Asombros e inquisiciones | Las aguas de la existencia

en Plumas

Esta semana, Hiram propone un análisis comparativo de la popular serie animada Rick & Morty con uno de los mitos de la teología hindú y el difuso umbral entre el sueño y la realidad.

Por: Hiram Ruvalcaba

Autlán de Navarro, Jalisco. 24 de enero de 2020. (Letra Fría) Rick & Morty se convirtió en un hito de la animación. Esto se comprueba con cada nueva temporada en los elogios de la crítica (tanto profesional como pública) y en el creciente número de aficionados que siguen las aventuras del científico, Rick, y su atolondrado nieto, Morty. El nivel de profundidad que los guionistas se han planteado para la serie es, por decir lo menos, notable: por aquí uno se encuentra una referencia inmediata a los grandes problemas geopolíticos contemporáneos; por allá, personajes de la cultura universal se entremezclan con los protagonistas; y, no pocas veces, resalta la reconstrucción de los mitos primarios de la humanidad.

En el episodio “Mortynight Run” —especialmente famoso por introducir la canción “Goodnight Moonmen”—, Rick y Morty llegan a un centro interestelar de juegos de video: Blips and Chitz. Mientras discuten acaloradamente sobre el sentido ético de su visita, Rick coloca un casco en la cabeza de Morty y lo obliga a jugar un videojuego llamado Roy: Una vida bien vivida. Cuando se activa, el escenario cambia por completo y nos encontramos con un niño que acaba de despertar de una pesadilla. “Estaba con un viejo, puso un casco en mi cabeza”, dice el pequeño Roy a su madre, quien lo tranquiliza diciéndole que sólo es un sueño producido por la fiebre. Durante el siguiente minuto, presenciamos la vida escolar de Roy, su paso por la preparatoria, su momento de gloria deportiva en la juventud, su primer amor, su matrimonio y paternidad, la apertura de una tienda de alfombras, el cáncer que amenaza su vida, las batallas con las quimioterapias, la curación, hasta llegar al momento de su muerte a los 55 años.

Roy muere al caer de una escalera —¿se trata de un guiño al Finnegan’s Wake,de Joyce?, y su historia se ve interrumpida por la infame pantalla de “Game Over”. Morty regresa a su realidad, y se ve nuevamente en Blips and Chitz, junto a una máquina que indica sus estadísticas: “55 años, nada mal, Morty. Aunque creo que desperdiciaste tus treintas con esa fase de observar pájaros”, dice Rick, quien ha sido espectador de la vida de Roy durante los minutos que Morty ha estado conectado a la pantalla.

La escena no tiene ninguna relevancia para la trama del capítulo, tampoco clara influencia en el desarrollo de los personajes, o en la conclusión de la aventura; sin embargo, tiene tal impacto en la mente de Morty, que durante el episodio recordará en varias ocasiones su vida como Roy. No se trata de un hecho arbitrario, ni mucho menos de un divertimento. Antes bien, en mi opinión, el pequeño episodio de Roy es una de las escenas más memorables de la temporada (y bien podría decir “de la serie”), pues retoma uno de los mitos más relevantes de la tradición hindú: el misterio de la māyā de Viṣṇu.

En su libro, Mitos y símbolos de la India, un tratado fascinante sobre la cosmología y el ordenamiento teológico hindú, el indólogo Heinrich Zimmer definió la “māyā” como un truco, artificio, sueño o engaño de la vista. Māyā es espejismo, el sueño que todos habitamos y en la que nos desenvolvemos mientras vivimos en las aguas de la existencia. Dicho de otra forma: la māyā es la vida en su totalidad, la ilusión de todo lo que ha sido y todo lo que será. Y si bien comprender los misterios de la māyā es el gran deseo de todos los sabios y hombres de fe, lo cierto es que sus secretos están vedados a los mortales.

Para ejemplificar esta imposibilidad, Zimmer refiere una anécdota fascinante del asceta Nārada. Cuenta Zimmer que Viṣṇu, como premio a la ferviente devoción que demostraba Nārada, le ofreció un deseo, cualquiera que éste fuera. El eremita, asombrado por los favores del dios, le pidió que le permitiera conocer el secreto de su māyā, pues era su más grande anhelo luego de dedicar su vida al dios. Conmovido, Viṣṇu le da la oportunidad de acercarse a su māyā, no sin antes advertirle que “jamás habrá nadie que penetre su secreto”.

Cito el fragmento de Zimmer por su riqueza narrativa, la cual difícilmente podría parafrasear. Habla Viṣṇu:

Entonces, aunque le advertí que no indagara en el secreto de mi Māyā, insistió lo mismo que tú. Y le dije: ‘Sumérgete en aquella agua y experimentarás el secreto de mi Māyā’. Se sumergió Nārada en la charca, y salió… en forma de una muchacha.

Nārada salió del agua como Suśīlā, la Virtuosa, hija del rey de Benarés. Poco después, cuando estuvo en la flor de la juventud, su padre la dio en matrimonio al hijo del vecino rey de Vidarbha. El santo profeta y asceta, en forma de muchacha, experimentó plenamente los placeres del amor. Más tarde, llegado el momento, murió el viejo rey de Vidarbha y el marido de Suśīlā le sucedió en el trono. La hermosa reina tuvo muchos hijos y nietos, y fue incomparablemente feliz.

Sin embargo, al cabo de mucho tiempo, surgió la disensión entre el padre de Suśīlā y su marido; disensión que poco después se convirtió en guerra violenta. En una sola y cruenta batalla murieron muchos de sus hijos y nietos, así como su padre y su marido. Cuando le llegó la noticia del holocausto, salió afligida de la capital y se dirigió al campo de batalla para elevar allí su solemne lamento. Mandó erigir una pira gigantesca y colocó en ella los cadáveres de su familia: de sus hermanos, sus hijos, sus sobrinos y sus nietos; luego, juntos, los cuerpos de su marido y de su padre. Con su propia mano aplicó una antorcha a la pira. Y cuando ascendieron las llamas, exclamó: ‘¡Hijo mío, hijo mío!’. Y cuando las llamas comenzaron a rugir, se arrojó a la hoguera. Al punto, el fuego se enfrió y se disipó. La pira se convirtió en charca; y en medio de las aguas Suśīlā se reconoció a sí misma… pero otra vez como el santo Nārada. Y el dios Viṣṇu, cogiendo al santo de la mano, lo sacó de la charca cristalina.

(…) ‘Ése es el aspecto de mi Māyā’. (p. 39)

La relación entre las dos historias es clara. En ambas, un personaje vive un proceso de iniciación espiritual, guiado por una existencia superior: Rick, que es representado como un ente transdimensional y, a veces, como el ser más inteligente de todos los universos posibles, es cercano a la omnipotencia de Viṣṇu, creador de universos y conocedor de los misterios del cosmos. Morty, como Nārada, es un discípulo hambriento por penetrar en estos misterios: ambos se sumergen a las aguas de la existencia y padecen, en un instante, todo el misterio de la vida.

Hay en la literatura oriental otros textos que se insertan en la misma tradición del relato de Nārada. Especialmente notable es, por ejemplo, el cuento chino “El gobernador de Nanke”, recuperado en Japón bajo el título “Junu Fun”, en la versión de Hayashi Razan, o como “El sueño de Akinosuke”, en la versión de Lafcadio Hearn. En éstos, un hombre se queda dormido en las raíces de un árbol y sueña que un séquito de sirvientes lo conduce a un castillo imperial. En ese sitio es acicalado por el emperador, e incluso contrae nupcias con la princesa; posteriormente, se convierte en un próspero señor feudal, hasta que su familia perece en una guerra sangrienta contra un clan rival. Con la muerte de su familia, el hombre despierta junto al árbol para darse cuenta de que toda aquella aventura no ha sido más que un sueño.

En todas estas historias, es notable el tratamiento del sueño como una especie de portal hacia otras formas de la existencia. Fascinante, también, es el hecho de que sólo la muerte (de Roy, de Suśīlā, o de la familia de Junu Fun/Akinosuke) logra despertar a los protagonistas a su antigua realidad, como si fuera la muerte un despertar supremo a la conciencia, y, irónicamente, el único anclaje que tenemos a nuestra vida. El casco que se coloca Morty en el área de juegos de Blips and Chitz no es sino una versión moderna del lago primordial de Viṣṇu, o del árbol donde se quedó dormido Junu Fun/Akinosuke. En todos estos casos, los personajes iniciados renuncian a su propia vida para acceder a una experiencia única en una vida ajena, experimental. Sin embargo, el paseo tiene un alto costo pues, si la vida que acaban de pasar fue sólo un simulacro, ¿qué tan real es la vida real? O, en todo caso, ¿qué es la realidad?

Al concluir la visión de Morty, Rick toma el casco y lo reta, diciendo que “hará pedazos su récord” en Roy. Con esto, Rick hace gala de su superioridad —algo que ocurre regularmente en la serie—, pero también reitera su papel como ente superior, un ser capaz de vivir la vida de Roy una y otra vez sin afectaciones, pues, para Rick, el misterio de la Māyā ha quedado claro. En este final episódico se esconde un cuestionamiento profundamente humano, que tiene que ver con la concepción de nuestro lugar en el mundo: si la vida es un instante, ¿para qué buscar su significado? Y, aún más allá, si toda la vida es sueño (o un videojuego), ¿tiene algún valor nuestra existencia?

LL/LL                                                                                                                                      

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