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El Mundial a los 18 años

Con motivo de este año mundialista, Jorge Martínez Ibarra nos remonta al Mundial de Fútbol de 1986, donde México fue anfitrión. Nuestro columnista recorre con lujo de detalle el encuentro que le tocó presenciar junto con su padre: Brasil vs España, donde la verdeamarela ganó 1-0.

Por: Jorge Martínez Ibarra | El Caminante

Zapotlán El Grande, Jalisco. 24 de noviembre de 2022. (Letra Fría) La efervescencia… las pasiones, los desencantos, las tristezas, las alegrías, las amarguras, las frustraciones…todas las emociones juntas apostadas a un balón que rueda y a veintidós incautos que no lo pierden de vista…lo persiguen, lo acorralan, lo golpean, lo disputan, lo anhelan.

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Sudorosos, agitados, tensos como una rama a punto de ser cortada, los modernos gladiadores se agrupan, se ayudan, se observan… corren como si en ello se les fuera la vida y soportan estoicos los ataques enemigos, vigilando celosamente cualquier rendija que represente una oportunidad para que el adversario les haga daño…

Esta guerra ritual se repite cada cuatro años, se llama Mundial de Fútbol.

Nuestro país ha sido sede en dos ocasiones de esta gesta, en 1970 y en 1986. En el primero, tenía yo apenas dos años y mis recuerdos eran los compartidos por mi padre a través de sus relatos y anécdotas, los recortes de periódico que celosamente guardaba y algunas desteñidas fotografías. 

En el mundial del 70, la concentración del equipo brasileño fue en la ciudad de Guadalajara,   en donde goleó 4-1 a Checoslovaquia, venció 1-0 a Inglaterra y le ganó 3-2 a Rumania. Posteriormente derrotó 4-2 a Perú y 3-1 a Uruguay. De ahí, el histórico equipo conformado por Félix, Carlos Alberto, Brito, Piazza, Everaldo, Clodoaldo, Jairzinho, Gerson, Tostão, Rivelino y el inolvidable Pelé viajó a la ciudad de México para coronarse campeón ante Italia, a quien abatió 4-1.

La calidad de sus individualidades, el impresionante juego de conjunto, la presencia de Pelé y la calidez del equipo carioca durante su estancia en la Perla Tapatía implicó el nacimiento de una idílica relación entre Guadalajara y la selección verdeamarela. En el Mundial de 1986, Guadalajara, la ciudad donde yo radicaba entonces, fue la sede del Grupo D,  conformado por España, Irlanda del Norte, Argelia y nuevamente Brasil, lo cual había generado una gran expectación en la ciudad.

Para los amantes del fútbol, un partido mundialista nos representa la entrada a un universo diferente. Convencí a mi padre explorar la posibilidad de asistir al menos a un partido, nada fácil debido a los exorbitantes precios de los boletos. Al final, el sueño se cumplió: logramos ir al partido Brasil-España. 

Brasil venía de ser campeón en tres ocasiones anteriores: en 1958, 1962 y 1970 con la consagración de Pelé. Por otro lado, Selección Española obtuvo el tercer lugar en el Mundial de Brasil en 1950 y había sido campeona en la Eurocopa 1964. Se presagiaba un encuentro interesante.

El juego iniciaba a las 11:00 am, por lo que llegamos dos horas antes. Imposible adquirir boletos en las taquillas, hubo que conseguirlos en la reventa al doble del precio original. Una vez obtenidas las entradas, a desayunar. La oferta gastronómica presente era diversa: tacos de todos los ingredientes imaginables escoltados por salsas multicolores, lonches de pierna, tamales, tortas ahogadas, birria, barbacoa, menudo, cervezas, refrescos, aguas frescas…imposible decidirse…optamos por la birria, la cual no nos defraudó.

Ahora sí, a dirigirnos a nuestras butacas. Nos tocó la Zona C Sur, en lo más alto y situada en una esquina del estadio…empezamos a caminar por las rampas de ingreso junto a cientos de aficionados. Uno de ellos fue “Manolo el del bombo”, hincha que vestía una camiseta de la selección española, una boina y su inolvidable bombo, una especie de tambor cilíndrico. El ruido y el escándalo que hacía era fenomenal, generando sonrisas, aplausos, hurras y porras para la Furia Roja.

Una vez instalados en nuestros lugares, comenzó el bullicio a nuestro alrededor: había llegado la batucada brasileña. El ambiente a carnaval impregnó el entorno y a éste nos sumamos inmediatamente todos los presentes. 

Mis vecinos de asiento eran unos jóvenes daneses unos años mayores que yo, enfundados en sus trajes de vikingos. Las fotos no se hicieron esperar. En mi rústico inglés, intenté conversar un poco con ellos pero entendí la mitad de lo que intentaron decirme, por lo que preferí dejar la charla para una mejor ocasión.

Los equipos saltaron al campo para hacer un reconocimiento del mismo y realizar estiramientos. La emoción calentaba el ambiente. Después de media hora, se retiraron a los vestidores, preparándose para el partido. Salieron nuevamente en filas paralelas; se tomaron las fotos de rigor, se saludaron entre sí y escogieron el lado de la cancha en el cual se situaría cada equipo; se escuchó entonces el silbatazo que daba inicio al juego. Un gran alarido colectivo que me enchinó la piel acompañó los primeros segundos del encuentro. 

Estaba en la cima del mundo. Apenas distinguía a los jugadores allá abajo, mientras que a mi alrededor pululaban extranjeros y mexicanos en una feliz y pintoresca mezcla de rasgos, acentos, colores, vestidos y costumbres. El espectáculo futbolístico no fue de lo mejor, un duelo sumamente defensivo y con pocas oportunidades de gol. No obstante, al minuto sesenta y dos Sócrates, el espigado y hábil mediocampista brasileño, anotó lo que a la postre sería el tanto del triunfo. El estadio rugió, estremeciéndose de júbilo. La algarabía duraría el resto del encuentro.

Finalizado el partido, abandonamos el estadio. Los aficionados españoles, aunque apesadumbrados por la derrota, departían sonrisas y saludos a la distancia. Los fanáticos brasileños no cabían de gozo y al ritmo de samba hacían sonar jubilosamente sus tambores, con una sonrisa de oreja a oreja.

Caminamos por las calles hacia la casa. En el trayecto, nos encontramos con un sinnúmero de vehículos que hacían sonar sus bocinas ondeando alegremente las banderas brasileñas. Yo tenía la mía y la ondeaba también, de vez en vez, mientras mi padre me seguía con la mirada, sonriendo. Gracias Viejo, por ese recuerdo inolvidable.

MV

Profesor e Investigador del Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara. Productor audiovisual. Apasionado de los viajes, la fotografía, los animales, la buena lectura, el café y las charlas interesantes.
Columnista en Letra Fría.
Correo: jorge.martinez@cusur.udg.mx

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