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Al encuentro del gigante, iniciando el viaje…

Jorge Martínez Ibarra nos transporta a su viaje a Mazatlán, donde pudo disfrutar de su famoso Carnaval. Nuestro columnista nos cuenta que presenció espectaculares carros alegóricos, reinas y princesas, bailarines a granel y música, mucha música de diversos y variados ritmos

Por: Jorge Martínez Ibarra | El Caminante

Zapotlán el Grande, Jalisco. 30 de marzo de 2023. (Letra Fría).- Uno de los grandes retos de mi vida era llegar a conocerlo, verlo de cerca y sentir su magnificencia. Así que manos a la obra. Alejandro y yo planeamos la ruta con calma, buscando ser lo más prácticos y eficientes posible. No era fácil, pues contábamos solamente con una semana para el viaje de ida y vuelta y la distancia era demasiada. Ni hablar, nos adecuamos a las circunstancias y comenzamos a planear la aventura.

El itinerario contemplaba al menos dos estancias previas a llegar a nuestro destino final. La primera semana de febrero iniciamos la travesía saliendo de la entonces Terminal de Autobuses de Guadalajara (actualmente la Central Vieja). Un sacudido viaje de aproximadamente seis horas nos situó en la bella ciudad de Mazatlán, dándonos la bienvenida un fresco y agradable clima.

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Cansados por el trayecto, inmediatamente pescamos una pulmonía. No, no nos enfermamos, sino que abordamos uno de los autos sin puertas montados sobre un chasis de Volkswagen que transitan por diversos puntos de la ciudad y justamente deben su nombre debido a que son totalmente descubiertos. Vehículos icónicos, garantizan comodidad, ventilación y una amplia vista de los paisajes durante los recorridos.  

Primer problema: no encontramos hospedaje; todos los lugares estaban llenos debido a que eran los días del famoso Carnaval de Mazatlán. Agotados después de visitar varios hoteles sin resultados favorables, reflexionamos sobre la posibilidad de acampar en la playa al fin que disponíamos de nuestra casa de campaña, bolsas de dormir y accesorios necesarios. Repentinamente, el conductor de nuestro aerodinámico transporte nos comenta: “déjenme hacer una llamada para ver si les puedo conseguir algo”.

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Minutos después y con una amplia sonrisa de satisfacción bajo su espeso bigote, dice: “les conseguí una habitación“. Cruzamos velozmente diversas calles y avenidas hasta llegar al lugar de alojamiento. El chófer se dirige hacia el vestíbulo y comienza a charlar con el recepcionista, quien asoma su dubitativo rostro por encima del hombro de nuestro entusiasta guía y nos hace una seña de que nos acerquemos. “Me queda un cuarto”- nos dice secamente-. Está en el tercer piso y solo tiene una cama individual, aunque se los puedo adecuar con una cama plegable”. El agotamiento nos forza a aceptar la oferta.

Agradecemos junto con una generosa propina el favor a nuestro piloto y nos despedimos de él. Pagamos entonces el dormitorio por adelantado y comenzamos a subir por la estrecha escalera tras el empleado que tiene cara de pocos amigos. Llegamos a la estancia, si se le podía llamar así… un pequeño espacio con una cama, un buró, una tintilante bombilla y un sanitario de dudosa honorabilidad. Echamos a la suerte quien dormiría esa noche en la cama y quien en el improvisado catre. Gané yo, aunque al día siguiente tendría que cambiar con Alejandro.

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Acomodamos nuestro equipaje en el raquítico espacio, apagamos la luz y nos recostamos a dormir. La temperatura bajó algunos grados y sentimos un poco de frío que solucionamos cubriéndonos con nuestras chamarras.

Comenzó a amanecer. Clareaba y la luz diurna comenzó a inundar nuestro estrecho recinto, presentándonos la causa de nuestro tiritar nocturno. En el sitio que ocupaba la ventana de aproximadamente cincuenta por cincuenta centímetros estaba efectivamente el hueco y una cortina que lo cubría de las miradas indiscretas del exterior…pero carecía de cristal, razón por la cual los vientos de la madrugada nos jugaron malas pasadas.

Sumamente molestos nos dirigimos a la administración con la intención de exigir una explicación de tamaña trastada y solicitar inmediatamente el cambio a una habitación menos ventilada. Nos recibió afablemente una persona diferente a la del día anterior que al expresarle nuestro disgusto manifestó un total y auténtico desconcierto, comentándonos que el hotel no contaba con habitaciones con las características descritas por nosotros. Así que lo invitamos a acompañarnos a nuestro minúsculo aposento.

Al llegar y mostrárselo señalando la estrechez del espacio, la carencia de un vidrio que amortiguara la entrada de viento y la pobreza de la iluminación, él se mordió los labios con preocupación, suspiró profundamente y haciendo una breve pausa, nos comentó lo más serenamente que pudo: “este es un cuarto de servicio…”.

Nos quedamos boquiabiertos y una vez recuperados de nuestro estupor, comenzamos a maldecir…¡qué poca madre! fue la espontánea expresión que nos fluyó desde nuestra víscera más profunda.

Estábamos tan enfadados por la estafa que decidimos cambiarnos de hospedaje…hasta que recordamos la saturación hotelera. Entonces y manteniendo estoicamente la calma, nuestro interlocutor nos hizo la siguiente propuesta, sin sonreír siquiera: “los voy a cambiar a una nueva habitación que cuenta con todos los servicios que ofrece el hotel y un par de camas matrimoniales, otorgándoles un descuento adicional por las molestias ocasionadas“.

Era un buen trato. Total, ya habíamos pasado la primera noche durmiendo en una cama y bajo techo en pleno Carnaval de Mazatlán, así que a fin de cuentas no estaba tan mal. Trasladamos nuestras mochilas a nuestra nueva estancia, comprobando inmediatamente que la ventana contaba con un cristal y que había dos camas.

Salimos del hotel y nos dirigimos al mercado, ya que había que desayunar. En el trayecto, comenzamos a reír hasta carcajearnos…-¡que cabrón!– decíamos refiriéndonos a nuestro recepcionista anterior. Reflexionando, nos dimos cuenta que el “amable” conductor de la noche anterior debió recibir una comisión por llevarnos.

El resto de la mañana la pasamos vagando y ya por la tarde, nos dirigimos al malecón pues iniciaba el espectacular desfile del Carnaval y la fiesta seguía hasta la madrugada. Presenciamos espectaculares carros alegóricos, hermosas reinas y princesas, bailarines a granel y música, mucha música de diversos y variados ritmos. La gente felizmente alborotaba las calles. Cientos de personas con bebida en mano se trasladaban ruidosamente de aquí para allá. Por instantes los tumultos se volvían lentos cual elefantes moviéndose entre la espesura.

Alejandro y yo procurábamos no perdernos de vista, aunque por momentos era imposible. Por horas nos movimos entre las olas humanas a través de los cinco kilómetros del malecón; comiendo un poco, bebiendo de vez en vez y charlando divertidos los pormenores del día.

Era de madrugada cuando decidimos regresar al hotel. Había que descansar un poco, pues en unas horas nos embarcaríamos en busca del gigante.

MV

Profesor e Investigador del Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara. Productor audiovisual. Apasionado de los viajes, la fotografía, los animales, la buena lectura, el café y las charlas interesantes.
Columnista en Letra Fría.
Correo: jorge.martinez@cusur.udg.mx

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