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Travesía hacia la Costa de Chiapas I

Jorge Martínez Ibarra nos comparte detalles de su travesía hacia la costa de Chiapas, un viaje largo de 375 kilómetros que implicó varias horas de viaje atravesando la zona montañosa de la Sierra Madre de Chiapas.

Foto: Cortesía Jorge Martínez Ibarra

Primer trimestre de 1996. San Cristóbal de las Casas, Chiapas. La efervescencia del movimiento iniciado el primero de enero de 1994 por indígenas mayas (tzeltales, tzotziles, choles y tojolabales) que decidieron usar las armas para exigir justicia y visibilizar su pobreza, aún permanecía, seguía vigente. Los acuerdos de San Andrés Larráinzar recién se habían firmado. Entre marchas, acuerdos políticos, declaraciones, fotografías y reportajes, la realidad continuaba caminando.

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Foto: Cortesía Jorge Martínez Ibarra

Ella y yo debíamos iniciar prontamente nuestro trabajo de campo en la costa. Viviríamos en una pequeña comunidad de pescadores ribereños denominada “La Palma”, perteneciente al municipio de Acapetahua y que formaba parte de la Reserva de la Biósfera “La Encrucijada”, una zona natural protegida de más de 144,000 hectáreas e integrada por seis municipios.

Escogimos ese sitio pues yo seguía con la terca idea de continuar estudiando cocodrilos y ella había diseñado un atractivo proyecto con los pescadores locales. Así que, ¡manos a la obra! Planeamos la salida considerando el equipo indispensable para una primera estadía: la ropa necesaria, las botas de campo, los huaraches, las libretas, las cámaras, los binoculares, los sombreros, las gorras, las bolsas de dormir y las mochilas al hombro.

Revisamos las opciones para llegar al destino utilizando el transporte público disponible. El trayecto implicaba un extenso recorrido por la Sierra Madre de Chiapas, una bella y exuberante zona montañosa. Pero estábamos lejos, aproximadamente a una distancia de 375 kilómetros, por lo que sería un viaje largo.

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Foto: Cortesía Jorge Martínez Ibarra

Nuestro punto de partida fue San Cristóbal de las Casas. Nuestro transporte, un Ómnibus Cristóbal Colón, línea que posteriormente sería absorbida por Autobuses de Oriente (ADO). Abordamos a las siete de la mañana, un poco somnolientos pero con el ánimo a tope. Comenzamos el recorrido sin contratiempos y, un par de horas más tarde, arribamos a Comitán de Domínguez, cuna de los inolvidables Belisario Domínguez y Rosario Castellanos. Estábamos en Balún Canán, “el lugar de las nueve estrellas”. El camión se detuvo unos minutos para continuar subiendo pasajeros. Luego, continuamos.

La pericia del conductor manejando el autobús en carriles angostos, curvas cerradas y acotamientos prácticamente inexistentes, era innegable. Nuestro andar era lento, pausado. Las torceduras del camino invitaban al mareo o al sueño, lo que sucediera primero. En un momento determinado le hicimos un guiño a La Trinitaria, lugar que meses antes habíamos estado cruzando con frecuencia para trabajar en un proyecto en el pueblo de Tziscao, localizado unos cuarenta kilómetros más adelante y punto de entrada al Parque Nacional Lagunas de Montebello. 

Dos horas más de camino y arribamos a Frontera Comalapa, en los límites de la Sierra Madre de Chiapas y la Depresión Central. También punto clave para el comercio en la zona y el paso de personas, dada su cercanía con Guatemala. Tomamos un breve descanso para refrescarnos, comer algo y estirar las piernas. El viaje continuaba.

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Foto: Cortesía Jorge Martínez Ibarra

Comenzamos a ascender por las montañas. Conforme avanzábamos, el grave ronroneo del motor y lo lánguido de nuestra marcha evidenciaba el esfuerzo del vehículo al comenzar a subir las ondulantes cuestas. En un rato, pasamos de 600 metros de altitud a más de 1200 metros sobre el nivel del mar. El aire se sentía diferente y la temperatura había bajado ostensiblemente. El paisaje que nos rodeaba era único, lleno de formas, colores y vidas diferentes.

El ómnibus se detuvo. Habíamos arribado a Motozintla de Mendoza, situada en lo más alto de la Sierra Madre de Chiapas. El bosque de pino y encino entrelazado con las plantas de café nos dieron la bienvenida. La historia cuenta que, como en muchas otras, en esta región existía una gran dependencia de los pequeños productores locales de café hacia el Instituto Mexicano del Café (INMECAFÉ), instancia del Gobierno Federal que regulaba los precios, otorgaba asistencia técnica y financiaba los créditos, pero también acopiaba gran parte del grano, impidiendo así que los productores desarrollaran capacidades propias de comercialización o tuvieran procesos de gestión independiente. Cuando cerró, dejó a los cafeticultores sin soporte alguno.

Ellos, entonces, se organizaron en cooperativas independientes, comenzaron a producir café orgánico y establecieron sus propios canales de venta, llegando a exportar a Europa sin depender de intermediarios locales. Una de las primeras agrupaciones creadas en esta zona fue la de Indígenas de la Sierra Madre de Motozintla San Isidro Labrador (ISMAM). Ya habíamos escuchado de ellos y saboreado su delicioso café en San Cristóbal de las Casas. Ahora estábamos en el corazón de su origen.

Continuamos el viaje. Atravesamos la Sierra y comenzamos a bajar rápidamente. Como en un gigantesco e interminable tobogán, las curvas se sucedían una tras otra. Repentinamente, nos detuvimos con brusquedad. Luego, avanzamos unos metros. Frenamos de nuevo. Avanzamos. Los topes artesanales, improvisados con tierra, lodo, cemento u otros materiales inundaban la carretera. Eran instalados por las comunidades indígenas que vivían a los lados del camino para evitar la circulación a alta velocidad de los vehículos que transitaban por su territorio y así prevenir accidentes, debido a la alta afluencia del cruce de personas con animales, con leña, con niños.

Seguimos a un ritmo intermitente. La temperatura cambiaba rápidamente y ocho grados de diferencia hacían que los suéteres nos estorbaran. Estábamos llegando a Huixtla, en la zona del Soconusco. El sudor nos empapaba la ropa, dándonos la bienvenida a la costa chiapaneca.

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Foto: Cortesía Jorge Martínez Ibarra

Un buen rato después, llegamos a Tapachula, situada casi al pie del Volcán de Tacaná. Era el centro económico del sur de Chiapas, con un intenso calor húmedo que se te pegaba al cuerpo y punto clave para el tránsito de miles de migrantes centroamericanos.

Después de ocho horas, habíamos completado la primera etapa del viaje. Pasaríamos la noche ahí y, al día siguiente, continuaríamos. La aventura apenas comenzaba.

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Profesor e Investigador del Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara. Productor audiovisual. Apasionado de los viajes, la fotografía, los animales, la buena lectura, el café y las charlas interesantes.
Columnista en Letra Fría.
Correo: [email protected]

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