Agenda ciudadana | El amor en los tiempos de epidemia

Este lunes, David Chávez Camacho nos habla del caos y la confusión que provoca la proliferación de los medios de comunicación masiva en torno a la pandemia mundial del coronavirus.

Por: David Chávez Camacho

Autlán de Navarro, Jalisco. 23 de marzo de 2020. (Letra Fría) Se suponía que estábamos mejor comunicados gracias a la tecnología y a la disposición de información que la primera posibilita. Ya vemos que no es así. No estamos más comunicados, sólo existen más intentos de comunicación, muchísimos y más rápidos, inmediatos, que pueden ser convertidos en ruido y confusión. De hecho, si estuviésemos mejor comunicados, habría más silencio.

Este asunto es importante de analizar en la situación actual, ante el nuevo coronavirus. Y es que una epidemia convertida en pandemia no es sólo un hecho biológico, también es psicológico, y no deriva sólo de la transmisión de un virus, sino de ideas, de las emociones y sentimientos que generan.

Una pandemia no es sólo asunto médico, también lo es de opinión pública. Lamentablemente, ésta es pensamiento expresado, que interactúa y genera ideas, emociones y sentimientos, no sólo positivos o agradables. La opinión pública es como un tianguis de creencias y emociones, y en menor idea de información verificable y verídica.

Incluso cuando la opinión pública manifiesta información cierta, ésta se convierte la mayoría de las veces en creencia en la mente del receptor, la crees o no la crees, ya que no la puedes verificar. Un ejemplo clásico de lo anterior es el viaje a la luna en el Apolo XI, ¿cómo lo podría verificar quien no tiene acceso a una máquina voladora y, a la vez, máquina del tiempo, como para observar aquel “gran salto de la humanidad”?

Así que es muy importante saber preguntarse y responderse a quién se le va a creer. El sentido común indica que en caso de enfermedades se le debe creer a las fuentes científicas. En el caso específico del coronavirus se le debe creer a los epidemiólogos, a los médicos en general, a los psicólogos, a los especialistas en comunicación en crisis, incluso a los economistas certificados, y no a cualquier persona que tiene acceso a tecnologías de comunicación como YouTube, Facebook o Twitter, donde abundan los rumores, la fantasía y los prejuicios.

Es notable, sin embargo, la omisión de las autoridades de todos los órdenes de gobierno y de todas las instituciones de salud en el mundo y en México, al limitar la información que se difunde a lo estrictamente médico y económico. Han olvidado —creo que apenas empiezan a recordarlo débilmente—, que las epidemias y pandemias deben ser abordadas también desde lo psicológico y de lo comunicacional.

Las epidemias generan miedo, incertidumbre, estrés, depresión, soledad, y detrás de estos estados psicológicos aparecen los rumores y los prejuicios, hoy tan fácilmente multiplicables. En el caso del coronavirus iniciaron estigmatizando a los chinos, a quienes se llegó a agredir en ciertos lugares del mundo. Hoy, cuando el problema es ya pandemia, es decir, geográficamente mundial, el miedo ha generado odio contra las personas de la tercera edad, con expresiones intolerables y sorprendentes, como las del ministro de finanzas de Japón, quien se atrevió a pedir a los ancianos morir rápidamente para que no generen costos económicos a su país.

Esta columna es un llamado a la tranquilidad, a la objetividad, a la prevención tan sencilla que se requiere, y a la compasión. Sin compasión, nadie merece sobrevivir.

LL/LL

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