Asombros e inquisiciones | El monstruo en el armario

en Plumas

El día de hoy, el escritor zapotlense Hiram Ruvalcaba estrena su columna “Asombros e inquisiciones”, espacio de reflexión cultural y apreciaciones artísticas. En su primera edición, nos presenta una lúcida reseña sobre “La Puerta”, película del director español nacionalizado mexicano Luis Alcoriza.

Por: Hiram Ruvalcaba

Autlán de Navarro, Jalisco. 10 de enero de 2020. (Letra Fría) No soy un especialista —ni siquiera un entusiasta— del cine mexicano. Sin embargo, siempre he estado abierto a revisar algunas recomendaciones que aportan, acaso de forma modesta, algo notable para la narrativa contemporánea. En particular, el género del terror me ha traído sorpresas muy gratas, muchas de ellas salidas de producciones de bajo presupuesto que tratan de incorporar los elementos esenciales del género a través de guiones sorprendentes, bien construidos. Siguiendo la recomendación de mi padre, vi hace poco el mediometraje La puerta, dirigido por Luis Alcoriza (1968), una película injustamente olvidada que propone uno de los planteamientos narrativos más interesantes que he visto en mucho tiempo. En primer lugar, por su poética, que va de la transformación de un evento ordinario en una situación extraordinaria; por la otra, porque recupera uno de mis mitos predilectos del espectro occidental: el martirio del Minotauro.

La cinta pretendía abrir una extensa antología de terror que se quedó en dos películas: la ya citada y La mujer del carnicero, dirigida por el icónico Ismael Rodríguez. El tema —sencillo, escalofriante— se anuncia desde el principio en la voz en off de un narrador:

“El hombre, por instinto, teme a lo inexplicable y cuando ese temor se hace colectivo, en ocasiones mueve a la risa. Sí: a menudo los hombres se burlan del miedo”.

La premisa es también simple: durante una fiesta en casa de una pareja acomodada, uno de los invitados abre una puerta que no debería estar ahí. Detrás de ésta, hay un pasillo oscuro que muestra a un inquilino peculiar: un hombre desnudo —interpretado por el imponente Manuel Leal Peña, “El Tinieblas”— que camina con paso firme hacia los invitados, tratando de llegar hasta donde están. Sin embargo, el hombre jamás alcanza el territorio de la fiesta, pues cuando ellos, aterrados, le cierran la puerta, debe regresar sobre sus pasos hacia lo que sea que se esconda más allá del pasillo.

Alcoriza plantea una situación que, en efecto, potencia la sensación de terror. Las preguntas que acertadamente se despejan de este evento son planteadas por los personajes casi de manera simultánea que en los espectadores: ¿quién es ese hombre? ¿Por qué quiere salir del pasillo? ¿Qué hará una vez que salga? Las hipótesis llegan pronto, y cubren un espectro amplio de posibilidades: los sensatos proponen que se trata de un ladrón, los supersticiosos suponen que es un espectro, e incluso hay quien sugiere que se trata de un habitante de otra dimensión. Por suerte, la naturaleza de aquel hombre, del “monstruo en el armario”, jamás nos es revelada. Hasta el final de la cinta contemplamos su existencia con las mismas dudas, con el mismo espanto.

El final de la historia es una propuesta arriesgada: los jóvenes de la fiesta, mucho más aventurados que sus padres, deciden hacer un reto de valor. Al ver que el monstruo es inofensivo una vez que se cierra la puerta, deciden competir para ver quién deja que se acerque más hasta ellos. A partir de este punto, uno tras otro los jóvenes abren la puerta y permiten que el monstruo avance con su paso lento, sólo para vedarle el paso de golpe. La apuesta llega al borde de lo ridículo cuando empiezan a abrir y cerrar la puerta en un instante, y los invitados se carcajean mientras lo ven girando en su lugar, incapaz de escapar del ciclo que se ha impuesto sobre él por gracia de quién sabe qué fuerza o maldición.

En este punto, cuando la cinta revela que “a menudo los hombres se burlan del miedo”, Alcoriza concluye su historia, alejándola del planteamiento de terror inicial y aterrizando en la mofa de los invitados sobre el peculiar visitante. Sin embargo, esta vuelta de tuerca que conduce al espectador a presenciar un final fallidamente chusco, ofrece una alternativa de interpretación sumamente original. El director se aleja del clásico triunfo del monstruo al que nos tiene acostumbrados el cine estadounidense, y nos plantea una nueva posibilidad del terror, con un enfoque que ya no recae en los invitados, sino en el monstruo mismo, y en el ciclo infinito que debe seguir mientras siga cautivo en su pasillo.

El sufrimiento del hombre desnudo se hace patente hacia el final de la película: mientras gira por obra de los convidados, alza su rostro hacia la nada, su boca se abre en una especie de grito que es ahogado por las carcajadas de los asistentes. Al verlo así, es imposible no preguntarnos si ese monstruo, de quien no sabemos nada —ni siquiera si es, en efecto, un peligro— no será la única víctima de aquella situación inexplicable; si en lugar de tratarse de una amenaza, es un penitente que debe vagabundear aquel pasillo interminable, para expiar alguna culpa desconocida.

Los griegos tenían un amplio imaginario para esbozar castigos de esta naturaleza sempiterna. En particular, el planteamiento de Alcoriza encaja de manera muy adecuada en lo que Jorge Luis Borges había adivinado en su célebre relato, “La casa de Asterión”: el injusto padecimiento de un monstruo inocente. El cuento trata sobre el Minotauro, monstruo nacido por la unión adúltera de Pasífae y el Toro de Creta. En él, Borges retoma el mito griego y nos ofrece una perspectiva única, convincente, que presenta la faceta más humana del hombre toro: no se trata ya de una bestia sedienta de la sangre de los héroes, sino de un hombre único que deambula las infinitas galerías del laberinto de Creta, en espera de aquél que logrará salvarlo de su monótona existencia:

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas.

La propuesta del argentino está llena de piedad: la bestia tradicionalmente horrible, nacida de una unión monstruosa entre una humana y un dios, es en la versión de Borges una especie de infante que espera ansioso la llegada de un héroe, un redentor que entrará a darle muerte, pues en esa muerte está su única salvación. Borges cierra el mito con un gran acierto, cuando Teseo cuenta su aventura en el laberinto: “—¿Lo creerás, Ariadna? —dijo Teseo—. El minotauro apenas se defendió”.

Tanto el hombre desnudo en la cinta de Alcoriza como el hombre toro son monstruos de gran fuerza; ambos están encerrados en un espacio confinado —un pasillo, un laberinto—; y los dos ansían salir de su infernal encierro. Sin embargo, por mano de los humanos que circulan sus casas, quedan condenados a repetirse de manera interminable, viviendo y reviviendo sus pasos que no conducen a ningún lado. Las semejanzas entre ambos personajes son tangibles, su papel de víctimas monstruosas se aprecia en el suplicio de la deambulación. Visto así, el humor con el que cierra la cinta no es sino una metáfora grotesca de la impiedad. Por ende, la trama cierra con un renovado sentido del horror, mucho más humano y profundo.

Dice Camus en El mito de Sísifo que no hay castigo más terrible para el hombre que el trabajo inútil y sin esperanza. ¿Es posible que Alcoriza nos esté presentando una temible metáfora del hombre moderno —tanto en 1968 como en la actualidad— que no hace sino deambular por estrechas galerías, a merced de espectadores que, al presenciar su penitencia, liberan sonoras carcajadas? Ante la evidencia, aún cabe que hagamos otra pregunta: ¿no fue Sísifo el que nos enseñó que en la repetición de una rutina inútil se esconde el verdadero infierno?

La puerta (1968), de Luis Alcoriza:

LL/LL                                                                                                                         

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