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David Chávez Camacho reflexiona en torno a las manifestaciones masivas en Chile y el criticado gobierno de Sebastián Piñera.

Por: David Chávez Camacho

Autlán de Navarro, Jalisco. 28 de octubre de 2019. (Letra Fría) El 18 de octubre detonaron en Chile las manifestaciones masivas que hemos podido observar por redes sociales, más que por los medios tradicionales de comunicación, la televisión y sus noticiarios. Son manifestaciones al estilo suramericano, con sus “caceroleos” típicos, grandes marchas y destrozos, con la respuesta agresiva de los militares y policías de Suramérica —también típica— que ha provocado 19 muertos.

Lo que ocurre en Chile no puede pasar inadvertido en el resto de Latinoamérica, incluido México, por supuesto. Aquel país había sido calificado por el actual presidente, Sebastián Piñera, como “un oasis en la convulsionada América Latina”, el mismo presidente que hace algunos días, ante la masiva expresión de descontento, reconoció la “falta de visión sobre la inequidad y el abuso”.

El de Chile, por lo visto, es un fracaso más de eso que llaman Neoliberalismo, pero no es un caso cualquiera. El Neoliberalismo inició en Latinoamérica precisamente en Chile, a partir del traicionero golpe de Estado de 1973, encabezado por el vergonzante militar Augusto Pinochet, que terminó con el gobierno socialista y con la vida de Salvador Allende, quien había sido elegido por los ciudadanos chilenos.

A partir de entonces, Chile fue un laboratorio neoliberal del capital financiero internacional, lo que llevó al retiro de Pinochet al principio de la década de los 90, anacrónico y disfuncional, para regresar a “la democracia” y a una serie de gobiernos que permanecieron en el modelo neoliberal, privatizando la educación, la salud, el agua, la previsión social, el transporte, las comunicaciones, las carreteras, la pesca, los bosques y esto y aquello, mientras se desarrollaba una “clase política” de politólogos y economistas, bien pagada, profesionales de la felicidad a crédito e híperconsumista. ¿No les recuerda lo ocurrido en México a partir de Carlos Salinas de Gortari, decorado ahora con gimnasios al aire libre, ciclovías y festivales pop?

A tal fiesta que generó riqueza para una minoría, le siguió un descontento generalizado de las clases medias invitadas y luego precarizadas, que fueron calificados groseramente como “infelizaje”; los marginados de siempre, los aguafiestas. No es casual que la esposa del presidente Piñera haya comparado a estas manifestaciones con una “invasión alienígena” de su propio pueblo.

Lo ocurrido en Chile merece un análisis profundo, amplio, aquí tan sólo se describe a medias. Pero hay un aspecto que no debe pasar inadvertido. Obsérvese la edad promedio de los manifestantes: jóvenes, jovencitos. Son los hijos de los cincuentones, de los padres de familia que le apostaron al futuro al casarse y sustentar a sus hijos mientras el poder político y económico les desmantelaba el porvenir. Son los jóvenes que preferirían no casarse, no tener hijos, no comprometerse, y no es para menos, habiendo visto a sus padres envejecer en la imposibilidad.

Ojo, gobernantes mexicanos. No basta decorar la inequidad.

LL/LL

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