La Taberna del Turco | La sombra del árbol

en Plumas

Por: Carlos Efrén Rangel García.

Autlán, Jalisco. 19 de julio de 2018.  (Letra Fría).- La prepa de la UdeG en Autlán estaba frente a las instalaciones del Seguro Social. En la esquina donde hoy se espera el transporte público sobre Independencia Nacional, había un enorme árbol de tule lleno de asquerosas gomas de mascar sobre un tronco grueso que sostenía frondosas hojas. Un día, los alumnos nos enteramos que el árbol sería derrumbado por la (¿dirección o jefatura?) de ecología del Ayuntamiento, y nos rebelamos contra la medida. Bastó que nos dijeran que el árbol estaba enfermo y transmitía plagas para desactivar a los incipientes activistas de Green Peace.

En los últimos días padecimos una ola de calor que ha enardecido las ideas. Las pitayas y las ciruelas, mecanismos naturales puestos al servicio de la mitigación del calor, han sido insuficientes y volteamos a todos lados a buscar culpables.

Los encontramos por supuesto en los árboles, o mejor dicho, a causa de la ausencia de árboles. Lanzamos airados reclamos a los candidatos con propuestas de reforestaciones urgentes. Las fotos de políticos plantando arbolitos han brillado por su ausencia y qué bueno, porque sería un acto inútil. Los árboles dan muy buena imagen, pero estorban al que ha sido el auténtico motor de las políticas públicas: el capital económico.

El gobierno de Jalisco presume que somos el “Gigante Agroalimentario” y numerosas investigaciones de periodistas reconocidos como Cristian Rodríguez Pinto, han documentado que los plantaciones de aguacate por ejemplo, han destrozado hectáreas del bosque del Nevado de Colima, espacio que por cierto este 2018 es un tercio de grado Celsius más cálido que hace cinco años. Según una investigación de Cristian, la PROFEPA calculó que nueve mil 463 árboles adultos de pino y encino fueron talados y arrancados de la tierra sólo para plantaciones ilegales. Pero el aguacate construye fortunas y alimenta el discurso que la producción tecnificada de alimentos para exportación, es el camino al desarrollo.

Otro negocio al que le estorban los árboles es el desarrollo inmobiliario. Basta ver en la capital de Jalisco cómo la mancha urbana se ha incrustado en el Bosque de la Primavera y fraccionamientos de alta plusvalía que evitan que el bosque cumpla su función. En Guadalajara hay un árbol por cada cinco habitantes, y es que los que echan raíces no pagan impuestos, ni consumen en Andares.

Esto viene a cuento porque con frecuencia en Autlán escuchamos embelesados el canto de las sirenas del capitalisto salvaje, ese que a costa de incrementar las ganancias y presumirlo como desarrollo, acaba con los recursos naturales y genera empleos indignos que los gobernantes presumen como signo de progreso.

A los próximos gobernantes habrá que exigirles, que además de proyectar una imagen ecológicamente amigable plantando arbolitos, se opongan a que la Sierra de Manantlán y las aledañas al valle de Autlán se invadan de cultivos que se venden como oro en Europa a costa de dejarnos el ambiente lleno de humo, sin agua y con calores agobiantes. A esos mismos gobernantes, debemos pedirles que regulen el crecimiento urbano y que en lugar de desparramarnos a nuevos fraccionamientos, redensifiquemos colonias llenas de lotes baldíos.

Que no volvamos a cometer esa flaqueza del enorme tule, que nos dijeron que era lo conveniente y nosotros de mensos nos la creímos, y nos acostumbramos a una sombra refrescante menos.

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