Crónicas al Estremo | Libre como el viento… ¿en Alemania?

Este lunes, Sebastián Estremo nos trae una edición más de sus crónicas de viajes, esta vez por tierras alemanas. Sus reflexiones nos llevan a considerar que la ideal del progreso urbano y económico, impulsada por el primer mundo, perjudica seriamente nuestra relación con la naturaleza.

Por: Sebastián Estremo

Era callejero por derecho propio,

Su filosofía de la libertad

Fue ganar la suya sin atar a otros

Y sobre los otros no pasar jamás.

Aunque fue de todos, nunca tuvo dueño

Que condicionara su razón de ser,

Libre como el viento era nuestro perro,

Nuestro y de la calle que lo vio nacer.

“Callejero” de Alberto Cortez
Ciudades recorridas en Alemania y Países Bajos

Autlán de Navarro, Jalisco. 3 de agosto de 2020. (Letra Fría) Tal vez una de las cosas que más me marcaron durante mis primeros años en la licenciatura en Geografía fue cuando me dijeron que en la naturaleza no hay ni líneas rectas ni círculos perfectos, que con una observación detallada del paisaje quedan al descubierto todas sus irregularidades. Los ríos no son líneas rectas, los bosques no ocupan áreas circulares y los troncos de los árboles no forman ángulos perpendiculares. Cuando esto sucede es porque algún ser vivo tuvo algo que ver, muy frecuentemente el ser humano.

Campaña de Fondeo

En el verano del 2017, una estancia de investigación para mi proyecto de maestría me llevó a diferentes países de Europa y el Oriente Próximo. Por azares del destino mi aventura comenzó en una universidad en el interior de los Países Bajos, bastante lejos de mi “objeto” de estudio en el Kurdistán. Durante mi corta estancia ahí todos los días caminaba un trayecto de unos dieciséis kilómetros entre Ede y Wageningen pasando por diferentes pueblos de la región. Entre cada uno de ellos había lagos y bosques artificiales en los que me gustaba detenerme de cuando en cuando. Los árboles del bosque eran muy altos y no dejaban pasar la luz del sol. Por un momento realmente parecía que la civilización estaba bastante lejos, hasta que pasaba algún grupo de gente de la tercera edad trotando o se escuchaban los gritos de la academia de futbol que estaba a unos cuantos metros. Este pequeño ritual no duró mucho tiempo y a los pocos días me dirigí hacia Eindhoven, donde tomé un avión que me llevó hacia el oriente de Europa.

Bosque en las cercanías de Ede, (foto: Sebastián Estremo, 2017)

A través de la ventanilla pude observar parte de los Países Bajos y Alemania, donde todo en el paisaje tenía formas geométricas. Los pueblos y ciudades formaban manchas que solían cortarse, sea por algún accidente geográfico como un río o una colina, sea por la línea recta de caminos, autopistas y vías del tren. Inmediatamente después de los núcleos urbanos, enormes extensiones planas ocupadas por parcelas de cultivo dibujaban una retícula semejante a la de cualquier hoja de dibujo técnico. De cuando en cuando aparecían polígonos verdes circulares y rectangulares que pretendían ser una especie de bosque, como en los que yo me había paseado. Ya más cerca de las zonas montañosas de los Alpes y los Cárpatos una que otra mina y las vías de comunicación cortaban abruptamente el armónico caos de las montañas. Las curvas que van en consonancia con la rugosidad del paisaje de pronto eran interrumpidas por ángulos rectos. Conforme más nos acercábamos al este y al Mediterráneo la rigidez neerlandesa y alemana se diluía un poco, aunque por supuesto la geometría humana de las vías, las parcelas y las ciudades nunca cesó del todo.

La tablilla V de “La épica de Gilgamesh” (la obra escrita más antigua del mundo compuesta por una serie de poemas sumerios, de la cual la Biblia retomó varios de sus elementos más icónicos, como por ejemplo el Diluvio), narra la batalla que sostienen el rey Gilgamesh y su amigo Enkidú contra Humbaba, el guardián del bosque de los cedros. Este episodio es sumamente interesante pues simboliza la victoria de la fuerza bruta del ser humano contra la naturaleza. El concepto de “excepcionalismo humano” se refiere, palabras más palabras menos, a esta visión del cosmos en la cual el ser humano está en el centro de todo y se le concibe como un ente ajeno a la naturaleza, como algo aparte, acaso superior. Las ideas de la Ilustración (de las cuales surgen tanto el liberalismo como el marxismo) emergen de esta perspectiva de control y dominación del mundo natural.

La victoria de Gilgamesh sobre Humbaba representa el primer punto de quiebre que nos llevó al excepcionalismo humano mientras se consolidaban las ciudades-Estado en Mesopotamia. Las diosas de la fertilidad de las antiguas religiones —como Inanna o Ishtar— fueron relegadas por los dioses guerreros —como Marduk o Ashur—, los pueblos nómadas fueron sedentarizados, el campo fue sometido por la ciudad y surgió la propiedad privada en detrimento paulatino de las lógicas comunales. Estamos en plena Revolución Neolítica. Con el paso de los siglos los sistemas políticos y económicos se complejizaron y con ellos se acentuó este proceso a tal punto que en el capitalismo todo lo que existe es sujeto a ser considerado como una mercancía. A diferencia de los tiempos de Gilgamesh, cuando se desafiaba a la naturaleza para no depender enteramente de sus leyes, en el capitalismo se considera que esta existe por y para nosotros, que debemos controlarla, dominarla y someterla. Así el ser humano pretende instalarse en el centro del universo como una especie de deidad.

Desde la lógica de la oferta y la demanda, la producción de plusvalía es mucho más importante que entender los ciclos del suelo o del agua o las complejas dinámicas de los ecosistemas. La agroindustria no se preocupa por rotar los terrenos de cultivo para que los suelos y los microorganismos que las enriquecen puedan regenerarse; todo lo contrario, para maximizar la ganancia se les rocía con fertilizantes artificiales que las hacen a la larga algo inutilizable. Para cuando esto sucede otras tierras vírgenes ya están ocupadas. Es así como cada año se desmontan miles de hectáreas de bosques y se apresan y desangran ríos para proyectos de irrigación.

El excepcionalismo humano es la razón de fondo por la cual el Amazonas está siendo deforestado, el Mar de Aral es un agonizante lago de sal o los cuerpos de agua de nuestro planeta están contaminados. Es también la razón por la cual el ser humano es explotado, pues la vida, lejos de ser la prioridad, es otra mercancía más dedicada ya sea a producir más mercancías o a consumirlas. El capitalismo no puede existir sin excepcionalismo humano, no hay un capitalismo humano ni un capitalismo verde porque va contra la esencia misma del sistema. En textos anteriores de mi columna hice referencia a esta idea con las “reservas indias” de los Estados Unidos. Todo lo que existe debe ser controlado para que en el futuro se encuentre la manera de exprimirlo y sacarle una ganancia. Las célebres películas de Hayao Miyazaki Nausicaä del Valle del Viento o La princesa Mononoke son una crítica a esta visión. Son parte de la corriente contraria que propugna la naturaleza como una serie de procesos que podemos tratar de entender para vivir en armonía junto con las demás especies, pues somos tan solo una más de ellas.

Después de varias semanas en Grecia y Turquía, mi estancia de investigación me llevó de nuevo hacia el occidente; a Alemania. Ahí me volví a encontrar con fuerza con esta lógica que está más afianzada en los países donde el capitalismo está más desarrollado. Donde hay un espacio para todo y queda poco para la improvisación, donde la imaginación está (todavía más) condicionada por toda una gama de estructuras y donde perderse en un bosque tiene sus límites y sus reglas por más que durante unos minutos uno se sienta libre entre ramas curveadas y uno que otro animalillo (la mayor parte de la cobertura vegetal original de Europa ya no existe, sino que los bosques son creaciones humanas).

La torre de Alexanderplatz en Berlín (foto: Sebastián Estremo, 2019)

Aterricé en el aeropuerto de Berlín-Tegel. Mientras descendíamos se extendía una larga planicie ocupada por una enorme ciudad atravesada por un río y salpicada por unos cuantos lagos. Repentinamente entre casas y avenidas se alzó una peculiar torre con vidrios de cristal: la torre de televisión de Alexanderplatz. Berlín cuenta con una particularidad que comparte con otras pocas ciudades en el mundo (como Nicosia en Chipre o Mostar en Bosnia): durante décadas estuvo dividida en dos. Atravesada por un muro de un lado se encontraba la Berlín socialista y del otro el enclave del bloque capitalista. La torre de Alexanderplatz no es más que una de tantas reminiscencias arquitectónicas del periodo socialista que uno puede encontrarse en esta ciudad.

Tras salir del aeropuerto me dirigí precisamente hacia ella en busca del departamento de la conocida que iba a hospedarme. Llegué a la dirección correspondiente y toqué el timbre. Nadie me abrió. Esperé varios minutos afuera del edificio tratando de averiguar qué ocurría, si había cometido algún error. Pero no, ¡era ahí! De pronto llegó una mujer joven con bolsas del mandado, una bicicleta y un bebé. Le pregunté por la persona que vivía en el segundo piso. Era ella. Me abrió las puertas de su casa para que pudiera solucionar mi infortunio.

En México la mayor parte de las personas vive en grandes ciudades, lejos del campo, hacinados en departamentos lejanos a “las áreas naturales”. Los ríos suelen ser cloacas o peor aún, vertederos de cadáveres o desechos industriales como en el lago de Chapala. Nuestros departamentos no suelen ser muy espaciosos ni tener techos altos y frecuentemente no están bien iluminados (o por el contrario, a ciertas horas del día los rayos del sol los hacen inhabitables). Aquel departamento al estilo alemán soviético tenía los techos altos, una muy buena iluminación, pero sobre todo era muy espacioso y el aire circulaba libremente. El contraste fue enorme. Después de una breve conversación, la mujer guardó las cosas en su despensa y se metió a bañar, dejándome solo con su bebé. Me pareció irreal, de otro mundo. Pero es que en efecto, Alemania es otro mundo.

Esta no fue ni la primera ni la última situación en la que me he encontrado en que me sorprendo por un acto de confianza y de despreocupación absoluta. En México estamos acostumbrados a estar el 100% del tiempo cuidándonos las espaldas, con miedo y desconfianza hacia el otro. Con el cuerpo crispado. No creo necesario tener que explayarme sobre las razones de nuestro (completamente justificado) temor. Desde pequeños aprendemos a vivir con ello, lo hacemos parte de nosotros a tal punto de que lo normalizamos. Estar en estos otros países y darme cuenta de que este miedo no es algo normal, que en otros lados (y por otros lados no me refiero solamente a países del llamado “primer mundo”) cosas que suceden todo el tiempo en México (descabezados, fosas comunes, asaltos armados, secuestros, violaciones, etcétera) son una excepción y no una norma, me hizo volver a poner en perspectiva lo violento que es el país en que vivimos. Lo acostumbrados que estamos a escuchar sobre atrocidades que más bien lo que nos sorprende es que una persona confié en un extraño. Con esto no quiero decir que todas las personas en Alemania hubieran reaccionado igual, supongo que incluso en el contexto alemán esto es una excepción y que en México esto también hubiera podido suceder. Sin embargo, esto no invalida la reflexión de fondo sobre nunca olvidar lo violento que es México, que no está bien acostumbrarnos a ello por más que a veces lo minimicemos para protegernos y poder llevar una vida lo más normal posible. No es un orgullo vivir en uno de los países más inseguros del mundo.

Monumento de Guerra Soviético en Treptower Park, Berlín (foto: Sebastián Estremo, 2019)

La vida me llevó un par de veces más a Berlín y puede conocer otras viviendas más. La capital alemana es un lugar muy espacioso. Parece ser una regla general que allá todo tiene más aire y mejor iluminación. El efecto de majestuosidad que buscan —con éxito— los monumentos en parques y algunas construcciones abandonadas del periodo socialista me recuerdan mucho a aquello que detallé en el texto anterior sobre Rumania. Esta regla del espacio también aplica para el transporte público, donde los cuerpos de los pasajeros parecen estar diseñados para evitar a toda costa el contacto, a veces a niveles bastante neuróticos.

La red de transporte en Alemania es bastante impresionante pues todo el país está interconectado ya sea por vías de tren o autopistas. El servicio es puntual y veloz. En los trayectos largos incluso hay vagones donde uno debe permanecer callado. Tal vez el mayor contraste con relación al transporte público de varios países mediterráneos y de Latinoamérica es la ausencia de torniquetes. No hay policías ni barreras que le impidan a uno pasar libremente y subirse a un tren o autobús. Y sin embargo la mayor parte de las personas pagan sus boletos. Contrario a lo que la lógica simplista podría indicar esto no se debe a una superioridad ética alemana.

A diferencia de países como México en donde el transporte público es un negocio de particulares, lento, ineficiente, violento y, por sobre todas las cosas, caro (pues el porcentaje de los ingresos que destinan la mayor parte de los mexicanos para transportarse es bastante considerable), en Alemania las condiciones económicas de la mayoría permiten que el transporte no sea un lujo. En términos absolutos claro que es más caro, pero en términos proporcionales con respecto al ingreso medio es mucho más barato. Aunado a esto importantes sectores de la sociedad cuentan con subvenciones que lo hacen todavía más accesible. Como en todos lados aquellos para los que el gasto representa un duro golpe al bolsillo (o aquellos que consideran que el transporte público debería ser gratuito para todos) optan por no pagarlo cuando pueden. Lo que cambia es el mecanismo de sanción. Aunque en Alemania pareciera ser más permisible, es en realidad más sutil y agresivo.

Salvo en ciertos casos de rutas muy frecuentadas, en Alemania no hay un policía de estación que te persiga, sino controladores vestidos de civil que te cazan como asaltantes. En México el asalto consiste en que uno va recargado sobre la ventana con un hilo de baba que atestigua una siesta profunda cuando de pronto irrumpen un par de personas armadas (o no, generalmente nadie busca averiguarlo) que con gestos bruscos y volumen alto exigen con rapidez todas las pertenencias de los pasajeros. Si todo sale bien nadie sale lastimado. En Alemania el relato es semejante, las puertas se cierran y comienza el atraco. Solo que en lugar de llevar armas los controladores llevan una máquina para validar los boletos. En caso de no traerlo las multas superan los mil pesos mexicanos y la reincidencia conlleva sanciones cada vez mayores. Estos controladores no son personas de a pie que algún día fueron niños y soñaban con aterrorizar pasajeros, son exconvictos (generalmente migrantes) a los que como parte de su “reinserción social” los obligan a cumplir con una cuota. Por medio del terror se mantiene el orden y el trabajo sucio lo hacen sus “ciudadanos de segunda”. La diferencia práctica fundamental entre un transporte con torniquetes a uno sin torniquetes es que en el primero una vez que se ha superado el obstáculo la victoria es casi segura, mientras que en el segundo el terror es ya un castigo por sí mismo. El mejor control es aquel que no se percibe como tal.

Parada de S-Bahn dentro de la ciudad de Berlín, (Sebastián Estremo, 2019)

La presencia de animales domésticos, pero particularmente de perros, es otro aspecto singular del transporte público alemán. Pero hay que ver qué perros. La naturaleza de los canes es cazadora, vagabunda, libre. En mi opinión si pudiéramos preguntarle a un perro lo que piensa y desea de la vida todos coincidirían con el de Alberto Cortez. Un can que no olfatee ni lance una mirada curiosa con o sin ladrido de advertencia es uno al que ya le han arrebatado la vida. En el capitalismo naturalmente los animales también son mercancía y en las ciudades el valor de uso que se les da es el de fungir como compañía de los excluidos, como juguete para los niños o simplemente como un adorno para presumir. Así es como razas, que son verdaderos atentados contra la vida (como los pugs u otros perros cuya vida es una lucha permanente contra la falta de oxígeno, la ansiedad, otras enfermedades o simplemente el temor por la vida) proliferan en las tiendas de mascotas. Un negocio redondo que lucra con la miseria de personas y animales. Las ciudades modernas no son lugares que ofrezcan un contexto donde puedan cumplirse relaciones simbióticas que sí vemos con un perro pastor o un gato que controla las ratas de una parcela. En el capitalismo se fabrican animales para que sean dependientes de los humanos y se adapten a las geométricas reglas de su ecosistema urbano. Se crea un amor tóxico, violento, basado en la dependencia y la dominación. Las mascotas de ciudad deben ser dependientes de nosotros para así poderlas cuidar. Si el perro o el gato no sacrifican su naturaleza salvaje e independiente muchas veces son sacrificados (en el sentido metafórico y figurado). Por más que el perro mueva el rabo esto es egoísmo y utilitarismo puro. Los canes que uno ve en el metro de Berlín no olfatean ni curiosean, sino que miran al frente y con disciplina militar acatan las órdenes de sus dueños (acá la palabra cobra todo sentido). Su libertad canina les fue arrebatada a cambio de comida procesada para perro, vacunas y esporádicos paseos por el parque atados a una correa. En Alemania cada perro está censado y es continuamente monitoreado por el Estado. Los censos no son muy diferentes a los inventarios de una tienda de abarrotes. ¿Si se censa a los humanos por qué no a los perros?

El ser humano es parte de la naturaleza, y como tal no hay nada que éste haga que sea antinatural, sin embargo, depende de nosotros decidir cómo la entendemos, cómo queremos concebirla y, sobre todo, qué posición queremos ocupar en ella. Una en la que pretendamos dominarla o una en la que busquemos comprender sus procesos y accionar con base en este conocimiento para satisfacer las necesidades de todos.

Como platicaba con un buen amigo el otro día: qué bueno que Alemania existe, pero ¡qué bueno que el mundo no es como Alemania!

LL/LL

*Se autoriza su reproducción siempre y cuando se cite claramente al autor y la fuente. Se prohíbe su reproducción si es con fines comerciales.

Sebastián Estremo nació en la Ciudad de México en 1991. Es Licenciado en Geografía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Maestro en Estudios de Asia y África con especialidad en Medio Oriente por El Colegio de México, se desempeña como cartógrafo y profesor particular de turco y de francés.

Apasionado por la historia, la geografía y los idiomas ha emprendido diversos viajes por México y el mundo recopilando las historias de vida de las personas que se han cruzado por su camino. Su género preferido es la crónica y su inspiración el periodista polaco Ryszard Kapuściński.

Ha publicado crónicas de sus viajes por el Kurdistán en medios independientes y artículos periodísticos y mapas en medios electrónicos.

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