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De corridas de toros y prohibiciones

Las prohibiciones de realizar corridas de toros no es algo nuevo. Guillermo Tovar Vázquez nos habla del famoso decreto de Venustiano Carranza que entró en vigor el 1 de octubre de 1916 y fue derogado en 1920.

Por: Guillermo Tovar Vázquez, cronista de Autlán | Historias de plaza pública

Autlán de Navarro, Jalisco. 20 de enero de 2023. (Letra Fría) Aunque se manejó como un asunto novedoso y como un triunfo del movimiento antitaurino, una especie de preludio de la muerte definitiva de la tauromaquia, la prohibición de celebrar corridas de toros en la Plaza México anunciada a principios del año pasado y que propició la cancelación de la temporada grande 2022-2023, no es algo nuevo.

Ya en tiempos pasados estos festejos han sido prohibidos en nuestro país, sin que esto haya representado la desaparición de la afición taurina ni de toda la maquinaria económica que existe alrededor de los toros de lidia.

No voy a hacer aquí un recuento de las distintas prohibiciones, eso ya lo han hecho otros. Me concretaré a comentar someramente el ambiente taurino que vivían Autlán y Guadalajara en los días de Carnaval de 1920, por ser el año en que volvieron a celebrarse en Autlán las fiestas de Carnaval luego de las interrupciones constantes de los años anteriores debidas a la violencia revolucionaria y, además, por ser las postrimerías de la vigencia del famoso decreto de Venustiano Carranza prohibiendo las corridas de toros.

Primero, analicemos ese decreto. Identificado con el número 99, fue publicado en la edición del Diario Oficial del 11 de octubre de 1916, entrando en vigor ese mismo día. En él Venustiano Carranza, Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, encargado del Poder Ejecutivo de la Unión (no era presidente constitucional, recordemos que ese cargo lo había usurpado Victoriano Huerta en 1913, a quien los constitucionalistas echaron tiempo después) establecía la prohibición de las corridas de toros, “absolutamente”, en el Distrito Federal y en los Territorios Federales (Baja California, Quintana Roo y Nayarit, que todavía no eran Estados de la Federación).

El Artículo 2° del decreto ampliaba la prohibición a toda la República, “hasta que se restablezca el orden constitucional en los diversos Estados que la forman”. El Artículo 3° señalaba las penas para quienes no acataran esta prohibición: multa de mil a cinco mil pesos o arresto de dos a seis meses o, incluso, ambas penas, dependiendo de la gravedad de la falta. El decreto no aclara los niveles de gravedad, por lo que es de creerse que quedaría a criterio de las autoridades.

Pero lo más interesante del decreto está en su extensa exposición de motivos. Comienza mencionando la obligación de los gobiernos de “contrariar y extirpar aquellos hábitos y tendencias que indudablemente son un obstáculo para la cultura, o que predisponen al individuo al desorden, despertando en él sentimientos antisociales”. En primer lugar dentro de estos hábitos, según el decreto, está “la diversión de los toros”, anticipando el argumento actual de que se tortura a los animales pero, a diferencia de hoy, se ponía también interés en la vida de los toreros, que se ponía “en gravísimo peligro, sin la menor necesidad”.

Además, en los considerandos del decreto se afirmaba que “la diversión de los toros provoca sentimientos sanguinarios, que… han sido el baldón de nuestra raza a través de la historia y, en los actuales momentos, incentivo para las malas pasiones”. También se acusaba a esta diversión de ser la causa del agravamiento de la miseria en las familias, que preferían “proporcionarse el placer malsano de un momento” aunque se quedaran sin el sustento de varios días.

Dejo a juicio de los lectores valorar la pertinencia de tales argumentos. El caso es que, para principios de 1920, poco más de tres años después de la entrada en vigor del decreto, en Jalisco y, específicamente, en Autlán no había desaparecido la afición a los toros. Y sí que hubo miseria y sentimientos sanguinarios en esos años, pero provocados, según mi parecer, más por las pasiones políticas (carrancistas incluidos), que por la “diversión de los toros”.

En Autlán, en el Carnaval de ese año volvieron a celebrarse corridas de toros luego de que en 1919, año de epidemia y de bandolerismo, no las hubo. Según la información registrada por don Felipe Uribe, en ese 1920 vino una cuadrilla “capitaneada por Domingo Danglada, que dio a conocer el toreo moderno, hábil con las banderillas y la muleta, popularizó el cuplé El Relicario”. Las corridas de toros no dejarían de celebrarse en Autlán sino hasta la revolución delahuertista (Carnaval de 1924); en ese lapso ocurrirían acontecimientos relevantes, como las presentaciones del matador Salvador Corona, que propiciaron la composición, por Nicolás Sánchez Gómez, del pasodoble Coronita.

Pero Autlán no era una isla, a pesar de lo mal comunicado que estaba. Ese mismo año, el domingo 15 y el martes 17 de febrero (Martes de Carnaval) se celebraron en la plaza de toros El Progreso, del barrio tapatío de San Juan de Dios, dos corridas organizadas por la empresa Zelayarán. La primera fue protagonizada por los españoles Ernesto Pastor (nacido en Puerto Rico), quien fallecería al año siguiente a consecuencia de una cornada, y Pedro Carranza, “Algabeño II”. La segunda corrida, la del Martes de Carnaval, la lidiarían un torero de apodo Manolete (¿acaso el padre de Manuel Rodríguez?) y el mexicano Luis Freg, “don Valor”, quien unos días antes había inaugurado la plaza de Tlalnepantla, Estado de México.

Es decir, se seguían lidiando toros en México como si nunca hubieran estado prohibidos. El decreto sería derogado en ese mismo 1920, en parte por la defenestración y asesinato del Varón de Cuatro Ciénegas pero, tal vez, también por su inutilidad, teniendo en cuenta lo poco que había mermado en la afición de los mexicanos y en el fomento de las buenas costumbres.

Y lo mismo podríamos decir de otras prohibiciones, como las de consumir drogas, de fumar tabaco o de escuchar rock. Como mucho, servirán para acariciar los oídos de un sector del público.

Fuentes:

Cronista honorario de Autlán por la Asociación de Cronistas Municipales del Estado de Jalisco desde 2015 y cronista municipal desde 2018. En abril de 2017 ingresó a la Benemérita Sociedad de Geografía y Estadística del Estado de Jalisco con el trabajo La construcción de la carretera Autlán-Purificación en 1930.
Correo: culturautlan@gmail.com

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