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El club de leones, la eclipse, óxidos… | Idas y vueltas

Por Néstor Daniel Santos Figueroa

El Grullo, Jalisco. 29 de junio de 2022. (Letra Fría) La relación, generalmente de opuestos, entre el tiempo social, cronológico y antropocéntrico y el tiempo cósmico o de la naturaleza, el cual es fijo, eterno e independiente del hombre, genera grandes preocupaciones, que van de lo más íntimo a lo más social y de lo universal a lo histórico en el hombre. A pesar de las dualidades temporales, pesa ante todo el tiempo fugaz y su gran sufrimiento, que desencadena ansiedad ante la muerte de los humanos, el desgaste de los objetos y la finitud de las vivencias, cuya única forma de retenerlos es la memoria.

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Es la fugacidad de la vida el tiempo la que rige la cotidianeidad, en tanto que implica los procesos de nacimiento y muerte de todo cuanto piensa, siente y hace el ser humano, desde lo impersonal hasta lo social concreto. De aquí se deriva la reflexión sobre la existencia de tres tipos de muerte: el olvido, el desgaste y la destrucción. Las tres implican la pérdida de valores, de cultura y de las condiciones de nuestro entorno, características de nuestra época, de un mundo occidentalizado altamente individualista, científico, tecnológico, desmitificador y utilitarista. Nuestro tiempo es poco místico, en él priva, más bien, lo destructor, lo desesperanzador. Las personas están solas ante las fauces del tiempo y lo único que tiene asegurado es su muerte. 

Lo único que parece tener es el tiempo como historicidad que fluye sin descanso. Cadena de efímeros momentos, instantes sin retorno, cambios perpetuos cada vez más acelerados, apenas nace algo y ya comienza la cuenta regresiva. Surgen entonces la amargura y la melancolía por la extinción irremediable. Por eso decimos que se nace para morir o, como señala José Emilio Pacheco: «Nació conmigo la muerte./ Le dieron cuerda/ y la echaron a andar/, pero en silencio./…/ Cuando se acabe la cuerda/ conoceré a la inseparable de mí/…/ lo único que en el mundo puedo llamar,/ sin jactancia y de verdad, mío.» 

El término fugacidad vale para lo tangible y lo incorpóreo siempre que implique un principio y un fin, un antes y un después; es decir, la idea de duración, que puede ser cuantificable por el reloj (el tiempo cronológico o social) o apreciada por la intensidad cualitativa de la experiencia subjetiva (tiempo interior, individual o psicológico, un tanto a la manera bergsoniana).

Ante todo, fugaz es lo que se está yendo; es decir, el presente que, huidizo, implica la constante advertencia de que se disfrute el presente, pero se tenga conciencia de su futilidad y se guarde en el recuerdo, porque la memoria es uno de los mejores tesoros que tiene la humanidad, pues constituye el gran antídoto contra el tiempo fugaz. 

Siempre he sido dramático, pero en mi última visita a El Grullo vi reducido a escombros ese pequeño espacio en el centro de la ciudad que albergó lo que fue un refugio en las andanzas de la amistad en los noventas y principios del siglo veintiuno, testigo de grandes momentos de la contracultura juvenil grullense, un espacio siempre disponible para la creatividad, para el coincidir, para la expresión y para la libertad. Pero a fin de cuentas un espacio privado, que le pertenecía a alguien, a un grupo de personas que siempre le ha hecho bien a la sociedad grullense, aunque su decisión nos deje con una herida en la memoria. 

MA/MA

Nacido en El Grullo, Jalisco. Estudió la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara, además de talleres y diplomados en periodismo, biblioteconomía y gestión cultural. Ha ejercido profesionalmente como docente en las áreas de comunicación, lengua, literatura y humanidades; se ha desempeñado como reportero, articulista y columnista en medios locales y regionales en El Grullo y Autlán; ha participado en la edición y publicación de revistas literarias y culturales en El Grullo. Actualmente es desarrollador de contenidos educativos.
Correo: nestordanielsantos@gmail.com

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