Crónicas al Estremo | Nada surge de la nada

Por: Sebastián Estremo

México. 08 de junio de 2020. (Letra Fría) Una madrugada de julio de hace unos diez años sonó el teléfono celular en el cuarto de mi madre. Aquella llamada me despertó. Yo lo supe desde antes de que contestara. Mi padre había muerto. Y así fue.

Nos alistamos y en unos cuantos minutos tomamos un taxi que nos llevó en un par de horas, entre baches y caminos de terracería, a las afueras de la Ciudad de México, en la delegación Tláhuac. Ahí, en una pequeña casita rodeada por terrenos baldíos, nos esperaba su enfermera Esmeralda con su madre. Ambas lloraban. Pasé a ver el cadáver de 1 metro 90 de mi padre, una que otra mosca revoloteaba sobre su cabeza. Hacía tiempo que no lo veía, nunca fuimos muy cercanos. Honestamente no recuerdo la última vez que hablamos ni qué le habré dicho. Llegó la policía. Mi madre se encargó de ellos. Los representantes de la ley querían su tajada. Con falsa empatía nos dieron un aventón a un cajero para exprimir a mi madre. Yo iba en la parte trasera, en la batea. Estaba amaneciendo. El aire era limpio, de los pocos lugares en que la gran capital no huele a peste ni se siente la pesadez del cemento. En el primer plano se veían unos cuantos canales y chinampas, reminiscencias de tiempos mejores, al fondo las cimas nevadas de los majestuosos volcanes: el Iztaccíhuatl y el Popopcatepetl. Ese mismo día, hasta el otro lado de la ciudad, lo fuimos a cremar. El de la funeraria dijo que fue un problema, porque no cabía, era demasiado alto.

Esta corazonada, por más extraña que parezca, era un tanto lógica. Dos años antes, una madrugada de un viernes 13, me enteré que mi papá estaba en la Ciudad de México. Se había puesto malo. Él vivía en Puerto Vallarta y horas antes, la noche del jueves, pasó a visitar a mi hermana. Fueron a un billar donde ella trabajaba, él y un viejo amigo suyo se tomaron un par de cervezas y de pronto sintió un malestar y se desvaneció. Se lo llevaron al hospital. La recepcionista se negó a atenderlo que porque estaba borracho. No tenía seguro. Lo cierto es que mientras mi hermana hacía lo posible por conseguir ingresarlo transcurrían minutos clave, era algo neurológico. Finalmente terminó internado en el Hospital General, estuvo en coma unos meses y le dio una neumonía. En su cuarto había tres camas, la suya era la 29, en la 28 cada semana había alguien diferente. La gente en coma no pierde del todo sus sentidos y él escuchaba periódicamente como alguien se moría a su lado. Los días siguientes sus brazos solían estar más tensos.

Cuando despertó lo llevaron a la casa, una casa de la que se fue una década antes. Una noche yo lo cuidaba. Me dijeron que no tocara el tubo que estaba incrustado en su tráquea porque me podía enfermar. De cuando en cuando salían disparados por el aire, cual misiles, unos cuantos fluidos cargados de algún peligroso virus o bacteria. Así pasó unos cuantos meses. No volvió a ser el mismo. Tenía paralizadas partes de su cuerpo, le salían yagas y no reconocía a las personas. Nunca más se dirigió a mí por mi nombre, desde aquel día del 2009 para él yo me convertí en César.

Durante varios meses un par de enfermeras se alternaban para cuidarlo. Venían desde muy lejos y muy temprano. Una de ellas era Esmeralda quien resultó ser muy buena gente. De primera mano les puedo decir que el dinero que percibían no iba acorde con el enorme trabajo que realizaban, pero lamentablemente ese dinero tampoco podía salir de nuestros bolsillos. De ser así tal vez mi padre seguiría haciendo su vida en las playas de Jalisco. La situación fue insostenible, se lo llevaron a un asilo al sur de la ciudad donde más que cuidarlo lo maltrataron. Así fue como llegó a aquella modesta casa a las afueras de la ciudad, donde pasó sus últimos días. Fue lo mejor para todos, Esmeralda incluida. Una muerte horrible provocada en gran medida por un cúmulo de negligencias y carencia de empatía del sistema de salud en su conjunto. Sus cenizas terminaron en el mar, junto con las de su padre en las playas de Cuyutlán, allá en Colima. No cabe duda de que con un poco más sentido humano se pudo haber evitado el suplicio de los últimos dos años de su vida, o tal vez incluso hasta salvarse. Hay muchas historias de este tipo que se desarrollan día con día en este país, esta es solo una, la cuento porque me es la más cercana, pero seguro varios de entre ustedes me podrán contar algo semejante, tal vez incluso todavía más injusto y desgarrador.

En días recientes hemos atestiguado un sinfín de fenómenos que se han hecho evidentes por la pandemia. Uno de estos es la compleja relación que tiene la población mexicana con el personal de salud. Todos vimos lo que aconteció en el Hospital Las Américas en Ecatepec y todos escuchamos el increíble mito del líquido de las rodillas. Al mismo tiempo nos indignamos por los ataques en el transporte público que sufrieron médicos y enfermeras. Pero era ahí donde yo me preguntaba ¿de dónde viene todo esto? No pudo haber salido de la nada. Es muy fácil hablar de la ignorancia de las personas cuando no se han tenido ciertas experiencias y cuando no se han vivido ciertos contextos. Desde hace mucho tiempo aquellos que no podemos costearnos salud privada sin que eso signifique endeudarse durante años o toda una vida, hemos padecido de muy malos tratos por parte del personal médico. Humillaciones, trato condescendiente, falta de empatía, un largo etcétera. Como suele suceder entre más pobre se es más probable es que esto ocurra con mayor intensidad. Recuerdo un caso, de una persona de una comunidad en Michoacán, que me contaba que uno de los médicos que les mandaron los reprendía con tono arrogante y aires de superioridad por usar el agua sucia del río. Pero ¿qué hacer cuando esa es la única fuente de agua disponible? ¿A las personas que viven de la pesca del lago de Chapala o a los que respiran la putrefacción del río Santiago en El Salto y tienen tumores en la cabeza con qué cara les dices eso con aires pedantes de superioridad?

Pero a ver… que se entienda algo. Yo no me estoy peleando con el personal de salud, menos todavía durante la pandemia. Muchos de ellos alrededor del mundo han muerto por el virus mientras hacían su trabajo, otros se han suicidado por la presión a la que están sometidos o por el impacto de lo que han visto. Así como hay médicos que se han prestado para las campañas de esterilización forzada a mujeres indígenas en el país o para prolongar el estado de consciencia de una persona torturada por el ejército o la policía, también hay muchos otros que solidariamente han prestado sus servicios para los menos favorecidos, sin pedir nada a cambio, siendo plenamente conscientes de las carencias que pueden llevar a las personas a tomar decisiones que van en contra de su propia salud. La pandemia ha expuesto lo que es una realidad de hace mucho tiempo: las pésimas condiciones laborales que enfrentan a diario. Particularmente las enfermeras y los enfermeros. No tienen equipo suficiente, los hospitales están saturados, los medicamentos escasean, les asignan maratónicos turnos que afectan su propia salud y su vida social, hay veces que incluso trabajan bajo amenaza, en los pequeños consultorios de cadena los presionan para recetar medicamentos y un largo etcétera.

Hay una campaña ahora por parte de los medios y el gobierno que los quiere hacer pasar por héroes. Un importante sector del personal de salud ha respondido con un claro mensaje “¡no queremos ser héroes, queremos condiciones dignas de trabajo!”. Qué fácil es lavarse las manos ¿no? Los llaman héroes, pero no están dispuestos a mover un dedo por mejorar sustancialmente sus condiciones laborales. Con o sin pandemia el personal médico es como cualquier otro sector del proletariado: un grupo explotado utilizado para perpetuar la acumulación de capital para unos pocos. La salud como negocio… en fin.

Pero hay otro gran problema con esto de los supuestos héroes. Es esta jerarquización que se hace entre unos que valen más y otros que valen menos. Yo me pregunto, ¿qué hubiera sido de nosotros durante la pandemia sin los recolectores de basura? En Líbano en alguna ocasión se fueron a huelga y las calles eran un basurero, la gente se enfermaba por montones. ¿Qué sería de la humanidad sin los albañiles? Perdónenme, pero no fueron los faraones egipcios los que construyeron las Pirámides, nuestras ciudades son obra de estas personas eternamente infravaloradas que viven en el anonimato. ¿Quiénes nos alimentan todos los días sino los campesinos? Es verdad son ahora los médicos y las enfermeras los que están en la primera línea del frente de batalla, pero es el campesinado el que lleva décadas siendo el primer bastión de resistencia frente a los embates de mineras, enormes conglomerados de biotecnología y mega desarrollos turísticos. No solo nos dan de comer, sino que son los primeros en defender nuestra agua, nuestras tierras y nuestra salud. No son pocos los que han dado la vida por ello. ¿Y qué me dicen ustedes de los artesanos, quienes muchas veces sin haber cursado ningún pomposo grado universitario hacen maravillas con sus manos? Ellos encuentran gotas de agua en el desierto y de algún modo hacen una fuente con ellas.

Aquí yo no estoy confrontándonos entre gremios. Lo que estoy intentando destruir es esta idea de los héroes, esta enfermedad de la meritocracia, de pensar estúpidamente que el pobre es pobre porque quiere o de que el que es ignorante es por idiota (los remito a otro texto de mi columna Hay que chingarle donde pongo en tela de juicio la idea misma del talento). El filósofo anarquista ruso Mikhail Bakunin en su libro Dios y el Estado dedica sendas páginas a profundizar sobre esta idea que estoy exponiendo. Se ha construido una forma de pensar donde el trabajo mental vale más que el trabajo manual y para él esto es inaceptable. Ambos son igual de importantes y el óptimo desarrollo de una persona y una sociedad dependen de la conjunción entre ambas cosas. Los asiduos seguidores de la serie norteamericana de los Simpson seguramente recordarán el capítulo de la décima temporada They Saved Lisa’s Brain, en el que un grupo de intelectuales fracasan monumentalmente a la hora de intentar gobernar la ciudad de Springfield. Una cosa es entender el mundo desde la comodidad de una torre de marfil y otra es salir a conocer el mundo desde los ojos del que lo vive todos los días.

¡Dejemos de lado esta idea de que unas vidas valen más que otras por la actividad que desempeñan! Todos tenemos algo que aportar y todos merecemos un contexto de vida que nos permita existir para hacer algo más que simplemente sobrevivir. Todos aquellos que debemos llevar a cabo alguna actividad para sostenernos, esto es, todos aquellos que nos vemos obligador a trabajar para sobrevivir (manual y/o intelectualmente), somos trabajadores. El problema es que a muchos médicos (y científicos en general) con aspiraciones individuales de ascenso social esto se les olvida. Bajo el falso argumento de que hay saberes que cuestan más trabajo que otros se perpetúan brechas salariales que nos dividen como clase trabajadora. Y aunque así lo fuera yo insisto ¿qué sería de nosotros sin aquellos que realizan el “trabajo sucio” que nadie más quiere hacer? Simplemente todo colapsaría.

Esta jerarquización no solo va contra toda lógica de construcción comunitaria, sino que le ha costado la vida a muchas personas. La arrogancia con la que se tilda a ciertos grupos de ignorantes sin conocer su contexto histórico y social y la pedantería con la que se infravaloriza el conocimiento ajeno nos hacen mucho daño. Después de todo el asesinato a manos de la policía de Giovanni López en Ixtlahuacán no es coincidencia. Giovanni era albañil. El día de mañana que manifestemos nuestro repudio contra la policía recuerden que no es de a gratis. Ya sea el mito de las rodillas o los terribles ataques en el transporte público, nada surge de la nada. Ni el odio, ni la desconfianza, ni la ignorancia surgen de la nada. Hay que buscar y entender el origen de las cosas antes de disparar juicios a diestra y siniestra con nuestro inquisitivo dedo índice si es que realmente queremos contribuir a la mejora de nuestro mundo.

MA/MA

*Se autoriza su reproducción siempre y cuando se cite claramente al autor y la fuente. Se prohíbe su reproducción si es con fines comerciales.

Sebastián Estremo nació en la Ciudad de México en 1991. Es Licenciado en Geografía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Maestro en Estudios de Asia y África con especialidad en Medio Oriente por El Colegio de México, se desempeña como cartógrafo y profesor particular de turco y de francés.

Apasionado por la historia, la geografía y los idiomas ha emprendido diversos viajes por México y el mundo recopilando las historias de vida de las personas que se han cruzado por su camino. Su género preferido es la crónica y su inspiración el periodista polaco Ryszard Kapuściński.

Ha publicado crónicas de sus viajes por el Kurdistán en medios independientes y artículos periodísticos y mapas en medios electrónicos.

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