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Recorrido | Crónica de viaje

(Foto: Jorge Martínez Ibarra)

Jorge Martínez Ibarra nos narra en esta crónica de viaje su recorrido por uno de los barrios de la bella Guadalajara,

Cenamos temprano, por ahí de las siete de la tarde. Ella un consomé de pollo y yo una sopa azteca, platillos inusuales para una merienda pero nos ganó el antojo. A nuestro lado los viajeros de una excursión colectiva recién llegados celebraban jubilosamente el cumpleaños de una de sus integrantes.

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Las mañanitas eran cantadas a todo pulmón con diferentes voces y distintas tonalidades mientras que la sonrojada festejada agradecía las efusivas muestras de cariño. Al final, la repartición del pastel generó una sonora ovación.

Salimos del hotel, cruzamos la calle y comenzamos a caminar.

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Pasamos junto a un bar en penumbras con música en vivo donde las rolas ochenteras de rock en español interpretadas en vivo generaban diversas catarsis entre los asistentes; éstos se movían rítmicamente al compás de las melodías mientras sus miradas embelesadas por el consumo de alcohol y mariguana seguían atentamente a los músicos en el escenario. Una cansada chica con minifalda y una sonrisa apenas esbozada nos invitó a pasar pero declinamos amablemente y continuamos andando por la acera. 

El siguiente local ubicado en la parte alta de un restaurante poblano (cerrado a esa hora) en donde hasta hace unos años se encontraba una Academia de Danza cuyos sonidos característicos eran las cumbias, la salsa y el merengue ahora retumba con la potente interpretación de canciones de rock pesado de los ochentas de Scorpions, AC/DC, KISS, Guns N´Roses o Iron Maiden. Los cristales vibran con violencia quizás contagiados de intensas añoranzas.

En la esquina un viejo cine abandonado desde hace décadas se ha convertido en las oficinas de una nueva televisora. Las paredes laterales del edificio antaño llenas de grafitis muestran ahora las inmaculadas sonrisas de dos de los conductores estelares del canal.

En contraste, al final del espectacular e iluminado anuncio se encuentra un indigente: sucio, sin camisa, oloroso a orines con un pantalón roto y cubierto con una raída y manchada cobija; restos de comida, botellas y envases forman parte de su deplorable entorno. Se rasca exasperado la cabeza y discute acaloradamente con sus propios demonios mientras un perro permanece a su lado, mirándolo lánguidamente.

Unos metros adelante un ciclista nocturno enciende la luz frontal de su vehículo, se coloca el casco, prende una luz intermitente en la parte posterior de éste y se monta en la bicicleta. Se incorpora a la calle lateral y ágilmente comienza a avanzar perdiéndose entre el tráfico nocturno. Cruzamos la calle y los olores de diversos puestos de comida callejera nos dan la bienvenida.

Diversidad gastronómica

Los coloridos establecimientos están a tope: salchipulpos y papas fritas, hamburguesas (sencillas, dobles, con queso, con tocino), tacos (de cabeza, de bistec, de carnaza y de adobada), postres (gelatinas, pasteles, jericallas), esquites, tortas. A un costado los comercios establecidos (la paletería, la tamalería y el café) complementan los antojos. En el minisúper que se localiza en la esquina posterior las cervezas y los trozos de pizza de dudosa calidad son las mercancías más codiciadas. 

Del otro costado de la acera está el templo donde la homilía del sacerdote compite con la música de las bocinas del grupo folklórico que se presenta al final de la plaza y con los gritos desaforados del merolico que invita a los transeúntes a que participen en su espectáculo.

El escenario del artista callejero es un irregular cuadrado delimitado por mochilas, ropa, cajas, muñecos y otros enseres. Se esfuerza sobremanera por cautivar al público que sentado en las escalinatas de la fuente contigua observa su improvisado espectáculo. El comediante experimenta diversas formas de llamar la atención: gestos, bailes, juegos, canciones y burlas hacia sí mismo o dirigidas hacia su heterogéneo auditorio. 

Riqueza cultural

Más adelante se encuentran un grupo de indígenas tzotziles vendiendo diversas prendas chiapanecas. Repentinamente, intercambian miradas y una fuerte agitación los invade. Han llegado los inspectores del Ayuntamiento con la intención de decomisarles la mercancía. Rápida y hábilmente recogen sus artículos y los envuelven en grandes bolsas negras, los colocan a un lado de una jardinera y se sientan junto a ellos, impasibles. -Son bien cabrones-nos dicen en confianza. Se aprovechan de que ellos porque carecen de un permiso vigente para quitarles sus cosas o extorsionarlos aunque en esta ocasión afortunadamente pudieron evitarlo.

La venta de libros usados se extiende varios metros más allá. Sobre las mesas numerosos ejemplares que han sido hojeados decenas, cientos o miles de veces esperan continuar contando sus historias. Nos detenemos a revisar algunos. Escojo un viejo ejemplar de Juan Salvador Gaviota de Richard Bach; el que tenía lo presté y nunca regresó poseído por un lector devoto o quizás olvidadizo. Enseguida está la vendimia de artesanías, collares, pulseras e inciensos cuyo fuerte olor nos impregna por completo.

Música, basura y fe

La música de danzón suena en el escenario callejero aledaño en el cual las parejas hacen gala de sus habilidades y presumen su vestuario: sombreros con plumas colocadas estratégicamente, zapatos de charol, pantalones amplios y vestidos entallados.  Sonrisas estudiadas y pasos cadenciosos completan el espectáculo. En las azoteas de enfrente brillan los focos incandescentes de los restaurantes y se escuchan las charlas animadas de los comensales.

La basura se derrama de los botes, incapaces de contener la marabunta de plásticos, desechables y restos de comida. Los perros callejeros en la búsqueda de alimento dispersan los desechos antes de salir espantados por algún caminante.

Los feligreses van saliendo de misa e inmediatamente se incorporan al numeroso contingente en busca de saciar el apetito, es tiempo de irnos.

Cruzamos el congestionado espacio evadiendo cables, estacas, bancas, jardineras, sillas y tablones mal colocados. Vamos de regreso al hotel, mientras el Edificio Administrativo de la Universidad de Guadalajara nos despide a lo lejos con un enorme cartel que dice “Trabajamos bajo Protesta”.

Profesor e Investigador del Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara. Productor audiovisual. Apasionado de los viajes, la fotografía, los animales, la buena lectura, el café y las charlas interesantes.
Columnista en Letra Fría.
Correo: jorge.martinez@cusur.udg.mx

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