Asco | Simpatía por el débil

Eterno es en el mundo ese maravilloso equilibrio entre la belleza y el asco, la magnificencia y las ratas. Ralph W. Emerson

Por: Jesús D. Medina García

Autlán de Navarro, Jalisco. 26 de junio de 2022. (Letra Fría) Continuando con este ejercicio de comentar aquellas emociones humanas que nos caracterizan como especie, esta vez abordaremos el asco. Ya hemos abordado la felicidad, el miedo, la ira, ahora veremos qué diablos comentamos en este asqueroso escrito. Recordemos que la estructura del texto se compone de una descripción de la emoción, un personaje que la represente y un poema alusivo al tema.

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Asco: fuerte rechazo hacia la comida, la bebida, un medicamento, etcétera; náusea, aborrecimiento. Intensa repugnancia hacia lo que resulta aborrecible u ofensivo; profunda e instintiva insatisfacción. Estallido de resentimiento mutuo; disputa. Lo que causa repugnancia; un fastidio.

Indicadores físicos según Darwin: quedarse boquiabierto, escupir, soplar haciendo bocina con los labios, aclararse la garganta con el sonido característico (¡aj!, ¡puaj!), estremecimiento con los brazos presionando sobre los costados y los hombros escogidos, repliegue del labio superior, repliegue y arqueamiento del labio inferior, arrugar la nariz, dilatar los orificios nasales, fruncir el ceño, gesto de rechazo o de protección frente al objeto que nos resulta asqueroso, en casos extremos: vómitos.

Cuando algo nos causa miedo, reculamos por seguridad, pero el rechazo físico es más fuerte con el asco que con ninguna otra emoción negativa. Se ha cuestionado si el asco no será más bien un reflejo corporal que una emoción. Para Darwin forma parte de las emociones primarias. Cualquier cosa que de la que podamos pensar que posee alguna propiedad perjudicial, tóxica o nociva, también puede darnos asco. Incluso aunque ni en su aspecto ni en su olor haya nada objetable.

La poeta y cantante neoyorquina Patti Smith decía en una de sus canciones que la transformación de la basura era, quizás, la preocupación más antigua del hombre.  Desde el punto de vista antropológico uno de los elementos fundamentales en los procesos socializadores y civilizadores de la prehistoria tuvo necesariamente que ser el de encontrar formas de solucionar los problemas que acarrea la regularidad de las funciones corporales. La defecación, el vómito, las emociones involuntarias de todas clases parecen recordarnos, a veces dolorosamente que seguimos siendo animales. Ya en la antigua Roma existían letrinas en las viviendas de la gente adinerada, en China aproximadamente en el año 200 A.C., encontraron una tumba de un gobernante de la dinastía Han donde había una letrina. También en la medicina existen aspectos relacionados con el asco, sobre todo cuando en el siglo XVII en Europa iniciaron las primeras operaciones quirúrgicas semiclandestinas, pues la iglesia no veía con buenos ojos estas prácticas que permitían observar el deterioro de los órganos internos, sin embargo, éstas se efectuaban y algunos médicos permitían la presencia de curiosos a los cuales por lo general llegaba un momento que el asco los dominaba. 

Cabe señalar que los antiguos mexicanos conocían bien los órganos del cuerpo y atendían a los pacientes con lo que hoy llamaríamos medicina tradicional.

El personaje

En esta ocasión el personaje que podría representar el asco sería el Ingeniero Luis Guzmán, a quienes sus amigos llamaban “El Doctor Cochi”. Laboraba en la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, fue pionero del uso de internet, programación y creación de software en Jalisco, cuando sufrimos el temblor de 1985 esa base de la SCT ubicada hasta la fecha por la avenida Washington en Guadalajara, sirvió como centro de comunicación usando el fax y una primitiva intranet llamada Telepac para establecer un enlace permanente con la ciudad de México y comunicar a familiares o identificar las zonas más afectadas. En esa actividad de emergencia el ingeniero tuvo un destacado papel. Digamos que era un tipo brillante, sin embargo, su debilidad era el tremendo desaseo de su persona y sus cosas.

Fumaba un par de cajetillas de cigarros al día, lo cual provocaba que oliera a tabaco mezclado con otros aromas, eso le había producido una dentadura más amarilla que un elote tierno y un aliento casi insoportable. Solía “limpiarse” las emisiones nasales (mocos), con la mano o la manga de la camisa, las cuales usaba por dos o tres días.  Olían a sudor acumulado. En ocasiones, al igual que la canción de El Piporro se le veía el resorte del calzón chamagoso…

Tenía un Ford Galaxy con la pintura tan desgastada que el cofre y el toldo ya se veían oxidados, en la parte trasera del auto dejaba por días residuos de alimentos, hay quien llegó a afirmar que en la cajuela había un nido de ratas. Se dejaba crecer las uñas de tal suerte que una buena cantidad de mugre se almacenaba en ellas. Cuando tomaba bebidas embriagantes por alguna extraña razón le daban ganas de vomitar, si llegaba al baño volvía a la mesa, pero con algunos restos del vómito en la comisura de los labios o en la ropa. 

Era un ferviente practicante de la máxima que señala que es preferible perder un amigo que a una tripa. Así que era frecuente escuchar y oler sus flatulencias, ante lo cual no faltaba quien le espetara un “cuando se te acabe el perfume regálame el frasquito” “dichoso el clavo que ponchó esa llanta” o “cuando comas guajalote quítale las plumas”, un compañero que era chilango le aventaba unos refinados albures como ese que a la letra reza: “saco, revoloteo y ataco…Tacuba, Azcapotzalco, La Merced e Iztacalco” (se tiene que decir a gran velocidad para magnificar el impacto, puede intentarlo cuando a su criterio y libre albedrío  la ocasión lo amerite).

Pero era buena persona, amable, caritativo, tímido, solitario. En una ocasión le pidió a un amigo que le “ayudara” a conquistar a Carmen una linda compañera de trabajo. El amigo le dijo a la muchacha que al ingeniero Luis le gustaría invitarla a salir a tomar un café, pero pues, que no se animaba a decírselo…Carmen respondió con los ojotes abiertos. ¡Qué! ¿Salir con ese cochino? ¡Cómo crees! ¡Regresa a tu puesto y no vuelvas a hablarme de eso! Con ansiedad el inge Luis esperó a su amigo preguntándole ¿qué te dijo?, este buen amigo le dijo una mentirita revolucionaria (como le dicen en Cuba a aquellas mentiritas que no hacen daño) 

– pues mira, me comentó que le pareces un tipo muy agradable, pero el problema es que está casada e incluso hasta tiene un hijo-.  

– Ah, que caray – dijo Luis mirando con sus tristes ojos azules hacia el piso y limpiándose los moquitos aguados con la camisa le dijo a su amigo: gracias de todos modos, ¿Por qué no saliendo de trabajar nos vamos a echar unas copitas al Bar Manolo?

Años después se supo que se había juntado con una señora que lo traía bien limpiecito, otras versiones decían que había fallecido producto del estallido de una tripa, otra versión dice que se casó con un travesti. En fin. 

El Poema

Los otros

La cantina se fue llenando

de ilusiones anodinas

en las mentes de los hombres.

Con temor saqué mis hojas

y escribí un poema…

nada extraordinario.

El tipo de al lado

me observaba siempre

Mis letras hablaban

del vació interno

la ironía y 

el desamparo…

Cosas simples.

De pronto,

el gordo me enfrentó diciendo:

¿Ya escribiste?

Le extendí la hoja,

luchando con su embriaguez

la leyó despacio…

guardó silencio: para luego vociferar:

¡Qué asco!

me la aventó en el rostro

abandonando pesadamente el lugar.

Satisfecho

me levanté a orinar.

JR/MA

Historiador y escritor. Ha publicado en diversas revistas, medios y modalidades. Es profesor investigador titular de la Universidad de Guadalajara.

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