La desaparición de personas en México es una tragedia humana y social, que además se ha acentuado en los últimos años. Cada caso es distinto, pero sí tenemos algunas certezas: las estructuras del crimen organizado demandan mano de obra, porque en ese negocio la gente muere rápido, así que se enfocan en el reclutamiento, luego el entrenamiento y después la integración en las actividades que les asignen. Si de por sí es un riesgo que alarma, hay datos recientes que vuelven al asunto más preocupante, que me hacen pensar que las hostilidades pueden no estar tan lejos de los salones de secundaria.
El perfil de las personas desaparecidas se ha modificado en los últimos meses; el grupo de población que corre más riesgo sigue siendo varones, pero la edad ya bajó hasta la adolescencia: muchachos de 13 y 14 años ya se vuelven atractivos para la estructura. El dato lo confirmó recientemente el secretario de seguridad de Jalisco, Juan Pablo Hernández, en declaraciones que recogieron el mes pasado periódicos como El Financiero y La Silla Rota.
13 y 14 años son la edad de los estudiantes de secundaria. Es doloroso imaginarlos en ese escenario.
Riesgos de esta naturaleza no son para crear alarmas que paralicen desde el terror, pero sí para tener información que permita reconocer riesgos de manera anticipada. Para eso, repasé las noticias más recientes sobre desapariciones, en concreto las que generaron la narrativa de hechos, hasta encontrar patrones en las coincidencias que, al repetirse, se muestran, en el lenguaje de los chavos, como red flags que advierten el riesgo.
La primera red flag es que los reclutadores prefieren varones de 14 a 24 años; aunque nadie está exento, este rango representa, en este momento, el principal riesgo. Una segunda red flag es ubicar el punto de contacto: las noticias describen dos grandes formas: una es los canales digitales, principalmente TikTok, en donde cuentas ofrecen la narcocultura de manera aspiracional, música específica y hashtags específicos; la interacción con esas cuentas abre la puerta al contacto por medios digitales. La segunda forma de contacto son personas conocidas que trabajan como reclutadoras y generan el trabajo de convencimiento.
La tercera red flag es una oferta de empleo muy atractiva, con sueldos que superan el promedio. Para acceder a ella son necesarios dos momentos de alerta más: reclaman el traslado a otra ciudad y por eso las centrales de autobuses se han convertido en un espacio de vigilancia, y también reclaman desconexión: hay que viajar solos y apagar teléfonos durante algún lapso.
En la narrativa noticiosa, a partir de ahí y por un lapso, se pierde el hilo. A veces los muchachos pueden mandar un mensaje que informa a los familiares que están bien y luego ya no se sabe nada de ellos; a veces vuelven y otras, los meses sin noticias se acumulan. No pueden negarse tampoco las causas estructurales que obligan a los jóvenes a decidir aceptar estas condiciones, aunque eso merece una reflexión aparte.
Por lo pronto, los dolorosos casos locales y las estadísticas del delito que no ceden invitan a no ignorar el riesgo y a actuar en consecuencia cuando en el horizonte aparezca alguna bandera roja de advertencia.





