era transportada en bules o en balsas. Durante el recibimiento, hombres y muchachos montan a caballo con sus ponchos atravesados y sujetos al anca de las bestias. Se formaban en fila y marchan hacia la plaza precedidos de la banda de Tuxpan; hay en la plaza muchos puestos de fruta, de nieve, de aguas frescas de limón y jamaica”. 

“Los vendedores gritan sus mercancías, y se oye la chirimía con el tun-tun del tambor de Apango. En las trancas de los toriles están encaramados los jinetes, mientras que las muchachas con trajes de colores y rebozos terciados sobre el pecho, forman vistosos grupos con los hombres de a pie, casi todos de calzón blanco, con sombrero alón, sarape rojo y cuchillo en la faja, todos quieren entrar en la plaza antes que nadie.

Hay un grupo de elegantes charros, bien puestos en sus lucidas cabalgaduras, con sillas repujadas, chapeteadas y bordadas de plata. Sus atavíos son de lo mejor, sobre todo el sombrero con bordados de oro y plata; estos jinetes custodian tres carretas tiradas por bueyes que en el yugo y en los cuernos llevan trenzadas guirnaldas de flores, frutas y papel de china”. “Una de las carretas lleva los premios, para los más valientes jinetes de la fiesta brava, consistentes en moños de seda de colores vivos, con flecos de oro”.

“Otra carreta conduce las banderillas para los toros; ninguna banderilla es igual, todas están forradas con papeles multicolores y festonados de oropel”. 

“En la última de las carretas, decorada con ramas de freno y sabino y un arco de carrizo con flores de papel, va un gran barril de mezcal del que puede beber quien lo desee, pues se reparte gratis en la plaza. Para abrir plaza de alinean en dos filas y la música toca un pasodoble, los que parten plaza arrojan a los tendidos cañas, confites y dulces de fruta cubierta, y todo lo que llevan en sus paliacates anudados por las puntas”.

“El ruedo es una locura, en medio de una gran nube de polvo se pueden distinguir los valientes novilleros, la silueta del toro que hace trizas con los cuernos todo lo que encuentra en su camino; un hombre de a pie, tambaleándose por el mezcal que ha bebido, se acerca agitando su poncho rojo. Es embestido y cae. El toro lo prende de la faja y lo hace volar por los aires”. 

“Los charros siguen haciendo lazos al aire, hasta que prenden al animal por los cuernos. Una vez en el suelo le ponen el pretal y un jinete bien montado y con espuelas, le aguanta varios reparos, enseguida caen -junto con él- su orgullo y su hombría, pero recibe a cambio merecida diana y un nutrido aplauso de la concurrencia que vocifera entusiasmada”. 

“Después del toro de once y ya animados por las abundantes bebidas los gabrielenses se dirigían, por la tarde, en grandes procesiones familiares, a la corrida de toros que habría de tener lugar en aquella placita improvisada con maderos clavados en la tierra, los palcos se arreglaban con tablas y se cubrían con petates; año con año se levantaba esta plaza de toros en las inmediaciones de la Alameda del Santuario o a la orilla del pueblo, por la garita de Jiquilpan”. 

“Los propietarios de las haciendas de la región llevaban sus mejores toros para la lidia que culminaba con la muerte simulada del animal. Eran muy famosas las corridas que tenían lugar los jueves lidiada por los jóvenes, en tanto que el sábado actuaban los viejanos”. 

“La corrida vespertina se inicia con el desfile de la cuadrilla precedida por apuestos charros que caracolean sus cabalgaduras. Suenan cornetas y tambores. Los trajes de los toreros son de colores vivos con negros alamares de seda, traen sus capas terciadas  y caminan al compás de la música. La fiesta termina con grandes emociones, todos en gran muchedumbre caminan hasta la plaza de armas y de allí todas a sus casas, la fiesta continúa”. 

Hasta aquí lo escrito por fray José Mojica.

En ese año de 1913 fueron nueve corridas de toros, organizadas, como ya se dijo, por los señores Fregoso, Pérez y Aguilar; también se organizaban, bailes populares,  carreras de caballos, jaripeos, peleas de gallos y la consabida verbena popular.

Acabadas las fiestas la rutina vuelve al pueblo y a las familias que lo habitaban.

Las fiestas de enero tienen una tradición de más de 150 años, tienen un origen religioso que, poco a poco, se fueron convirtiendo en profanas a fuerza de salir a la calle, a la luz del Sol y la alegría del aire, como escribiera el paisano Manuel Zepeda. 

Fiestas taurinas a mediados del siglo XX. Foto archivo.

-IV-

Durante el desarrollo de la primera corrida de toros, la del día veinte de enero del multicitado año de 1913, en la placita improvisada en terrenos de La Alameda frente al templo del Santuario, “… alguien que estaba ahí, se dio cuenta de que su ropa se estaba cubriendo de un polvillo fino y claro”.

Era una fiesta en la que departían las familias de don Maximiano Trujillo, Donaciano Ochoa, Cecilio Contreras Tadeo, dueño de la tienda mixta “El amigo del pueblo”; Felipe Covarrubias, Gregorio G. Figueroa, Albino Covarrubias y Eduviges Rodríguez. También se encontraban en esa tarde de toros don Enrique Villa, don Manuel Michel Zamora, Amador Morett, Andrés Trujillo, Edmundo Villa Michel, Mariano Morett y Nazario C. Ayala, don J. Trinidad Arámbula, el hacendado Gerardo Zepeda, el Profesor Ignacio Álvarez, Florencio Figueroa, el Director Político Salvador E. Rojas, Mauricio Trujillo, Luis Díaz-Santana, Antonio C. Preciado, Pancho Sedano y Salvador Ramos Aréchiga.

No podían faltar don Lucio Sedano M., J. Jesús Trujillo y los empresarios de esas fiestas el Profr. Evaristo F. Guzmán, Director de la Escuela “La Purísima” y su esposa doña Octaviana Montenegro, don Juan C. Zepeda propietario de la “Botica de la Salud”, don José Virgen Rubio dueño del “Hotel Central”, don Severiano Soto, comerciante del gran almacén de ropa y abarrotes “La Exposición Universal”, don Ignacio Sedano dueño de “El Pabellón Mexicano” y don Primo F. Villa comerciante y dueño de la céntrica tienda “El Siglo XX”, los señores Matías y Juan R. Villa, dueños de una fábrica de piloncillo y de la fábrica de cigarros “La Gabrielense”, y muchos personajes más.

Ese “alguien que estaba ahí…” con rostro desconocido, trató de sacudirse con el pañuelo aquel polvo, pero éste seguía cayendo y aumentaba hasta tornarse molesto. Otro asistente tuvo la misma molestia, y otro, y otro, hasta que a uno de ellos se le ocurrió levantar la vista, y con el asombro dibujado en su rostro observó cómo el Volcán de Fuego de Colima, “…arrojaba por su amplio cráter pavorosas bocanadas de fuego y lava, así como tremendas nubes de ceniza clara, que caía suavemente pero en alarmante cantidad”.

Manolas y chambelanes en las fiestas tarinas de
San Gabriel, Jal., en 1935. Foto archivo.

Inmediatamente corrió entre los presentes la voz de alarma, “… la corrida se suspendió y todo mundo se puso a cubierto”. Esa lluvia de ceniza, causó grandes daños en siembras y ganado, y en no pocas habitaciones de los más humildes. 

Según el vulcanólogo José Luis Macías, dicha erupción fue…

“La emisión explosiva mejor documentada del volcán de Colima. La erupción comenzó el 17 de enero de 1913 con una serie de explosiones que generaron densas nubes de vapor y ceniza. El 20 de enero la erupción continuó con la formación de una columna pliniana que alcanzó 21 km. de altura. Esta columna provocó una lluvia de ceniza, que en Zapotlán alcanzó 15 cm. de espesor y en La Barca alrededor de 4 cm. según el periódico “El Imparcial” publicado el 21 de enero de 1913. 

Ésta llegó hasta Saltillo a más de 700 km. del volcán. Durante la erupción se produjeron flujos piroclásticos, los cuales fluyeron 15 km. por el flanco sur del volcán, dejando depósitos de ceniza y rocas de 40 m. de espesor. Como resultado de esta explosión, la morfología de la cima del volcán cambió drásticamente, el edificio perdió 100 m. de altura”.

El fenómeno duró por espacio de tres días más, ese año quedó bien grabado en la memoria de las personas, pues además de haberse encenizado el Estado de Jalisco, así como amplias regiones aledañas, trajo como consecuencia una serie de movimientos telúricos.

Pero fuera de la lluvia de ceniza y los temblores de tierra, la vida era animada en San Gabriel, llena de ajetreo y hasta con rasgos de elegancia en ropas domingueras que despedían un fuerte olor a naftalina, portando los adultos aquellos cuellos almidonados que más bien parecían instrumentos de tortura que prendas del buen vestir. 

La gran erupción del Volcán “El Colima”, 1913. Foto archivo.

Durante las noches las familias se reunían en sus casas y organizaban las famosas tertulias, en donde no podía faltar, en la casa de más de un adinerado, el talento y virtuosismo del Maestro don Juan Díaz-Santana, músico extraordinario que hacía las delicias de todos con su inseparable violín. Los principales negocios comerciales que funcionaban en aquella época  eran los de don Severiano Soto, situado frente a la plaza de armas, el de don Primo F. Villa Michel, frente a la parroquia, el de don Eligio A. Fregoso, que tenía una tienda de ropa por la Calle del Santuario, el establecimiento de don Cecilio Contreras en el Portal Degollado al que bautizó con el nombre de “El amigo del pueblo”, la tienda de ropa “Cajón de novedades” de doña Leocadia Morett Pinzón y el de don Ireneo Dávalos que estaba pasando el “Puente Montenegro”.

De pasada, diremos que ese puente y una desilusión amorosa, fueron el tema de inspiración de Juan Díaz-Santana, autor de la hermosa y sentida canción “Rayando el sol”, misma que a la letra dice…

Rayando el sol, me despedí,

bajo la brisa, y ahí me acordé de ti

llegando al puente,

del puente me devolví bañado en lágrimas, 

las que derramé por ti.

Qué chulos ojos, los que tiene esa mujer, 

bonitos modos, que tiene para querer,

que por ahi dicen,

que a mi me robó el placer,

ay que esperanzas,

que la deje de querer.

Don Gerardo Zepeda, era un hombre de empresa con un agudo sentido de trato comercial; en su hacienda de La Quinta, situada al norte de la población se cultivaba maíz, frijol, calabazas, garbanzo y camote; un arroyo pasaba, cuando era tiempo de lluvias, de lado a lado de su propiedad.

La fiesta familiar en casa de don Gerardo era en octubre, en ocasión de su cumpleaños, en esos días todo estaba encaminado a la celebración con abundancia de buenos tragos y música que no paraba en ningún momento. Se brindaba con pulque curado de diferentes sabores, con el colorado ponche de granada al que se le agregaba nuez, pepino o durazno bien picadito.

En este pueblo, cada año se realizaban operaciones de compra-venta de las engordas de reses, y tres veces por año, salían las entregas de cerdos adquiridas por personas venidas de Guadalajara y de México.

En la época primaveral era frecuente que muy diversos grupos de familiares y amigos salieran del pueblo para hacer día de campo, podían ir a La Loma, al Cerrito de los Garambullos, a Jiquilpan, a La Sauceda, a Las Juntas o a cualquiera de las numerosas huertas de su tiempo; el platillo favorito en esas ocasiones eran los tacos de camarón, unos tacos elaborados con tortillas de maíz, con una salsa de camarón seco, dorado en comal de barro; una vez dorado se molía en el metate, luego se ponía a freír en una gran cazuela de barro con manteca de cerdo bien requemada, se le agregaba salsa de tomate verde, de los del llano, mezclada con chiles rojos. 

Con la mezcla preparada se hacía remojar brevemente la tortilla; antes de ser enrollada la tortilla caliente se le colocaba en medio la cebolla bien picadita y se espolvoreaba por dentro y por fuera queso añejo, finalmente se le agregaban rodajas de rábano y se acompañaba con pulque, aquéllo era como para chuparse los dedos; cuando no se consumía la totalidad de los tacos, y una vez que se regresaba a casa después del día de campo, aquellos “tacos paseados” resultaban una delicia.

-V-

Respecto de la educación en este pueblo, es necesario acotar que el nivel que se había logrado alcanzaba cifras altas, en aquellos tiempos funcionaban las escuelas oficiales para niños y niñas, y una escuela privada dirigida por don Agripín Ávalos, un tipo de alta estatura, gordinflón y que hablaba balbuceante; otra escuela era la del ameritado Profr. Evaristo F. Guzmán, que tenía fama de buena institución. 

A esas escuelas asistían los hijos de “los riquillos”, como les llamaba la gente del pueblo. Y no se crea que por su condición de ricos, les impedía hacerse “la pinta” o “pintar un venado”, por el contrario, no perdían la oportunidad de irse de juerga a la cercana población de Jiquilpan para bañarse en las broncas aguas del río.

La chiquillería de aquellos tiempos, alumnos de don Agripín, gustaban de jugarle bromas pesadas a un tipo llamado Marcial, un tosco invidente y mendigo, al que su ceguera no le estorbaba para manejar el lenguaje en su forma más grotesca.

La chamacada en cuanto veía al pobre de Marcial le gritaba: “Marcial, Marcial, se te secó el Camichín”. 

Esto enardecía de coraje al infeliz de Marcial que, guiándose por el sentido del oído trataba de darles alcance a grandes zancadas, mientras les recordaba a todos a la progenitora de sus días, diciéndoles: “… chinguen a su madre”; nunca les daba alcance, por obvias razones, pero se encaminaba hasta la puerta de la escuela, sabía que eran alumnos del tartamudo Agripín, allí sujetándose de las puertas o las ventanas vociferaba: “Agripín, Agripín, los hijos de Argote me andan diciendo chingaderas”.

Enseguida recorría las calles del pueblo pidiendo limosna; en una u otra casa le daban un centavo, monedita de cobre, y cuando reunía lo necesario para comprarse un trago, se metía en la tienda de don Primo F. Villa o en la de don Cecilio Contreras y pedía su mistela, un licor color rosa mexicano, elaborada con la mezcla de mosto de uva y alcohol, dulce, pero que pegaba como “pata de mula encabronada”.

¡Es cuánto, que tengan buen día!

REFERENCIAS

Carpeta con el título de: Económico. Registro de telegramas depositados en la Directoría Política de San Gabriel, 1911-1914. Archivo histórico Municipal de San Gabriel, Jalisco. 

Libro de bautismos y defunciones de 1912-1913, Archivo de la Parroquia de San Gabriel.

Libro de defunciones de 1913, Archivo del Registro Civil de San Gabriel, Jalisco.

Libro de gobierno parroquial 1906-1929, San Gabriel, Jalisco.

Macías, José Luis. Geología e historia eruptiva de algunos de los grandes volcanes activos de México. Boletín de la Sociedad Geológica Mexicana, Tomo LVII, núm. 3, México, D. F. año de 2005.

Mojica, Fr. José Francisco de Guadalupe. Yo pecador. Editorial JUS, S. A. de C. V. México, D.F. edición de 1990.

Zepeda Castañeda, Luis. La vida en San Gabriel, Editorial “La Casa del Mago” Guadalajara, Jalisco, edición 2010.

MA/MA

Profesor, músico y cronista municipal, originario de San Gabriel, Jalisco.

El 1° de septiembre de 1994, recibió el nombramiento de “Cronista de la ciudad”, de manos de la autoridad municipal.

Es miembro Cofundador de la Asociación de Cronistas Municipales del Estado de Jalisco, A. C., desde el 19 de octubre de 1996.

Primer cronista vitalicio de San Gabriel, desde el 28 de julio de 2010.

En noviembre de 2011 se integró a la Asociación de Cronistas Municipales del Occidente de México, formada por Jalisco, Colima, Michoacán y Nayarit.

Con treinta y cinco años de servicio en el magisterio estatal en primaria y secundaria, es maestro jubilado desde el 1° de junio de 2011.

Ingresó como consocio a la Benemérita Sociedad de Geografía y Estadística del Estado de Jalisco, Capítulo Sur, el 15 de octubre de 2016 con el tema: “La hacienda de Nuestra Señora de Guadalupe del Salto del Agua”.

De 2009 a 2021 fue el responsable del Archivo Histórico Municipal de San Gabriel, Jalisco.

Ha publicado una treintena de libros con temas históricos, genealógicos y monográficos. Ha participado en la prensa jalisciense, en revistas locales y en programas de radio y televisión estatal, nacional y del extranjero.

Correo: cronistademipueblo1994@hotmail.com

Deja una respuesta

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos y para mostrarte publicidad relacionada con sus preferencias en base a un perfil elaborado a partir de tus hábitos de navegación. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Configurar y más información
Privacidad