El mundo sigue sin recuperar el aliento que cien días de guerra en Irán le impusieron al comercio y al petróleo. La Inteligencia Artificial avanza a ritmos vertiginosos y en las bolsas de valores ya la reconocen como modernas minas de oro. Fuentes bien informadas de Miami anuncian la inminente caída del régimen cubano, cuestión de horas.
En la Ciudad de México, un profesor que reclamó una pensión justa se quedó ciego a causa de una bala de goma disparada por la policía, es el mismo país al que numerosas selecciones han llegado a entrenar para disputar la vigésima tercera edición de la Copa Mundial de la FIFA.
Sé que a finales de marzo ya había comenzado una de mis columnas con una entrada similar, parafraseando al gran Eduardo Galeano, y esta semana, que ya es la inauguración del Mundial, me ganó la tentación de repetir la fórmula que tiene presente los vaivenes de la historia, con sus tragedias y sus esperanzas, mientras el balón comienza a rodar.
De marzo para acá se han acentuado las dificultades que ya se adivinaban. La FIFA es una organización transnacional en la que las ganancias son exponenciales. El precio para que eso ocurra es que buena parte de la infraestructura que demanda la Copa sea absorbida por los gobiernos locales, mientras las ganancias se concentran en las grandes empresas.
Recientemente se ha visibilizado otra expresión: los mexicanos somos anfitriones de la fiesta, pero no estamos invitados. Les comparto dos ejemplos. En el centro histórico de Guadalajara, los comercios padecieron meses de obras y cierres viales para preparar el lugar para el Fan Fest, y cuando llegó el momento, grandes vallas han aislado a los visitantes de los comercios locales.
El segundo ejemplo está en los municipios del interior de Jalisco. Viajar a la capital las próximas semanas se antoja una tarea prácticamente inaccesible, y vivir en espacios públicos las celebraciones y encuentros deportivos depende más de la voluntad de los gobiernos que, con recursos propios, generen las condiciones para que eso ocurra: en Autlán el gobierno municipal instalará pantallas gigantes los días que juegue México y en Unión de Tula tendrán una réplica del trofeo.
Los organizadores y los gobiernos son optimistas. La visibilidad internacional y las promesas de derrama económica parecen justificar la inequidad de los beneficios y los altos costos sociales que se pagan por parejo, aunque a la fiesta no todos estemos invitados.
Pero bueno, ya Galeano también describió ese panorama. Lo que queda es estar atentos a las historias de superación, a las competencias que demuestren que el deporte de patear un balón no solo demanda cuerpos atléticos, sino organización colectiva, habilidad personal y un carácter fuerte.
Que gritemos muchos goles y que, al hacerlo, no olvidemos lo que en Monterrey quedó plasmado con tanta claridad: tras las vallas coloridas quedarán realidades lacerantes que deberemos enfrentar y, en algún momento, superar. El Mundial es como el medio tiempo de un partido.





