Asombros e inquisiciones | La carpa de mis sueños

Este viernes, Hiram Ruvalcaba nos presenta una traducción propia de del cuento “La carpa de mis sueños”, de Ueda Akinari, uno de los escritores japoneses más trascendentes del siglo XVIII.

Traducción de Hiram Ruvalcaba

Autlán de Navarro, Jalisco. 6 de marzo de 2020. (Letra Fría) Hace mucho tiempo, en la era Enchō (923-931), hubo en Miidera un monje llamado Kōgi quien era un reconocido pintor. A diferencia de otros, no se limitaba a pintar budas, paisajes, pájaros o flores: en los días en que se encontraba libre de las labores del templo, solía ir al lago en un pequeño bote y les daba dinero a los pescadores para comprarles las carpas que habían capturado en el día con sus redes y sus anzuelos. Una vez en sus manos, Kōgi las devolvía a la bahía, las miraba nadar a su alrededor y entonces las pintaba. Hizo esto durante tantos años que logró dominar aquella difícil técnica.

Cierta ocasión, mientras estaba concentrado en una pintura, se quedó dormido y soñó que estaba nadando con toda clase de peces, grandes y pequeños. En cuanto despertó, decidió pintar aquello que había soñado y colgó el cuadro en una pared de su habitación. La llamó “La carpa de mis sueños”. Maravillados por la calidad de sus pinturas, la gente se arremolinaba en su casa para adquirirlas. Pero, aunque Kōgi regalaba sin ningún reparo sus flores, pájaros y paisajes a cualquiera que los deseara, se aferraba a sus pinturas de las carpas. Solía decir, divertido:

—No pienso regalar los peces que he criado con tanto cariño a gente pecadora que mata seres vivos y se alimenta de su carne —en todo el reino la gente se enteró de sus pinturas y de estas palabras que repetía siempre.

Ocurrió que cierto año Kōgi cayó enfermo. Luego de siete días, cerró de pronto sus ojos, dejó de respirar y perdió la conciencia. Sus amigos y discípulos se reunieron para velarlo, pero notaron que su pecho todavía estaba caliente y decidieron vigilarlo durante unos días, creyendo que se recuperaría. Después de tres días sus brazos y piernas se movieron un poco, y súbitamente emitió un largo suspiro, abrió los ojos y se sentó en el lecho como si despertara de un largo sueño.

—Me había olvidado de los asuntos humanos durante mucho tiempo —les dijo a los que se reunían a su alrededor—. ¿Cuántos días han pasado?

—Maestro, dejó de respirar hace tres días —respondieron sus discípulos—. Sus amigos y la gente del templo se habían reunido ya para discutir su funeral, pero al notar que su pecho estaba caliente todavía, lo vigilamos sin meterlo en un ataúd. Ahora que vemos que ha despertado, nos llena de júbilo no haberlo sepultado.

Kōgi asintió.

—Alguien vaya a la casa del oficial Taira y dígale que he regresado a la vida misteriosamente. En este momento, el oficial está comiendo delgados filetes de pescado y bebiendo sake; aun así, pídanle que interrumpa su banquete y que venga de regreso al templo. Díganle que le quiero contar una historia muy inusual, y pongan mucha atención a lo que están haciendo todos en aquel sitio.

El mensajero se sentía inseguro, pero se dirigió a la mansión y le dio el mensaje a un intermediario. Sigiloso se asomó al interior: el oficial, su hermano menor Jūrō, su siervo Kamori y otros se hallaban sentados en un círculo, bebiendo sake. El mensajero se asustó pues vio que la escena era idéntica a la que había descrito Kōgi. Cuando escucharon el mensaje, los invitados del oficial se mostraron muy sorprendidos. Dejaron sus palillos y el oficial, en compañía de Jūro y Kamori, se dirigió al templo.

Cuando llegaron el oficial felicitó al monje por su recuperación. Kōgi agradeció al oficial su visita levantando apenas su cabeza de la almohada.

—Escucha, por favor, mi historia. ¿Alguna vez has comprado pescado de un hombre llamado Bunshi?

—Claro que sí, ¿cómo lo supiste? —respondió el oficial, sorprendido.

—El pescador entró a tu casa con una canasta que llevaba una carpa de más de un metro de largo. Estabas en el ala sur de tu casa, jugando go con tu hermano menor. Kamori estaba junto a ti, mirando el juego mientras se comía un melocotón. Encantado por el gran pez que el hombre te había llevado, le diste una canasta con melocotones y lo invitaste a beber tu sake. El cocinero tomó el pescado con orgullo y procedió a cortarlo en filetes muy delgados. ¿Hasta aquí estoy en lo correcto?

Sorprendidos y asustados por escuchar esto, el oficial y sus acompañantes, lo urgieron para que explicara cómo sabía aquellos detalles. Kōgi, sonriente, volvió a hablar.

—El sufrimiento que padecía por mi enfermedad se volvió insoportable. Me recargué en mi bastón y, sin darme cuenta de que había dejado de respirar, salí por la puerta principal para reducir la fiebre que me consumía. Pronto, la enfermedad empezó a menguar y me sentí como un ave recién liberada. Atravesé las montañas y los poblados y llegué hasta el borde del lago. Cuando vi la superficie verde del agua, sentí que toda la realidad se disipaba y decidí que me daría un chapuzón. Así, quitándome mi túnica, me arrojé al interior y empecé a nadar en las profundidades, nadando de aquí para allá muy divertido a pesar de que no fui uno de esos niños que crecieron acostumbrados al agua. Pero pronto sentí que todo era un sueño muy tonto. Entendí que un hombre no puede flotar en el agua con la libertad de un pez y empecé a desear tener las mismas cualidades de una carpa.

“Cerca de mí había un pez muy grande, que me habló.

“—El deseo del maestro se puede cumplir con facilidad. Por favor, espere aquí.

“Desapareció en las profundidades, pero pronto un hombre que vestía corona y túnica ascendió hacia mí. Iba montado en el gran pez que había hablado conmigo y guiaba un séquito de otras criaturas lacustres que me traían un mensaje del Dios del Lago.

“—Viejo monje, te has ganado muchos méritos por liberar a tantos animales que habían sido capturados por el hombre. Ahora que has entrado al agua, deseas nadar como una carpa. Por un tiempo, te daremos el atuendo de una carpa dorada y te dejaremos gozar de los placeres del mundo acuático. Pero debes tener mucho cuidado de no caer en el tentador aroma de las carnadas, pues si caes en un anzuelo, perderás la vida sin remedio.

“Y al decir esto, desapareció. Sorprendido, miré mi cuerpo y noté que estaba cubierto de las escamas doradas de las carpas.

“Sin reparar en lo extraño de mi transformación, sacudí mi cola, moví mis aletas y empecé a moverme a mi voluntad. Primero navegué las olas que se alzan por el viento que desciende del Monte Nagara, y entonces, errando a lo largo de las orillas de la gran bahía de Shiga, me asustó la gente que vagaba de un lugar para otro, tan cerca del agua que sus faldones estaban mojados, por ello traté de sumergirme en las profundidades, hacia donde el alto Monte Hira proyecta su reflejo, pero me fue muy difícil esconderme cuando las bengalas pesqueras de Katada me atrajeron hacia ellas como si estuviera en un sueño. La luna que descansaba en las aguas de la noche brillaba con claridad junto al pico del Monte Kagami, y arrastró las sombras de las ochenta esquinas de los ochenta puertos para armar un escenario maravilloso. La isla de Okinu, la isla de Chikubu, la valla bermellón que se reflejaba en las aguas, me sorprendieron. Pronto, desperté de mi sueño entre los juncos mientras el bote Asazuma remaba con el viento del Monte Ibuki. Esquivé el remo del barquero de Yabase y muchas veces fui ahuyentado por el guardián del puente de Seta. Cuando el sol empezaba a calentarme, me alzaba hacia la superficie; cuando los vientos eran muy fuertes, me sumergía hacia lo profundo.

“En cierto momento empecé a sentir hambre, y busqué por aquí y por allá algo que comer. A pesar de haber buscado con tanto ahínco, no encontré nada, hasta que me topé con la línea que Bunshi removía en el agua. Su carnada tenía una fragancia sobrecogedora, pero yo recordaba bien la advertencia del Dios del Lago. Soy un discípulo de Buda: ¿por qué habría de caer en la tentación de la carnada sólo porque tenía hambre? Me alejé de aquel sitio. Pero, con el tiempo, mi hambre iba en aumento y tuve que reconsiderar, pues no creí que podría soportarla mucho más. Incluso si me tragaba la carnada, ¿sería tan imprudente como para quedar atrapado? He conocido a Bunshi por mucho tiempo, ¿por qué habría de temerle? Cogí la carnada y, como era de esperarse, Bunshi jaló la línea hacia sí y me atrapó.

“—¡Oye! ¿Qué estás haciendo? —le grité.

“Pero, pretendiendo que no me escuchaba, pasó una cuerda a través de mi hocico, detuvo su barca junto a los juncos y me arrojó dentro de una canasta. Poco después llegamos a tu casa. Estabas en el ala sur, jugando go con tu hermano mientras Kamori comía un melocotón. Viendo el enorme pez que Bunshi había capturado, todos estaban muy emocionados y lo felicitaron. En ese momento, yo les grité a todos:

“—¿Ya se olvidaron de Kōgi? ¡Suéltenme! ¡Por favor! ¡Déjenme volver al templo!

“Chillé y chillé, pero ninguno pareció escucharme. En cambio, sólo aplaudían llenos de gozo. El cocinero presionó mis ojos con los fuertes dedos de su mano izquierda. Tomó un cuchillo largo y afilado y me colocó en la tabla de cortar. Estaba a punto de tasajearme:

“—¿Acaso no tienes reparo en lastimar así a un discípulo de Buda? —le grité, en agonía—. ¡Ayúdame! ¡Ayúdame!

“Pero nadie me escuchó. Finalmente, cuando sentí que estaba a punto de ser cortado, me desperté de mi sueño.

Todos estaban conmovidos y atónitos.

—Al pensar en su historia —dijo el oficial Taira—, puedo recordar que vi cómo la boca del pescado se movía con desesperación. Pero no escuché ninguna voz. Haber sido testigo de un evento como éste es simplemente maravilloso.

Envió a un mensajero de regreso a su casa, y de esta manera ordenó que se arrojara el resto de la carne del pez de regreso al lago.

Después de esto Kōgi se recuperó completamente y vivió una vida larga. Cuando su muerte estaba cerca, tomó varias de las pinturas de carpas que había hecho y las arrojó en el lago. Los peces no tardaron en abandonar el papel y en sumergirse en las aguas verde jade.

Debido a esto, ninguna de las pinturas de Kōgi sobrevivió.

Un discípulo llamado Narimitsu heredó la habilidad divina de Kōgi y se volvió también muy famoso en su tiempo. Se registró en una vieja historia que Narimitsu pintó una gallina en una puerta corrediza del Palacio de Kan’in, y que cada vez que una gallina veía la pintura, la pateaba.

LL/LL

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