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La infancia de José Mojica en San Gabriel, Jalisco

José de Jesús Guzmán Mora, cronista de San Gabriel, Jalisco, nos acerca a los primeros años de la infancia de José Mojica vividos en su pueblo natal San Gabriel, lugar donde nació en 1896.

José Mojica en su infancia. (Foto: archivo)

Por José de Jesús Guzmán Mora, Cronista de San Gabriel, Jalisco | Desde el Llano rulfiano

San Gabriel, Jalisco, 24 de septiembre de 2023. (Letra Fría). El gran tenor gabrielense José Mojica fue una de las principales estrellas del cine hablado en español. En su época de gloria, este actor pudo competir brillantemente no sólo con sus compatriotas, los galanes mexicanos; sino con otros intérpretes que pasaron por Hollywood en el período en que allá se rodaron filmes en español.

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 Nació en San Gabriel en 1896, hijo del Dr. J. Jesús Chavarín Vázquez y de doña Virginia Mojica, por ser hijo natural solo llevó el apellido materno. En este pueblo fue bautizado, aprendió las primeras letras en una escuela sencilla e hizo su primera comunión; a la edad de diez años emigró, junto con su madre a la Ciudad de México.  Allá se formaría como persona y como artista. Fue un hombre lleno de talento exquisito, artista consumado en el bel canto, llegó a ser disputado por las más grandes compañías de ópera de los Estados Unidos. En 1947 fue ordenado sacerdote franciscano, viajó por todo el mundo llevando su talento artístico; murió en Perú en 1974, desde ese año una calle de San Gabriel, lleva su nombre.

Estando en el Perú, escribió su autobiografía en el libro titulado “Yo Pecador”, editado por el sello editorial JUS de México, de dicho texto se ha tomado el siguiente capítulo al que tituló…

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APYSA

INFANCIA

“Tengo tres o cuatro años. Me muevo en una casa con techos de teja, amplios corredores, patio con plantas y flores, corrales en los que hay árboles frutales y al fondo tejabanes donde siempre veo vacas, mulas, caballos, burros, cerdos y gallinas. Hay mucho sol y abunda el agua que traen en grandes cántaros rojos, de barro, mujeres que también muelen maíz en la espaciosa cocina siempre humeante, a la cual no puedo entrar porque una mujer joven, de cara rosada y redonda y boca que muestra sus dientes blancos y uniformes como granitos de maíz, me dice que no lo haga porque ella me lo prohíbe y yo soy ‘un niño obediente’. 

Es lo primero que recuerdo haber sido: ‘un niño obediente’. Me agradaba serlo y escuchárselo a la mujer cuando lo repetía llena de satisfacción: “¡Qué bueno es mi hijito! Lo quiero por ser obediente”, y tras el halago me entregaba un tazón de arroz con leche endulzado con ’panocha’ (azúcar morena) y rajas de canela. Otras veces, por obediente me daban leche cuajada con azúcar y zumo de limón”.

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Cuipala

“Duermo en un catre antiguo de lazos entretejidos, sobre un colchón que todos los días sacan al sol porque dormido me orino en él. “Es una vergüenza que un niño limpio haga eso”; pero es que antes de dormir me dan un gran vaso de leche y en la madrugada tengo que desalojarlo. Como estoy en un sueño profundo no sé cuándo lo hago,  y por la mañana me castigan al bañarme y cambiarme de ropa. En la casa no hay hombres mayores. De vez en cuando llegan del rancho, a caballo, unos muchachotes, y para que entren se abren las puertas del zaguán. Las herraduras de las bestias hacen gran ruido en las losas del pasillo. Mi madre me toma en brazos y me entrega a uno de los jinetes, que me sonríe, me acaricia, me sienta sobre sus piernas y me pasea a caballo por el patio. Siento que aquel muchacho es mi primer amigo”. 

“Con los jinetes llega una mujer que jamás me sonríe y clava en mis ojos los suyos de acero, me da un par de palmadas en la cabeza y comenta: ¡pobre criatura! Advierto que mi madre no se alegra cuando esta señora llega. Aunque le dice “mamá”, no se besan, ni se abrazan, ni se quieren. Cuando nos visita hay tristeza en la casa”. 

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“En una ocasión, sorprendí a mi madre y a mi amigo hablando a solas. Ambos lloraban y se consolaban mutuamente abrazándose. El deseo de aliviar el dolor de mi madre me impulsó a acercarme. Con lágrimas decía el muchacho: 

  • ¡Golpeándome la espalda acabó con una vara de órgano!
  • A mí también me pegaba mucho -agregó mi madre-, me castigaba haciéndome moler arrobas de queso.
  • ¡Mira -dijo mostrándole sus manos pequeñas y finas con anillos de oro-, se me hicieron callos gruesos!
  • Igual trata a mi hermana Lupe, peor que a una sirvienta. ¿Qué debo hacer? ¡No aguanto más!
  • Esperar… cuando necesites dinero, pídemelo. Sigue en el rancho, pero no vuelvas a vender un solo animal sin consultarla.
  • ¡Pero es mi herencia y tengo derecho a ella!
  • ¡No -interrumpió mi madre-, hasta que seas mayor de edad!
  • ¡Pues que ganas tengo de serlo!

“Mi amigo se inclinó en el hombro de mi madre y ambos lloraron. Algo me oprimió el corazón y lancé un grito. Al darse cuenta de mi presencia y de mi llanto, cambiaron de actitud, me levantaron en brazos y me llevaron a mirar los caballos, que tanto me gustaban. Al evocar las periódicas irrupciones de aquella severa mujer a la que poco a poco aprendí a llamar “mamá”, y a los muchachos cuyos nombres eran, del mayor al menor, Porfirio, Amado y Pancho, mis recuerdos se aclaran. El pueblo en que vivo se llama San Gabriel, y los jinetes vienen de Tolimán y del rancho”. 

“No sé por qué pero un buen día dejo de ser el único niño en casa. Mi mamá tiene otro y veo cómo le da el seno a mamar, lo cual no es para mí novedad, pues todos los animales pequeños que hay en el corral maman de sus madres. El niño es tan bonito y simpático, que absorbe la atención. No sé cómo crece, pero me veo ya jugando con él alegremente. No habla todavía; pero tiene una voz fortísima y me llama Chacho. Quiere hacer todo lo que yo hago y me esclaviza a sus caprichos. A veces me entristece el que mi madre le dé la razón ‘porque es chiquito’, pero empiezo a darme cuenta de que yo soy el mayor”.

“Una mañana mi madre me viste ropa limpia y me compra una linda sillita de tule, amarilla, con flores rojas y hojas verdes en las tablas del respaldo. En la tienda de don Primo Villa me compra, también, un pequeño cuaderno que en la primera página tiene un arcángel parado sobre un diablo”. 

“Es –me dice- San Miguel triunfando del Demonio”, y al volver a casa me compra una pizarra y un pizarrín en la tienda de don Andrés Trujillo, a cuyo hijo Chumano yo admiro por la maestría con que despacha cuanto le piden: arroz, maíz, manteca, queso, azúcar, confites –de los que siempre me regala uno o dos cuando voy a su tienda. Chumano sonríe siempre. Su cara está llena de color, es como una manzana que tuviera ojos verdes. Al salir, mi madre me lleva de la mano por una calle que jamás había visto. Llegamos a un jardín de árboles enormes, sin follaje y cubiertos de flores amarillas.

  • Mira mamá, cuántas flores, ¿cómo se llaman?
  • Se llaman primavera.

Nos detuvimos en una casa que hacía esquina con el jardín. Al entrar veo muchas niñas y niños sentados en sillas como la mía. Una señorita vestida de negro, marcada de viruelas, se acerca, me sonríe y me pregunta mi nombre.

Chuy –le respondo.

 Así me llaman todos, excepto mi hermanito, que me dice Chacho y a quien yo le digo Noldito, por Arnoldito.

 La señorita me sienta junto a un niño bien vestido, con medias de “popotillo”, -las mías son lisas, negras, de algodón- cuello duro y ancho que le llega a la mitad de los hombros  y corbata de seda floja hecha moño; en tanto que yo visto blusa de blanco piqué con orla bordada y vuelta a la marinera”.

“Recordándome que obedezca en todo a la señorita Petra, mi madre me deja ahí. Es feliz mi primer día de escuela. Nunca había hablado con niños bien vestidos, ni jugado con los de las casas vecinas a la mía, porque “son sucios y tienen piojos”. ¡Ahora podré hacerlo con niños tan limpios y niñas tan bonitas! Me dispongo a jugar con el más próximo niño, cuando la señorita Petra, golpeando fuerte la mesa, nos advierte que no se puede hablar. Se hace el silencio y observo todo. No encuentro difícil callar, porque soy obediente”.

“Mi dedo índice, guiado por la mano de la señorita, recorre las primeras letras del silabario: a, e, i, o, u. No es cosa del otro mundo repetir aquello. En dos minutos aprendo la primera lección y entran luego en mi memoria las combinaciones de las cinco vocales. Mientras la señorita va de un niño a otro niño, permanezco quieto, feliz en aquel ambiente de niños elegantes y limpios. La criada viene por mí a las doce del día y cumple la orden especialísima de mi madre de llevarme por la sombra. Ya en casa refiero cuanto aprendí y mi madre me recompensa diciéndome “niño aplicado”, lo cual me halaga, porque sé que es malo y vergonzoso ser flojo. En la niñez, el sentido de lo bueno y lo malo se funda en términos claros y sencillos. Ser obedientes, es bueno; desobediente, malo; aplicado, bueno; flojo, malo; limpio, bueno; sucio, malo. Con tan sencillo código puso mi madre las tres piedras fundamentales de mi vida, y empecé a seleccionar palabras y obras buenas y malas. Mi primera falta fue de desobediencia”. 

“Cuando ya me permitían ir solo a la escuela, en vez de caminar por la sombra lo hacía por el sol, cosa que disgustaba a mi madre, que no quería fuese yo negro o moreno, porque en aquellos tiempos, en mi pueblo, ser blanco era ser bello y mucho mejor ser rubio, a más de la creencia muy arraigada de que a los niños que se asoleaban les acometían las viruelas. Acaso porque mi organismo pedía el calor de los rayos solares, apenas veía desaparecer de la ventana el rostro sonriente de mi madre, al doblar la esquina, me pasaba al sol, y con verdadero placer comprobaba que no era malo desobedecer a una persona si ella no miraba la desobediencia”.

“Un día, al volver de la escuela a paso veloz por el lado del sol, con mi pizarra a la espalda y mi sombrero en la mano, vi en los ladrillos rojos de la acera una serpiente negra en forma de S. Perdí el aliento, olvidé la tonadilla que venía tarareando, de un salto salvé el lustroso animal y corrí horrorizado. Llegué a la casa con el corazón en la boca y abracé a mi madre”. 

  • ¡Mamacita… una culebra estaba ahí, en el lado del sol!
  • ¿Dónde estaba?
  • ¡En el lado del sol!
  • ¿Y qué hacías en el sol?
  • No, mamá, yo nunca me voy por el sol…
  • ¿No? ¡Ya veo que andas en la luna!

Y al susto de mi encuentro con la víbora añadió mi madre unas nalgadas.

  • Aprenda a ser obediente –repetía entre nalgada y nalgada- y a no decir mentiras. Un mentiroso es lo peor que hay en el mundo.

“Después de los golpes me tiró de los cabellos cercanos a la oreja, causándome un dolor nunca antes sentido. El castigo me hizo cavilar. ¿Cómo sabía mi madre que yo iba y volvía por el lado del sol? ¿Adivinaba? Durante algún tiempo la tuve por un ser extraordinario que lo sabía todo. Por aquellos días nos cambiamos de casa, a la vuelta de la esquina, a otra más pequeña, pero se comunicaba con el corral y los tejabanes de la casa grande, en la que permanecían los animales. Nuestra nueva casita tenía jardín y huerta”. 

“Recuerdo a una señora morena, delgada, que se cubre la cabeza con un rebozo azul. Es una persona triste que habla con mi madre de un casamiento. Todo –dicen- está arreglado: pintados los nuevos muebles, remozada la casa grande, las Ochoa hacen las donas. Conozco a las Ochoa. Viven en un mesón de su propiedad frente a mi casa grande. Son buenas con mi madre y conmigo. La señora triste del rebozo azul toma en brazos a mi hermanito y comenta sus gracias y habilidades. “Es muy precoz, -dice mi madre-, pues a su edad, un año y siete meses canta melodías cuyas palabras no puede pronunciar; pero baila y sabe cambiar el compás del cuerpo según el ritmo de la pieza”. Y a demostrarlo. Mi madre toma la guitarra, que toca todos los días con naturalidad con que veo que toma en sus manos la costura o el libro de oraciones”. 

“Toca un jarabe que mi hermanito y yo bailamos. Al son de la alegre música tapatía saltamos felices. Mi madre cambia de ritmo; ahora el vals Después del baile. Tomados por los brazos, Noldito y yo nos balanceamos. Vuelve el jarabe y repetimos el zapateo”. 

“Otra vez un vals y después una marcha, para rematar con la diana entre las risas, palmas y gritos de todos. La señora del rebozo azul se alegra, levanta en brazos a Noldito y besándolo le dice: “Eres igual a mi Francisco cuando era niño… mi hijito lindo, encantador”. Así me decía mi madre cuando yo era pequeño. Ahora los mimos son para mi hermanito, al que quiero mucho, aunque sienta que me ha quitado algo y eso me entristezca. Esa tristeza es la primera sombra de envidia que se proyecta en mi vida.

La señora hace muchísimas recomendaciones a mi madre. Le habla del casamiento, de cómo es Francisco, de sus gustos y mal genio. Mi madre responde a todo con un “sí, doña Apolonia”.

-0-

“Ignoro el tiempo que ha pasado. Sigo yendo a la escuela y conozco los nombres de mis compañeros: Eligio, Pancho, Sara, Lupe, Catalina…

“Los de mi edad o un poco mayores, saben que las niñas tienen novio, y los niños, novia. Una mañana, Carlos, que se sienta junto a mí, me pregunta cuál de las niñas es mi novia. No sé qué responder y, viéndome perplejo, insiste, pero con mayor claridad. “Sí, hombre, ¿cuál te gusta más? Eso sí lo sabía. Más que todas me gustaba Catalina, desde el primer día que la vi en su sillita azul. Era preciosa y me había sonreído el primer día que fui a la escuela. Mi rostro debió encenderse de rubor cuando sus ojos me examinaron largamente”. 

“En el templo parroquial había una imagen de la Inmaculada Concepción de belleza extraordinaria.

Su rostro era lustroso y ovalado. En actitud orante, sus ojos miraban al cielo, y su boquita, de labios rosa tierno, parecía sonreír. Su cabello negro en suaves ondas, escondíase bajo el velo de encajes granadinos y la corona de azahares”. 

“Tenía manto azul con bordado de plata. Era la primera imagen femenina que yo había amado, y Catalina se parecía mucho a ella. Mirándola, me parecía ver animada a la Virgen María, y aquellos ojos que en el templo solo miraban al cielo, me miraban, y aquella boquita sonriente me sonreía, enseñando, entre los corales de sus labios inocentes, unos dientecitos con destellos de luz”.

“Un día por fijarme demasiado en Catalina olvidé la lección y recibí  mi primer castigo, que fue ponerme de pie en un rincón del aula, viendo hacia la pared. Pero al siguiente día me aprendí dos páginas del silabario de San Miguel, no por temor al castigo, sino por evitarme la vergüenza de ser humillado en presencia de Catalina. Sobre las rodillas de mi madre estudié como nunca, y la maestra se sorprendió con mi adelanto. Después en el Mantilla, aprendí a leer mucho antes que los demás niños”. 

“Catalina esmerábase en el bordado en canevá con estambre de colores. Hacía también deshilados, y siempre que terminaba una greca o un policromo abecedario, a hurtadillas, sonriendo, me lo mostraba. La señorita Petra necesitaba ayudante, y vino en su auxilio su hermana Josefa. Ella nos explicó quién hizo el mundo y cómo fue formando el primer hombre y la primera mujer. Nos habló de la serpiente, y de cómo engañó a Eva y Adán, haciéndoles comer la manzana prohibida, y cómo por desobedientes, Dios los echó del Paraíso”. 

“La lección de la serpiente, la desobediencia y el castigo, me hicieron recordar lo ocurrido por andar bajo el sol. La desobediencia tomó en mi mente el primer lugar entre las cosas malas, y me convencí de que la serpiente está dondequiera que hay desobediencia. Aquella coincidencia de lo que me había sucedido y la aplicación del castigo a nuestros primeros padres, acaso la haya puesto Dios en mi temprana edad para hacerme comprender la importancia del pecado original”.

“A estas lecciones siguieron las de historia sagrada. El diluvio y el Antiguo Testamento formaron mi primer fondo histórico. En casa hacíale yo mil preguntas a mi madre, y ella respondía pacientemente, ampliando con hermosos detalles cada episodio. A los cinco años sabía yo quién había sido Moisés y cómo había recibido las Tablas de la Ley. Mi moral estaba formada: no desobedecer, no mentir, amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo”. 

“El que amase yo a Catalina, el que fuera su “novio”, no me hacía ruborizar. Todos en la escuela lo sabían. ¿Fueron las sonrisas burlonas de Carlos, o el atisbar de las niñas tras los cuadernos y libros, o tal vez el decoro y la delicadeza interior con que yo comparaba a Catalina con la Inmaculada, lo que me obligó a mantenerme alejado de ella? No lo sé; pero lo cierto es que nunca le hablé. Todos los días al terminar las clases, su madre iba por ella. Yo las miraba caminar rumbo al Santuario, mientras me dirigía con rumbo opuesto, hacia la calle Álvarez”.

“Acercábanse los exámenes de fin de cursos. Yo debía recitar El Pino y el Granado en la ceremonia del reparto de premios”. 

“Una mañana, después de ensayar ante la clase, bajé de la plataforma y al pasar junto a Catalina disimuladamente puso en mi mano un papel doblado, hecho casi bolita. Lo desdoblé al llegar a mi asiento y leí: “Te quiero mucho”. No puedo describir la emoción que sentí. En la bolsa de pecho de mi blusa guardé el papel, y haciendo un gran esfuerzo no la vi por temor de que otros ojos nos miraran. Quería evitarle y evitarme burlas. Por vez primera supe aparentar indiferencia ante una tempestad interior. Aprendí a simular, a fingir; mas no ante todos, pues al llegar a mi casa dije a mi madre que Catalina y yo éramos novios y le mostré la “carta” que me había dado. Recuerdo que su rostro manifestó reflexión y luego pena. Tras un breve silencio, me dijo sonriendo: “No estás en edad de tener novia. Espera a ser hombre, a tener dinero para casarte y hacer feliz a tu esposa”.

  • ¿Qué es una esposa? –le pregunté.
  • La novia que el novio lleva a la iglesia para que los casen. Ella de blanco, velo y azahares. 
  • Yo –agregó- no me voy a casar así… Mi vestido será de color guinda oscuro…

“Algo debió de entristecerla, porque permaneció pensativa; pero yo, más impresionado con los colores que con el casamiento, me imaginé el verde y el azul celeste del manto de la Virgen. El azul fue el primer color que supe distinguir, porque de mañana las tapias del jardín se cubrían de una floración celeste, y al levantarse sentía gozo de mirar tantas flores y a mi madre que las ensartaba en un hilo hasta formar lazos primorosos, con los que mi hermanito y yo jugábamos en las mañanas húmedas, soleadas, inolvidables”. 

“Un día no pude ir a la escuela. Estaba enfermo. Recuerdo que es de noche. Mi madre quema en la llama de una vela, en un cucharón, azúcar que luego me da. También me hace tomar leche en una jarrita de porcelana cuyo pico me introduce en la boca. He retenido en la memoria su cara afligida, levemente iluminada por la llama de la vela. No sé si una o muchas noches está junto a mí con el rostro enrojecido por el llanto, mientras sus manos destilan gotas de agua de rosas, que también caen de un algodón que oprime, para calmar las quemaduras de mi rostro, cabeza y cuerpo: tengo viruelas”. 

“Ya no estoy en la recámara sino en un corredor, sobre una cama que cubre un mosquitero. Oigo gritos de angustia y abro los ojos. ¿Son gritos de mi madre? Lo ignoro, pero presiento que algo grave ocurre. Trato de gritar, pero oigo mi voz como si proviniera de un pozo. Gentes que nunca he visto se agrupan en la puerta de la recámara, y vuelvo a escuchar gritos, que ahora sé que son de mi madre”.

  • ¡Mi niño… mi niño!… ¡Se ha muerto mi niño! 

“Sigo atento, durante horas. Continúan los lamentos y veo que un hombre joven, de bigote negro, vestido de charro, sin sombrero, saca a mi madre en brazos y la pone, desmayada, en una silla “equipal” del corredor en que me hallo. Con ese hombre, al que nunca había visto, está doña Apolonia, algunas vecinas y las criadas. Una niña como de trece años me oye gemir y se acerca. La reconozco: acompañó a mi madre muchas noches durante mi gravedad. Es la única que se ha acordado de mí”. 

“Los demás andan atareados sacando camas, colchones y ropa que luego queman en mitad del patio. Las llamas me asustan. Mi madre, con el rostro cubierto con un rebozo, sigue en el “equipal”. El hombre moreno la acaricia y llora con ella”.

“Es el primer cuadro intensamente doloroso que veo en mi vida, y se completa cuando sobre una mesa cubierta con hojas de plátano y flores, traen a mi hermanito. Colocan la mesa en un extremo  del corredor y solo alcanzo a distinguir un montón de flores que crece por momentos, pues traen todas las que hay en el jardín, hasta formar, sobre el cuerpo del niño, una montaña florida. Esto no dura mucho, pues alguien trae una cajita azul en la que meten a mi hermanito. Un hombre clava la tapa. Mi madre parece recibir los golpes en el alma, porque en un acceso de llanto se convulsiona para después quedar inmóvil, callada, como si también hubiera muerto. Mientras las vecinas la friccionan con alcohol, dos hombres se llevan la cajita con el niño. Mi madre no vuelve en sí por mucho tiempo. La niña de trece años no me abandona. Me sonríe y cubre mi cama con una sábana limpia. Bajo una blancura luminosa, oculto, sin fuerzas para hablar o moverme, todavía escucho los lamentos de mi madre, que inútilmente busca a su niño”.

REFERENCIA

“YO PECADOR”, de Fray JOSÉ FRANCISCO DE GUADALUPE MOJICA, O. F. M. Segunda edición,

Editorial JUS, México, 1957.

Profesor, músico y cronista municipal, originario de San Gabriel, Jalisco.

El 1° de septiembre de 1994, recibió el nombramiento de “Cronista de la ciudad”, de manos de la autoridad municipal.

Es miembro Cofundador de la Asociación de Cronistas Municipales del Estado de Jalisco, A. C., desde el 19 de octubre de 1996.

Primer cronista vitalicio de San Gabriel, desde el 28 de julio de 2010.

En noviembre de 2011 se integró a la Asociación de Cronistas Municipales del Occidente de México, formada por Jalisco, Colima, Michoacán y Nayarit.

Con treinta y cinco años de servicio en el magisterio estatal en primaria y secundaria, es maestro jubilado desde el 1° de junio de 2011.

Ingresó como consocio a la Benemérita Sociedad de Geografía y Estadística del Estado de Jalisco, Capítulo Sur, el 15 de octubre de 2016 con el tema: “La hacienda de Nuestra Señora de Guadalupe del Salto del Agua”.

De 2009 a 2021 fue el responsable del Archivo Histórico Municipal de San Gabriel, Jalisco.

Ha publicado una treintena de libros con temas históricos, genealógicos y monográficos. Ha participado en la prensa jalisciense, en revistas locales y en programas de radio y televisión estatal, nacional y del extranjero.

Correo: cronistademipueblo1994@hotmail.com

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