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¡Ah qué don Jaime!

En su columna de hoy, Rosa Eugenia García Gómez, nos cuenta cómo vivió el sismo del pasado lunes 19 de septiembre, donde Zapotlán el Grande resultó con afectaciones. Además hace una reflexión de lo poco que importan las cosas, cuando las personas que amamos están a salvo. 

Por Rosa Eugenia García Gómez | Las Carrilleras de Adelita

Zapotlán el Grande, Jalisco. 22 de septiembre de 2022. (Letra Fría) Rieleras y juanes, estas carrilleras empiezan con una idea que seguro es compartida por millones de mexicanos: otra vez tembló, otra vez en septiembre, otra vez el 19, otra vez minutos después de un simulacro y aunque parecería que en estos temas ya nada nos puede sorprender, la naturaleza, un ser superior o en quien sea que ustedes tengan su fe puesta, no se cansa de darnos lecciones y guiños acerca del poder más allá de lo imaginable.

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Tengo también la sensación de que ya escribí sobre esto, y sí claro, algo así sucedió en 2017 pasado, cuando no me podía creer que hubiera vuelto a temblar en México en la misma fecha. Por eso es que este lunes, cuando estaba en pleno examen profesional de uno de mis egresados, que había empezado tarde por el simulacro en el que participamos con diligencia mis compañeros del jurado y el joven en proceso de defensa de su trabajo de titulación, de verdad me parecía onírico el mareo repentino producto del movimiento oscilante bajo mi asiento. 

La primer reacción fue incredulidad, que se disipó tan pronto aumentó el movimiento y llegó la conciencia del peligro. En un segundo que aún se siente eterno ya estábamos todos fuera del edificio del laboratorio de Periodismo del CUSur y caminando hacia la zona que 30 minutos antes habíamos ocupado en el ensayo con hipótesis de sismo de 8.1 grados Richter –apenas cuatro décimas más del que ahora estábamos viviendo de 7.7-, pero en el traslado de caminata apresurada no pude evitar voltear hacia la monumental escalera de caracol y cual esposa de Job empecé a sentir que me volvía estatua de sal, al presenciar cómo se desprendía el recubrimiento de la viga central del tercer piso. Nadie salió herido de gravedad. Alcancé a ver, no sin un dejo de angustia, a una colega profesora apoyada por otro docente para bajar las escaleras en medio de los jóvenes encarrerados.

Cientos de estudiantes, ellos y ellas alrededor, asustados y un impulso salió de mi garganta al unísono con otros académicos, “vamos hacia los jardines” lejos de los edificios. A dónde quiera que miraba había personas asustadas y aferradas a sus teléfonos celulares. La caída de la red saturada por la desesperación de tener noticias de otros seres queridos no ayudó a calmar los ánimos. Tenía que saber de mi familia. Descaminé mis pasos rumbo a la salida más cercana del centro universitario. En el retorno volví a ver a la colega que antes ayudaban a bajar, sentada en una gradas y siendo atendida de raspones en su rodilla izquierda. Mi desesperación por noticias de mis seres queridos aumentó.

Agradecí vivir tan cerca y poder trasladarme a pie. En las calles de Ciudad Guzmán ya empezaba a aumentar la tensión vial. Cuando llegué al fraccionamiento varias personas aún estaban afuera de sus viviendas, entre ellas una compañera que seguro pensó lo mismo que yo. Vi a la distancia a mi esposo afuera de casa y sentí el corazón que caía al piso cuando no alcanzaba mi rango de visión a percibir la presencia de mi hija menor. Caminé unos metros más, ya casi corriendo… y el alma volvió a ocupar el espacio vital invadido por la desesperación. Ahí estaba ella, el sismo la había sorprendido en la calle y su prudencia le aconsejó no entrar a la casa. 

“Se cayeron unos cuadros y se rompieron tus cosas…”  o algo así me dijo mi marido… Pero eso no importaba, los pedazos de cerámica y de cristal  aún están guardados, esperando a que decida cómo las voy a conjuntar en una artesanía de recordatorio de lo poco que importan las cosas, cuando las personas que amamos están a salvo. 

Y ya curadas del susto estas trenzas si aventuran a decir que creo que don Jaime Nunó tenía algo de pitoniso cuando escribió en el Himno Nacional “y retiemble en sus centros la tierra” porque los meses patrios, sí que ha hecho gala de su premonición en las últimas décadas. ¡Ah qué don Jaime!

MV

Rosa Eugenia García Gómez es Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Guadalajara, y Maestra en Ciencias sociales con especialidad en Comunicación Social por la Universidad de Guadalajara. Ha sido periodista por 30 años y se ha desempeñado en medios nacionales, estatales y regionales, tanto especializados como de temas de interés informativo general. También fue jefa de áreas de comunicación de gobierno, y universitarias. Ha publicado más de una docena de artículos y capítulos de libros académicos nacionales e internacionales. Además, es integrante del cuerpo académico en consolidación UDG-CA-1085 de Letras y Periodismo del Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara.
Ha impartido conferencias en diferentes universidades del país con temas de análisis del periodismo en un contexto social. 
Actualmente es columnista en varios espacios informativos.
Es fundadora de la Licenciatura en Periodismo y de la Academia de Comunicación Social del Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara, donde también se desempeña como académica.
Es humanista por convicción, periodista con orgullo y académica como una forma de retribuir a la sociedad conocimiento, ética y congruencia.
Correo: rosa.garcia@cusur.udg.mx

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